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La vida es sueño

La vida es sueño

Podríamos haber titulado este texto como slow is the new fast y, para el caso, hubiera servido igual. Ya sea por necesidad de escapismo ante una realidad sombría o por mero capricho estético, el peso específico de los sueños lleva años incrementándose en la escena nuestra música popular. Tanto en el pop y el rock

Podríamos haber titulado este texto como slow is the new fast y, para el caso, hubiera servido igual. Ya sea por necesidad de escapismo ante una realidad sombría o por mero capricho estético, el peso específico de los sueños lleva años incrementándose en la escena nuestra música popular.

Tanto en el pop y el rock que se hacen primordialmente con guitarras, en el que esgrime factura electrónica y hasta en el minimalismo contemporáneo: hace poco más de un año que el compositor Max Richter reunía a más de 400 personas en una antigua nave industrial de Madrid para disfrutar de un bolo de ocho horas (Sleep se llamaba, claro), previamente ensayado con un neurocientífico, con la finalidad de estudiar los efectos de la música en el subconsciente de quienes se acercaron hasta allí.

Lo definieron como una nana para un mundo moderno, y la cosa transcurrió entre la inigualable experiencia onírica –que dicen algunos que vivieron– y la sucesión de incómodas cabezaditas –que asumen otros. Un experimento saldado con división de opiniones, como difícilmente podría ser de otra forma.

El caso es que, aunque eso del dream pop (una nomenclatura más epidérmica que honda, más estética que ética) goza ya de una línea sucesoria de más de tres décadas (la que puede ir de los Cocteau Twins a Beach House, mismamente), si hubo un proyecto que aceptó el guante de la tensión premilenio (¿se acuerdan?) para moldear magistralmente sus composiciones con la arcilla de la que se componen los sueños y las pesadillas, con las entretelas del subconsciente, esos fueron los Boards of Canada.

Recientemente se han cumplido 20 años desde el subyugante debut de los hermanos Michael Sandison y Marcus Eoin, dos jóvenes de Edimburgo que deslumbraron con aquel debut que fue Music Has The Right To Children (1998). Su música sigue rebosando el mismo hechizante misterio que entonces. Y aún la dosifican con estrategias de lo más singulares.

Bandas sonoras imaginarias –esto es, de películas que no existen–, grabaciones de campo, viejas sintonías televisivas, gimmicks sonoros extraídos de apolillados documentales de la BBC y demás fuentes argumentales de similar calado nutrían su propuesta. Al igual que lo hacían en el caso de otros ilustres compañeros del sello Warp, los añorados Broadcast, que comandaba la ingrávida voz de Trish Keenan, fallecida en 2011.

Si la psicodelia siempre se preció (desde finales de los sesenta) de jugar con los estados alterados de la mente, lo que los de Birmingham proponían, desde una órbita en cierta manera compartida con Boards of Canada, era trabajar con la música del subconsciente. Pocos títulos más apropiados para un álbum que aquel The Noise Made By People (2000), su mejor disco. Inolvidable.

Resulta estimulante comprobar cómo la herencia de bandas como ellos –de algunas de sus claves también participaban ya antes Stereolab o Portishead, por cierto– la fueron asumiendo, más de una década después, músicos del otro lado del océano que también le cogieron el gusto a eso de jugar con los sonidos que absorbieron –casi de forma más inconsciente que consciente– en su niñez o en su primera adolescencia, a veces incluso justificándose en que es en el estado de duermevela (o cuando andamos en plena fase R.E.M.) cuando algunos de esos sonidos se nos quedan más íntimamente anclados a la sesera.

El periodista David Keenan (escocés, vaya, como Boards of Canada) lo calificó en 2009 como pop hipnagógico – también se le llamó glo fi o chillwave – lindando con la hauntología. Ahora eran los sonidos sintéticos de los años ochenta, el uso de toda clase de sintetizadores vintage y la utilización de cintas (la impronta generacional marcada por la cultura del cassette) los que estimulaban ese juego en la frontera entre la realidad y lo imaginado, lo tangible y lo soñado. Ariel Pink (quien se ha ido desmarcando de todo ello), Neon Indian, Toro y Moi, Com Truise, Part Time o Memory Tapes se alimentaron de todo ello.

De aquellos polvos, estos lodos: en conjunción con el fantasmal witch house, una versión ralentizada y turbia del pop electrónico, con ecos de un house pesado y claustrofóbico y del hip hop en su vertiente más instrumental (proyectos como Salem, Purity Ring o Mount Kimbie), surgió otra cosa a la que alguien atinó en llamar vaporwave: ese fue sustrato en el que germinó el talento de gente como Daniel Lopatin, responsable único de Oneohtrix Point Never.

Puede que con él estemos ya hablando de una materia prima que es más pesadilla que sueño. El suyo es, en cualquier caso, uno de los últimos eslabones de esa cadena evolutiva en cuya música resuena el eco de nuestra mente cuando se debate entre la vigilia y el sueño más profundo.

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