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El pasado

En Cine y Series miércoles, 16 de abril de 2014

Rubén Higueras

Rubén Higueras

PERFIL

En El pasado, su primer trabajo fuera de Irán, el director de la celebrada Nader y Simin, una separación prosigue su indagación en torno a la duplicidad del relato cinematográfico.

«Todos tienen sus razones», afirmaba el personaje que el propio Jean Renoir interpretó en su magistral La regla del juego. Tanto en El pasado como en la previa Nader y Simin, una separación, Asghar Farhadi exprime las posibilidades dramáticas de la máxima renoiriana evidenciando al mismo tiempo la artificiosidad inherente a todo relato cinematográfico. El sinuoso trayecto que Ahmad (Ali Mosaffa), álter ego del espectador, recorre con la finalidad de desentrañar las raíces de un conflicto familiar revela la pluralidad de puntos de vista desde el que el trágico suceso que está en su origen puede ser abordado, posibilidad que gran parte de los discursos fílmicos desestiman en beneficio de una estructura unidireccional de la trama. Probablemente sea este el motivo de que ciertas voces críticas hayan aseverado que el presente filme adolece de cierta complejidad narrativa, algo que la visión humanista del director y la verosimilitud de las actuaciones (la dirección de actores es otro de los puntos fuertes del largometraje: incluso la manera en la que un personaje pasa a otro una taza de té comunica sus sentimientos hacia éste) palían.

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El realizador vuelve a acercarse al universo doméstico sin atisbo de moralismo. La suya es una mirada ecuánime, pero en modo alguno desprovista de agudeza a la hora de poner sobre la mesa aquellas cuestiones que le interesan. La secuencia inicial es un buen ejemplo de su capacidad para señalar los temas centrales de su largometraje valiéndose de una sobria e inteligente puesta en escena: la situación en la que una simbólica barrera de cristal separa a una pareja de ex cónyuges, enmudeciendo sus respectivas palabras a oídos del otro, escenifica la dificultad de comunicación interpersonal que padecen los personajes de la película, quienes dialogan constantemente (en ocasiones, con una sobrecogedora tensión subyacente), pero soslayando el meollo de sus problemas e imposibilitando así el entendimiento mutuo.

El pasado confirma que nos encontramos ante uno de los cineastas contemporáneos que mejor rentabiliza y actualiza los resortes temáticos del melodrama: el pretérito como generador de heridas internas no suturadas (la culpa que aflige a varios personajes de la diégesis, por ejemplo) configura el conflicto dramático que amenaza con desestabilizar la unidad familiar cardinal de todo largometraje del género. La honestidad de la propuesta de Farhadi logra hacer omnipresente ese pasado que parece castrar emocionalmente a los personajes sin la necesidad de convocarlo visualmente, como si del contraplano de un perpetuo diálogo que se resiste a ser actualizado en pantalla se tratase.

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