Con la perspectiva que da el otoño, me atrevo a decir que el nuevo Superman (Gunn, 2025) es el primer héroe de la metamodernidad: ese estadio moral y cultural en ciernes que surgió hace unos años, según lo veo, del puro agotamiento de los afanes descreídos, relativistas e irónicos de la posmodernidad.
En efecto, pareciera que en la línea de Timotheus Vermeulen, Robin van den Akker y el improbable filósofo Hanzi Freinach, documentales como los de Sergei Loznitsa, algunas películas de Apichatpong Weerasethakul o artefactos literarios como los de W. G. Sebald ya suponían exponentes de una manera de ser y de contar que reclamaba la importancia de la historia, la verdad, la emoción, la inocencia o la sensibilidad.
El estreno en salas de Eddington (Ari Aster, 2025) y Una batalla tras otra (Thomas Anderson, 2025), con sus inercias satíricas e irónicas —tan propias de la posmodernidad terminal— también me ha hecho pensar que este año bien podría pasar por aquel en que se balancearon con mayor claridad dos tendencias antagónicas: de un lado, el reflejo de la fuerza neorreaccionaria y el aceleracionismo de derechas; de otro, el metamodernismo, o mejor dicho, las primeras apariciones de modelos de metamodernidad moral (aquí entre la sociología dramática de Norbert Elias o Erving Goffman y la ética de la virtud).
Por empezar con esto último: la zona más atractiva de El futuro de la teoría (Mutatis Mutandi, 2024), el Manifiesto metamodernista del joven Jason Ananda Josephson Storm, apuntaba muy bien al agotamiento del quehacer negativo y disolvente de la posmodernidad. Frente a esta —y contra la aburridísima, y poco transferible, hiperespecialización fragmentadora— Storm proponía un nuevo compromiso con la verdad y con ciertos valores que remiten al compromiso y la solidaridad.
Y de eso iba, precisamente, el regreso del héroe —a un mundo sin héroes—: ese Superman que aterrizó hace unos meses en un planeta donde los mitos y el pastiche se consumen con la misma velocidad con que desaparece de la televisión la guerra de Sudán.
Su regreso no fue, a mi parecer, una mera actualización digital del héroe clásico, sino una declaración estética y filosófica, en clave —por cierto— de lo que el gran crítico de la nostalgia Grafton Tanner llama «porsiemprismo» y una piedra del proyecto constructivo metamoderno en un plano ficcional.
El nuevo Superman se sitúa en el corazón del neorromanticismo y en la órbita de la nueva sinceridad (en los términos de David Foster Wallace), pero además asume la moral del recuerdo, de la historia (en la estela de Walter Benjamin) y de la escucha. Frente al cinismo posmoderno, en algunas escenas clave (más allá de su sensibilidad hacia el inmigrante), este sencillo héroe metamoderno y por tanto post-irónico confiesa abiertamente su necesidad de creer: en el progreso, en la verdad, en la justicia, sin más.

Si propongo al nuevo Superman como primer héroe de la metamodernidad es también porque su antes (en el clásico de Richard Donner) caprichosa figura voladora —que tan mal me cayó (por la banalidad de su bien) en Singular— se recorta ahora con precisión (y con pesimismo) frente al nuevo poder del mal.
Los villanos del reboot de James Gunn, inspirados en presidentes delirantes, megamillonarios de Silicon Valley y gurús de los criptobros, parecen invencibles porque quizás ya lo son. Frente al relativismo y sus patologías a la hora de juzgar, Clark Kent defiende la verdad como correspondencia, la verdad de los enunciados que describen el mundo tal cual es. En ese planeta cínico que ha perdido la fe en la bondad, Superman tiene —por decirlo con el crítico literario británico y marxista cultural Terry Eagleton— una esperanza sin optimismo, pero esperanza al fin y al cabo: la de que vale la pena luchar.
Su obstinación y su manera de encajar golpes tienen algo de moral ilustrada. Mientras el transhumanismo aceleracionista de Alien Earth dibuja la superación de los límites humanos mediante la tecnología, Superman reivindica el límite como condición kantiana de la moral. No utiliza a los otros como medios; no lucha por dominar el flujo, sino por detenerlo lo suficiente como para invitarnos a reflexionar.
Los malvados megamillonarios y su uso de la IA —empeñados en reproducir infiernos como los de las cárceles secretas de Siria o Tel Aviv— resultan invencibles (el héroe y su perro no tienen tanto poder en comparación) precisamente porque hace tiempo que se ha diluido la noción de responsabilidad. Transmutado el deber en indiferencia, el anacrónico compromiso de Superman se sostiene en una suerte de resistencia consciente de la sociedad democrática y deliberativa en la línea de la última obra de Jürgen Habermas, que entiende las regresiones históricas como un episodio dentro de la propia progresividad.

Crítica posposmodernista: arte, estética y cultura del siglo XXI.
Reemplazada la razón por la eficiencia, los poderosos villanos parecen ser el producto lógico de un aceleracionismo —con algunos ecos de la zona más ambigua del Manifiesto por una política aceleracionista (2013) de Alex Williams y Nick Srnicek— que ha convertido el mundo en una empresa. Ese es, también, el escenario de la serie cuya primera temporada acaba de concluir y sobre la que me gustaría decir algo más.
Liberadas las fuerzas productivas, en la fantástica serie de Noah Hawley Alien Earth —con dos emocionantes homenajes al clásico de Ridley Scott—, la democracia ha cedido su espacio a las grandes compañías (ya lo anticipaba la matraca de TikTok sobre lo buen presidente que sería un Juan Roig). El xenomorfo aterriza, como némesis ontológica de Superman, en un mundo de corporaciones donde no hay presidentes ni congresos, ni división de poderes ni senados, sino CEOs eternos o con alma de Peter Pan, para quienes el beneficio económico es sinónimo de estabilidad de la voluntad porque ya nadie sueña con la libertad como lo hace el capital.
Hermosos: los oficios de periodista en Superman, de científica (Essie Davis) en Alien Earth.
Malditas: matracas de la Alt-Right.






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