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“Color Out of Space”: terror vintage para una pandemia

En Cine y TV 6 agosto, 2020

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

El estreno de Color Out of Space en salas de cine en España debería llenarnos de gozo por varias razones, aunque voy a destacar principalmente dos. La primera es totalmente exógena a cualquier mérito de la película dirigida por Richard Stanley, y tiene que ver con el delicado estado actual de la exhibición cinematográfica en todo el planeta.

La pandemia ha ensanchado las heridas de un modelo industrial que ya llevaba años en crisis. Seguramente estamos viviendo unos momentos decisivos que marcarán el futuro de la exhibición de películas en salas de cine, y el éxito o el fracaso de cada decisión estratégica tomada por las majors de Hollywood —especialmente Disney, cuyo peso en esta industria es ahora mismo enorme— con toda probabilidad estará marcando el futuro.

En este contexto, cualquier película estrenada en cines debería ser entendida por los que amamos la experiencia en sala como un éxito propio. No importa si la película en cuestión nos interesa o no. Da lo mismo. No está la cosa como para ponerse exquisitos.

Más bien al contrario, hay que apoyar, aplaudir, y estar al lado de cualquier productor, cualquier director, cualquier empresa que se atreva en estos días tan inciertos a llevar una película a las salas de cine. Por eso quiero explícitamente aprovechar este espacio para darle las gracias, en este caso, a A contracorriente Films, por su valentía al estrenar Color Out of Space en cines.

Color Out of Space

La otra razón principal por la que este estreno debería alegrarnos la existencia sí que tiene que ver con sus méritos, que no son pocos, aunque quizás todos emanan de un nombre: H.P. Lovecraft. El escritor de Providence ha sido adaptado en numerosas ocasiones, algunas con más suerte (Re-Animator) que otras (Dagon, la secta del mar).

De hecho, el relato de Lovecraft en el que se basa esta película ya había sido llevado a la pantalla en 1987 en Granja maldita, que era una simpática, aunque limitadísima serie B nacida al rebufo de los recientes éxitos previos de Stuart Gordon adaptando a Lovecraft, tanto el de 1985, la citada Re-Animator, como el de 1986, Re-Sonator.

Al contrario de lo que ocurre con Granja maldita, el resultado final de Color Out of Space sí que hace justicia a las posibilidades terroríficas planteadas en el original literario por Lovecraft. Y eso es mucho decir si tenemos en cuenta que estamos hablando de un relato en el que el desencadenante de toda la angustia es una especie de meteorito alienígena que provoca un color indescriptible que está “fuera del espectro de visión humano”.

Obviamente, es imposible plasmar en imágenes un color que “no existe”, y ahí es donde un director creativo se convierte en la primera e indispensable piedra para levantar este proyecto.

Stanley opta por una aproximación ciertamente demodée, tanto en recursos estilísticos como en apuesta narrativa. Película, pues, de caligrafía pausada y progresiva, alejada de estridencias ni efectismos, es de esas en las que se cuece a fuego a lento todo el misterio, para acabar explotando de manera virulenta en el tercer acto.

Esto le permite ir diseminando aquí y allá algunas referencias a temas muy próximos a la obra de Lovecraft, como por ejemplo la irrelevancia de la vida humana en el cosmos—la caída del meteorito parece totalmente fortuita y, aunque no expresada abiertamente en la película, bien podría ser el inicio de la extinción de la humanidad—; el fatalismo —los protagonistas son, de alguna manera, manipulados por el meteorito contra su propia voluntad—; o el conocimiento que emana de lo oculto —aunque tiene un papel irrelevante en el desarrollo de la película, la joven protagonista practica el ocultismo.

En este sentido, el uso de efectos especiales de maquillaje y mecánicos, es decir, la opción de lo físico frente al efecto generado en posproducción en el ordenador es en sí misma toda una declaración de principios.

Las horribles deformaciones que padecen determinados personajes remiten (y recuerdan) muy directamente a clásicos ochenteros de la talla de La cosa, The Blob (El terror no tiene forma), o incluso también Re-Sonator, referencias en las que Color Out of Space se siente cómoda como propuesta concebida desde las coordenadas de un tipo de cine muy concreto, el de terror de los años 80.

Color Out of Space

También el uso de las luces, muy característico del cine fantástico de los 80, o la curiosa manera —seguramente a ojos de un espectador joven— de representar el horror más abyecto, poniendo el foco mucho más en los rostros de los actores que en la propia abyección que están observando, delatan una manera de contar historias que ya no se lleva y de la que Color Out of Space hace su refugio y su razón de ser.

Todos estos ingredientes acaban configurando un producto honesto con sus referentes y con el texto que adapta. No es un homenaje a un determinado tipo de cine, ni una recreación de estilos cinematográficos de los años 80 gestionada desde una visión actualizada de la narrativa cinematográfica, à la J.J. Abrams, por poner un (nefasto) ejemplo reciente. Es simple y llanamente la narración que sabe hacer un director de otra época, un director no contaminado por las muescas de la modernidad cinematográfica.

Color Out of Space

Y aun con todo, un director que sabe dónde y cuándo añadir sus toques de personalidad, como en el mencionado uso de la iluminación que, si bien es obvio que se refleja en muchas de las películas que Spielberg produjo en los 80, añade esas distorsiones en el tramo final de metraje para generar un efecto perturbador.

Adoro sin ninguna reserva a directores actuales como por ejemplo Christopher Nolan, que definen nuestros tiempos con cada película que estrenan. También a directores surgidos en el contexto de otras formas de explicar historias, pero que han realizado la transición al lenguaje audiovisual moderno, o que incluso han colaborado activamente en su definición, como puede ser el caso de Michael Bay. Pero no voy a ocultar que propuestas vintage como esta, paridas desde la honestidad y no desde la impostación, me inundan de una felicidad muy especial, y generan en un dinosaurio como yo una complicidad sentimental extrema.

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