En Bugonia, estrenada en el pasado Festival de Venecia, Yorgos Lanthimos confirma, una vez más, su capacidad de llevar lo insólito al corazón de nuestra experiencia contemporánea. Lo que comienza como un relato extravagante —dos jóvenes que secuestran a la directora de una gran empresa farmacéutica convencidos de que es un ser extraterrestre— pronto se revela como una parábola sobre la paranoia, el poder y la fragilidad de nuestras certezas.
El guion de Will Tracy (El menú, Succession) evita el trazo grueso y juega con la ambigüedad. El encierro de Michelle, interpretada por Emma Stone, no es solo una situación límite: es un espejo deformante en el que se proyectan las obsesiones de Teddy y Don que creen que la mujer sea una extraterrestre. Jesse Plemons da vida a un personaje dominado por la ira y el resentimiento, pero al mismo tiempo atravesado por una humanidad dolorosa mientras Aidan Delbis, en su debut, aporta frescura y vulnerabilidad, encarnando esa brújula moral que duda entre la lealtad y la compasión. Frente a ellos, Stone despliega un trabajo hipnótico: tras la máscara de la ejecutiva implacable, va dejando entrever matices que ponen en crisis cualquier percepción inicial.

Jesse Plemons en Bugonia © Atsushi Nishijima/Focus Features © 2025 All Rights Reserved.
Con estos magníficos actores, el director griego convierte el sótano donde se desarrolla gran parte del filme en un auténtico laboratorio emocional al que el formato VistaVision confiere además un carácter casi pictórico, donde los personajes parecen figuras atrapadas en un mural de tensiones existenciales. Una estética, rigurosa y perturbadora, que oscila a lo largo de los minutos entre el grotesco y lo trágico, generando un clima en el que lo cómico y lo siniestro conviven sin fronteras claras.
Un clima al que contribuye decisivamente la partitura de Jerskin Fendrix (Poor Things), que sostiene un vaivén emocional donde se suceden explosiones sonoras de gran intensidad y silencios abruptos que abren verdaderos abismos en la narración. Una música que, como siempre ocurre con Lanthimos, no acompaña, sino que dialoga: los pasajes orquestales liberan la violencia contenida, y los silencios obligan al espectador a compartir la espera angustiosa de los personajes. Gracias a este trabajo minucioso sobre cada aspecto creativo, Bugonia se impone como una obra feroz y sorprendentemente extravagante. Más allá de su premisa, lo que perdura es la forma en que Yorgos Lanthimos nos arrastra a un territorio de incertidumbre, donde la risa se congela en estremecimiento y la realidad aparece tan frágil como las creencias que intentamos sostener.







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