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Hermosos y malditas

La vieja idea de la nueva Edad Media

La vieja idea de la nueva Edad Media

Hace años, no es posible saber exactamente cuándo, la idea de que el mundo estaba regresando de forma irreversible, anti-intuitiva y enigmática, a la Edad Media comenzó a expresarse de muchas formas y en distintos lugares: ensayos, distopías literarias, series de ficción y tertulias socio-políticas. La reciente matanza de Egipto, la amenaza de Kim Jong-un

Hace años, no es posible saber exactamente cuándo, la idea de que el mundo estaba regresando de forma irreversible, anti-intuitiva y enigmática, a la Edad Media comenzó a expresarse de muchas formas y en distintos lugares: ensayos, distopías literarias, series de ficción y tertulias socio-políticas.

La reciente matanza de Egipto, la amenaza de Kim Jong-un acerca de domar con fuego al viejo chocho de Trump, la inextricable pulsión por la emo-política, la superstición nacionalista, el fanatismo, el enésimo episodio de la santa cruzada de la tierra prometida contra el mundo musulmán en la que parece haber devenido la llamada “guerra contra el mal”, la polución urbana, el éxito del Tea-Party, la acusación de obscenos y blasfemos a los tuits y mensajes de facebook (ese pozo del infierno en el decir/pensar de no pocos analistas sociales) el formato de hombre hipermusculado al desagradable modo de la manada, el deambular de parias mendicantes arrodillados bajo las tiendas de lujo, la insensibilidad ante los miles de ahogados a las puertas de la fortaleza europea y un largo etcétera de hechos oscuros que tienen que ver con la pérdida de la modernidad y de la racionalidad siguen permitiendo pensar el presente alrededor de la idea de medievo.

También en el campo de la ficción, fue perceptible, no hace mucho, una inquietante fascinación por el medievo, series de éxito, novelas (de muy distinta calidad y rigor histórico), videojuegos. De forma paralela, las revisiones históricas de la Edad Media de los ya fallecidos Umberto Eco, Jacques le Goff y Georges Duby siguen estando, inquietantemente, de actualidad.

En efecto, la Edad Media se puso de moda, y, a la vez, no son pocos los que describen hoy el devenir de nuestro tiempo como una suerte de retorno del oscurantismo medieval. Buenos ejemplos, como suele decirse, no les faltan. ¿De dónde procede esa coincidencia? ¿Tienen razón?

Yo creo que, en realidad, no es posible entender una época sin la perspectiva que ofrece, precisamente, el tiempo. Dicho de otra forma, al igual que la distancia permite un plano general de las cosas, de los paisajes o de la escena donde se desarrolla, complejo, tal o cual acontecimiento, el estudioso (el estudioso y la estudiosa) necesita distanciarse de lo que quiere ver bien o comprender.

Muy relacionado con esto, he descubierto que me gusta levantarme muy temprano para investigar entre los suplementos literarios de la época dorada de nuestra crítica cultural, averiguar desde la cómoda posición del que cuenta con la ventaja de la perspectiva, qué libros acertaron, cuáles tenían razón cuando se aventuraron en la arriesgada tarea de pronosticar las épocas que vendrían tras ellos y los cambios que las generaciones futuras habrían de vivir y quizás desentrañar.

Los años 90 fueron un tiempo en el que proliferaron ensayos sobre la mutación profunda de las cosas, por ejemplo, en la primera mitad de esa década, cuando todavía era perceptible el ruido que hizo al desmoronarse el muro de Berlín, muchos investigadores (sociólogas, periodistas, filósofos y políticos-escritores) dedicaron páginas y páginas a aventurar cuál sería la senda (para muchos la deriva) que tomaría el mundo ante la pérdida de un referente político de la magnitud de la URSS. Entre espantos y admoniciones, entre babas neoliberales y choques (provocados) de civilizaciones, entre ambiguamente calculados devaneos con el posmodernismo (Lyotard) y triunfalismos del tono de Fukuyama, uno de los libros de los primeros años 90 que mejor ha sobrevivido, según lo veo, es La nueva Edad Media. El gran vacío ideológico, el libro que el exitoso Alain Minc publicó cuatro años después de la caída de la RDA.

Hablaba Minc de la desaparición del optimismo histórico en la dinámica del devenir; de las incipientes (entonces sólo parcialmente intuibles) dudas sobre el progreso, la armonía, la justicia y el orden. Se describía (o se profetizaba) sobre sociedades que iban a venir pronto y que se caracterizarían por la ausencia de procedimientos políticos organizados, por la aparición de solidaridades fluidas, evanescentes y discontinuas, por la indeterminación, la aleatoriedad, la vaguedad y la  indefinición.

Como si Minc se hubiera subido en el DeLorean de Back to the Future, la máquina del tiempo del científico Doc Brown, anunciaba en ese libro que recupero ahora para EL HYPE, el crecimiento de zonas grises que se multiplican al margen de cualquier autoridad (desde el desorden ruso a las sociedades ricas por la mafia y la corrupción), la anulación de cualquier tipo de centro, los cárteles del narcotráfico, los contratistas privados de Irak, los mercenarios de la tortura, Guantánamo, el hundimiento de la razón como principio motor en provecho de las ideologías primarias y de supersticiones que habían desaparecido (o no) hace mucho tiempo.

Se apostaba por el inevitable retorno de las crisis, por sacudidas raras y espasmos como decorado de la cotidianidad de la ostentación y el lujo del primer mundo. Se intuía, con sorprendente acierto, la distinción hoy cada vez más tenue entre lo permitido y lo prohibido, entre lo moral y lo inmoral, entre la autoridad legítima y los poderes ilegales, entre lo oficial y lo oficioso; la entropía de una sociedad que no entiende y que no admite autoridades ni esquemas prestablecidos.

La Nueva Edad Media (el ya viejo libro de Alain Minc) se pronosticaba como antítesis del determinismo histórico, del cual el comunismo fue su exponente más sólido. Frente a Orwell el peligro no sería ya el hipercontrol y la previsibilidad sino la extensión de la anomia, o, dicho con la lucidez de Sánchez Ferlosio (Vendrán más años malos y nos harán más ciegos), la explosión de la intimidad, lo privado como nuevo invasor desagradable. Hoy, sólo hace falta ver un telediario para darse uno cuenta de que lo agredido es la inteligencia de lo público y lo dañado la posibilidad cívica de comprender el mundo con rigor, datos objetivos y relatos de expertos: aireamiento de violaciones en grupo, divorcios, problemas de custodia, «buen tiempo» para ir a la playa.

Minc aventuraba hace un cuarto de siglo que, en ese nuevo orden de cosas, la socialdemocracia se vería, primero aludida, y luego defenestrada en las oficinas de un entre supranacional; aventuraba Minc (según estuve releyendo con inquietud cada vez mayor y algo de sueño) que mañana (por hoy) ningún Estado podría estar seguro, ad aeternam de sus fronteras, que no habría en el futuro que pronosticaba, estructura social que fuera definitiva, que revolución no rima con subversión sino con… descomposición y que la fuerza revolucionaria ya no pertenecería a las minorías humilladas y militantes, sino a una opinión pública móvil y movilizada por los medios de comunicación.

No es posible no aplaudir el acierto de este hombre de negocios y pensador exitoso. Habría que añadir muchas cosas más para tener un cuadro acabado de las similitudes entre la Edad Media y el presente. Estamos también quienes pensamos que no estamos regresando a la Edad Media, sino al Paleolítico. La gente cada día escribe menos o escribe peor, los niños aprenden con tabletas muy semejantes, en su naturaleza pedagógica última, a los dibujos de las cavernas. Se aprende con imitación de gestos y no con razonamientos. En lo que toca al derecho, los conatos de regresión campean en las zonas más sensibles de la política (la tortura, el asilo…).

Que la construcción política del medievo mental sea el propósito de una panda de gente sin escrúpulos, es algo que no podemos rechazar por completo, el tribalismo, la anomia y el individualismo más ramplón y narcisista parecen, estos días, las señas de la vieja-nueva marca de la globalización.

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