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Cómete el mundo antes de que te coma a ti

En Música 5 February, 2020

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

Lo recordarán: hubo un tiempo en el que se vendían vinilos y cedés como rosquillas. Y hasta los grupos que eran considerados de culto podían optar a tener su momento de gloria. Ese instante, muchas veces fugaz, en el que estaban en condiciones de comerse el mundo. Aquel momento de ilusión, antes del cruel batacazo. Aquel instante en el que todos creímos que otro mainstream era posible, y que los buenos —nuestros buenos, claro— también podían ganar al final de la película. Aunque solo fuera una vez.

Recopilamos en este texto doce momentos de doce bandas que podrían haber reinado. Doce discos en los que giraron su radar a lo comercial, sin tapujos. Ya lo hicieran por convencimiento propio, porque su discográfica les llevó al huerto o porque algún taimado productor les engatusó. Seguramente ninguno de estos discos figure en el podio de sus fans acérrimos, pero hay en todos ellos, aparte de un manojo de grandes canciones, algo que rezuma una extraordinaria ternura: la empatía que brota de su creencia en que otras listas de éxitos, otra escala de valores, otro mundo más propenso a una idea de justicia poética, en definitiva, era posible. Rescátenlos. Mímenlos.

#1 Ramones – End of the Century (Sire Records, 1980)

El logo de los Ramones ha vendido más camisetas que discos. Seguro. Por eso nos puede parecer tan marciano que en su momento fueran una banda de culto, incapaz de abordar las listas de éxitos de su país, condenados a tener más éxito en Europa que en su tierra.

La tormentosa y efímera alianza que trabaron con el inventor del muro de sonido, Phil Spector, tenía todos los números para finiquitar su mal fario con las cifras de ventas: al fin y al cabo, les unía el amor por las melodías adolescentes más grandes que la vida y por la candidez sentimental de los girl groups de los primeros años sesenta, unas filias sobre todo compartidas entre Spector y Joey Ramone, todo un fanático de sus producciones. Peor fue el trago para Johnny Ramone, para quien la experiencia fue, en palabras de Seymour Stein, jefe de Sire Records, como sufrir la gota malaya.

El productor llegó a amenazarles pistola en mano —no fueron los únicos, tristemente; de hecho, Spector acabaría pasando muchos años después de estas veleidades que pueden parecer anecdóticas a una condena por asesinato— y el disco, pese a ser el más pulido y asequible de su carrera, también el más vendido, no pasó del número 44 del Billboard norteamericano.

#2 Scritti Politti – Cupid & Psyche 85 (Virgin, 1985)

La de Scritti Politti es la historia de cómo un colectivo punk de estudiantes de arte, de ideología marxista, ética do it yourself y con querencia a citar a Bakunin, Derrida, Deleuze y Lacan en sus canciones, se convirtió de la noche a la mañana en una engrasada maquinaria de funk, r’n’b avant la lettre y pop chicloso, lista para tomar el cielo de las listas de éxitos por asalto.

El galés Green Gartside lideró esa transformación, mudándose de la indie Rough Trade a la major Virgin, asociándose con Arif Mardin (Anita Baker, Chaka Khan) y David Gamson (Al Jarreu, George Benson). Y pese a que este disco vendió la nada despreciable cantidad de 100.000 copias, el pico comercial de la banda, y llegó al número 5 de la lista británica y al 11 de la yanqui con el single “Perfect Way”, es una pena que tan poca gente se acuerde de ellos. Nos jugaríamos el cuello a que millenials como The 1975 se han enchufado en vena este disco.

#3 Lloyd Cole – Mainstream (Polydor, 1987)

El tercer álbum de Lloyd Cole & The Commotions es otra prueba de que los planes de dominación mundial de los charts no siempre salen como uno quiere. El potencial de la banda era tremendo, ya lo advertían sus dos anteriores trabajos. Así que lo intentaron con el productor Chris Thomas (Pink Floyd, Badfinger, Sex Pistols), y la cosa no funcionó. Luego probaron con Stewart Copeland (The Police), pero la alianza no prosperó más allá de una canción, “Hey Rusty”. Tras dos tortuosos años a la búsqueda del sonido perfecto, finalmente fue Ian Stanley, el responsable del sonido de Songs From The Big Chair (1985) de Tears For Fears, quien se encargó de producir un disco de título revelador: Mainstream.

Multiplicando por diez el presupuesto de su debut, fue el único de los tres discos de Cole con los Commotions en vender menos de 100.000 copias en los EEUU. El tiro por la culata. Algo mejor le fue en Reino Unido, aunque no pasó del número 9. Ninguno de sus fans lo tiene precisamente en un altar, pese a que las sensacionales “My Bag” y “Jennifer She Said” se convirtieran en comodines para sesiones remember.

#4 Hoodoo Gurus – Blow Your Cool (Elektra, 1987)

La compañía de discos americana de los australianos Hoodoo Gurus estaba obsesionada con aprovechar el potencial de la banda para hacer de ellos un fenómeno comercial. Se empeñó en asignarles a Mark Opitz, un productor que venía de petarlo con INXS, para ese difícil tercer álbum que debía encumbrarles. Ellos aceptaron. Con reservas, pero cedieron. También contaron con unos coros de las ya exitosas Bangles, a quienes telonearon. ¿El resultado? Número 120 en el Billboard del momento.

Mejor dejemos que sea el propio Dave Faulkner quien nos lo explique. Así se lo contaba a un servidor hace unas semanas por teléfono: No era para nosotros. La compañía de discos nos empujó a ello, pero deberíamos haberles parado los pies. Recuerdo que a Brad (Shephed), nuestro guitarrista, le empezaban a gustar los Guns N’ Roses y a tocar solos a lo Eddie Van Halen, y eso a mí no me gustaba un pelo. Me sentía como si tuviera un extraño a mi lado (risas). Algo de eso se filtró en nuestra música en aquel momento. Pero creo que las canciones no eran malas, siempre hay dos o tres que se pueden salvar. El problema fue tener un productor que no nos entendía. Desde luego que hay varias se pueden salvar.

#5 Prefab Sprout – From Langley Park To Memphis (Kitchenware, 1988)

Contó con Stevie Wonder y Pete Townshend marcándose sus cameos. Thomas Dolby repitió a los controles. Escenificó la fascinación de Paddy McAloon y los suyos por la cultura norteamericana y sus grandes mitos, desde Elvis al oropel de Hollywood, pasando por el skyline neoyorquino.

Y aun así, pasó bastante inadvertido al público yanqui, aunque llegara al Top 10 británico y fuera el disco más vendido de toda su carrera. Tiene canciones extraordinarias, por supuesto, pero si encuentran a algún fan de Prefab Sprout que lo tenga en lo más alto de su peana particular, avísenme.

#6 Nacha Pop – El momento (Polydor, 1987)

La sombra del power pop y de la new wave están totalmente difuminadas en el último disco de estudio de Nacha Pop, el más comercial de su carrera, el único además en que se equilibra la cuota compositiva entre Antonio Vega y Nacho García Vega: cinco canciones para cada uno.

Produjo el experimentado Carlos Narea. Lo grabaron entre Londres, Bruselas y Bochum. Sus singles sonaron más que nunca en Los 40 Principales. Y dispensó canciones extraordinarias, empezando por “Lucha de gigantes”, una de las mejores del pop español de siempre.

Pero ni apuntaló su carrera, porque fue la antesala de la disolución, ni se convirtió en su trabajo más vendido, porque ese fue su directo de despedida, ni logró postularse como el favorito de sus fans, que aún prefieren cualquiera de los dos primeros.

#7 Wire – A Bell Is a Cup Until It is Struck (Mute, 1988)

Los primeros discos de Wire siguen siendo de lo más original que salió de la primera hornada del punk británico, y la retahíla de álbumes que llevan enlazando en lo que llevamos de siglo, más complejos e intrincados, también mantiene un nivel notable.

Pero casi nadie parece acordarse de su fase intermedia en el sello Mute, en la segunda mitad de los ochenta, durante la que despacharon las canciones más pop de toda su carrera, como “Skill Skin Paws”, “Kidney Bingos” o “Free Falling Divisions”, de A Bell Is a Cup Until It is Struck (1988), o “Eardrum Buzz”, de It’s Beginning to and Back Again (1989). Ninguna de ellas hizo que dejaran de ser una banda de culto. Ninguna de ellas figura entre sus más escuchadas en Spotify.

#8 Pere Ubu – Cloudland (Fontana, 1989)

¿Nunca han tenido la sensación de que hay bandas que no hacen canciones pop porque no les da la gana, y no porque no sean capaces? En la hoja de prensa que acompañaba la edición de este disco, David Thomas decía nunca nos habían pedido que hiciéramos un disco pop, supongo que a nadie se le había ocurrido.

Así justificaba la edición de un álbum producido por Stephen Hague (Pet Shop Boys, OMD, New Order), algo inaudito para una banda tan dadaísta, imprevisible e incluso malencarada, que pide a sus fans que no se molesten en aplaudir en sus conciertos.

Hasta generaron un amago de single de éxito, “Waiting For Mary”, cuyo clip asomó el hocico durante semanas en la MTV. Nada de eso hizo que se convirtieran en una banda de éxito, claro. Tampoco lo buscaban, la verdad.

#9 The Replacements – Don’t Tell a Soul (Sire, 1989)

Si hubo una banda norteamericana capaz de autosabotarse con auténtico regodeo, esos fueron los Replacements. Anárquicos, veletas, siempre al borde del abismo. Borrachos como cubas, las más de las veces. Si alguna vez parecieron entrar como corderitos en el redil de las grandes discográficas y los requerimientos comerciales de la gran industria, fue con su sexto y penúltimo álbum, Don’t Tell a Soul (1989). Pero tampoco les procuró éxito.

Aunque tenían un as en la manga para resarcirse, porque Paul Westerberg quedó tan descontento con la mezcla tridimensional que le dieron en su momento que hace bien poco editaron Dead Man’s Pop (2019), el álbum tal y como lo había plasmado en un primer momento el productor Matt Wallace. No será su mejor disco, pero es fantástico.

#10 American Music Club – San Francisco (Reprise, 1994)

El malditismo de Mark Eitzel y sus American Music Club podría haberse truncado con este disco, pero lo único que se truncó fue su carrera, al menos hasta que volvieron, más de una década después. Y eso que lo tenía todo: un productor de éxito como Joe Chiccarelli, descubridor de Tori Amos y ganador de varios grammies, y un puñado de grandes canciones que apelaban sin disimulos al rock de estadio, como “It’s Your Birthday”, “Wish The World Away” o “Hello, Amsterdam” —todas más cerca de Springsteen que nunca— , pero también preciosidades más íntimas como “The Revolving Door”, “I Broke My Promise” o “What Holds The World Together”. Ni olvido ni perdón a este mundo cruel.

#11 The Jayhawks – Smile (American Recordings, 2000)

Loops de percusión, ritmos que coquetean con el funkSmile (2000) es el disco que espantaría a cualquier fundamentalista del sonido americana que los Jayhawks habían cultivado hasta entonces, un intento de emular a los Wilco que se habían abierto al pop con mayúsculas en Summerteeth (1999). Pero ni la sagaz producción de Bob Ezrin ni el hecho de que “I’m Gonna Make You Love Me” sonara en un anuncio de colonia logró que el disco se colara siquiera entre los 100 más vendidos del año en su país.

#12 Arab Strap – Monday at the Hug & Pint (Chemikal Underground, 2003)

En el último tramo de su carrera conjunta, Aidan Moffat y Malcolm Middleton despacharon las canciones más directas y asequibles de toda su carrera, desligándose de la etiqueta de exploradores de un post rock beodo repleto de referencias procaces y sentimentalmente esquivas. Conor Oberst y Mike Mogis, de Bright Eyes, y Barry Burns, de Mogwai, se sumaron a la fiesta. Nunca sonaron más bailables que en “The Shy Retirer”.

No les sirvió de mucho, más allá de animar —que no es poco— a que paisanos suyos como The Twilight Sad se animaran a no ocultar su fuerte acento escocés en sus canciones, o que el bimensual The Skinny lo ensalzara como el séptimo mejor disco escocés de la primera década del siglo. Merecían más que un puñado de victorias pírricas, desde luego.

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