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Cultura

La regla sexual, moral, social y política de Janice Rule

En Hermosos y malditas, Cultura martes, 23 de agosto de 2022

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Desde un punto de vista moral, La jauría humana (The Chase, Arthur Penn, 1966) resulta una de las películas más inquietantes y perturbadoras de los años 60. En ella, como había de ocurrir más tarde con Perros de paja (Peckinpah, 1971), la violencia explícita de la clase media y trabajadora de la América profunda palidece ante la violencia en potencia, la violencia latente. Esa propensión a la violencia, paralela a la fascinación por el sexo adúltero casi truculento y el flirteo extramatrimonial, constituían la evidencia de que la moral social dominante no era sino la cobertura hipócrita de un extenso grupo humano tendente al delirio y cohesionado por perseguir el enriquecimiento material ostentoso, la exhibición hipócrita de una serie de códigos de pertenencia (incluyendo el racismo) y la obsesión identitarista por no quedarse atrás en términos de estatus.

Del filme de Penn, majestuosamente interpretado por un elenco de actores casi legendario (Robert Redford, Jane Fonda, Marlon Brando, Angie Dickinson y Robert Duvall), se me quedó muy grabada, sin embargo (la pude ver en el cine fórum de un colegio salesiano a muy tierna edad) una lección moral muy contradictoria.

janice rule

De un lado, el sólido ejemplo ético (de la ética profesional) del sheriff Calder (Brando) de acuerdo con mi idea de la ética de las virtudes (tan cercana a la sociología dramática de Erving Goffman), por la cual la moral se aprende por imitación de modelos de conducta incorporados en acciones concretas de personas (o personajes) en el loco teatro del mundo. De otro lado, (en la casilla de la desazón) recuerdo el turbulento impacto sexual que me produjo la que se iba a convertir en una de mis actrices malditas favoritas, Janice Rule, cuyo aniversario podríamos haber celebrado justo a mitad de este caluroso mes.

Janice Rule

Y es que en La jauría humana, de acuerdo con el enérgico guion de Lilliam Hellman, comprometida dramaturga de izquierdas y albacea de la simpar Dorothy Parker, Janice Rule interpretaba un papel fundamental (Emily Stewart), entre el desvelamiento etílico de los motores ocultos de la comunidad (Si disparáramos a los hombres que se acuestan con otra, la mitad del pueblo estaría muerto), el cinismo automático y la obscena tentación desinhibida y carnal próxima a lo que hoy en las plataformas de videos porno, del tipo Pornhub, se llamaría MILF (Mother I’d Like to Fuck), de ahí quizás, la leyenda sobre su oscura influencia en las mejores actuaciones de la madura actriz porno Syren de Mer.

Janice Rule

En la sexualidad tórrida y alcohólica ofrecida por el personaje de la Rule tan alejada de la idea del sexo y del amor que uno tenía como lector de poetas de la Generación del 27, subyacía, como subyace a la idea de vecindario, o al propio constructo moral de la dignidad, algo oscuro y ancestral inclinado a la suciedad. La regla sexual de aquel tipo de personaje seductor y brutal, en la primera época de la Rule bien podía ser la máxima atribuida a Woody Allen: El sexo solo es sucio si se practica correctamente.

Ese mismo año, Janice Rule participó en Álvarez Kelly, el western de Edward Dmytryk, y unos años antes en Me enamoré de una bruja (Richard Quine, 1957) pero fue otro papel, el de Shirley Abbott en El nadador (Perry, Pollack, 1968), la adaptación del relato del gran John Cheever, el que revivió en mí el impacto de The Chase, la fisicidad y el engaño, de nuevo, pero esta vez parecía promulgarse en el rostro y el tono de la Rule otra ley o regla moral, ya no acerca de lo oscuro, sino del desencanto schumpeteriano: tarde o tempranos todos acabamos decepcionados.

Janice Rule

Lancaster y Rule en El nadador

Janice Rule fue Willie Hart, una de las tres mujeres de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, la misteriosa y onírica Three Women de Robert Altman, la regla de la Rule, relativa ahora a la identidad social incidía de nuevo en lo mudable, en lo fluido (los personajes observándose a través de líquidos que se deslizan en un cristal), en la estética como la regla de lo permeable y junto al eco de la Persona de Bergman reverberaba la triple enfermedad del yo de la que hablara Kierkegaard (como Anti-Climacus) en La enfermedad mortal: no tener un yo; no querer ser uno mismo; querer ser uno mismo.

janice rule

Como un hermoso final, propio de una improbable, moral in progress, a Janice Rule la distinguimos en Missing (Costa-Gavras, 1982), de nuevo una de mis películas preferidas de la pubertad. En ella interpreta a la periodista Kate Newman interesada en ayudar a echar luz sobre las desapariciones durante la dictadura militar de Pinochet, cuando la esfera pública, al menos la de las democracias formales, enriquecida por una concepción, noble valiente y poderosa del periodismo, valoraba la verdad. Una de las últimas reglas de unos de los papeles de la Rule invertía el célebre aserto de Rorty: Si cuidamos la verdad, la libertad se cuidará a sí misma.

Hermosos: murales de Willie en Three Women.

Malditas: programaciones de cine en verano.

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