Fernando Castro Flórez: El traje nuevo del emperador. Parte I - el Hype
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Fernando Castro Flórez: El traje nuevo del emperador. Parte I

Fernando Castro Flórez: El traje nuevo del emperador. Parte I

Volcánico y desmesurado, crítico de arte, doctor en estética y comisario de exposiciones, Fernando Castro Flórez (Plasencia, 1964) es un vividor apasionado, imprevisible, inagotable, con la cabeza lo mismo del derecho que del revés. Digamos que es un hombre universal. Su discurso es ágil, rico, culto y divertido, y nos demuestra una y otra vez que

Volcánico y desmesurado, crítico de arte, doctor en estética y comisario de exposiciones, Fernando Castro Flórez (Plasencia, 1964) es un vividor apasionado, imprevisible, inagotable, con la cabeza lo mismo del derecho que del revés. Digamos que es un hombre universal. Su discurso es ágil, rico, culto y divertido, y nos demuestra una y otra vez que el rigor no es enemigo de la anécdota. Por ello, le preguntamos sobre algunas de sus últimas experiencias con figuras desmesuradamente iconizadas e incuestionadas por los medios de comunicación, de las que nadie se atreve a señalar la condición tan pretenciosa como ridícula de algunas de sus obras.

ALEJANDRO SERRANO: ¿A qué se debe el triunfo de figuras como la del gastrónomo Quique Dacosta? ¿Se podría hablar de una burbuja en el campo del diseño y la gastronomía, a lo El traje nuevo del emperador, donde nadie es capaz de señalar el mal hacer, la frivolidad y la cursilada?

FERNANDO CASTRO FLÓREZ: Puedo hablar, algo que en ocasiones es obsceno, en primera persona: uno de los últimos días de julio he tenido la experiencia atroz de meterme, entre pecho y espalda, el menú del tal Quique Dacosta. La cosa ha sido tremenda o, peor, una estafa en toda regla. Había oído maravillas del restaurante El Poblet e incluso había comido en la sucursal (o lo que sea) valenciana donde no fue ni muy bueno ni malo, esto es, medio pelo y olvido inmediato.

Acudí con mi mujer y mi hijo a tomar el menú DNA. La búsqueda por el que te soplan más de 200 euros por cabeza. Los entrantes son infames, el desarrollo del menú es un querer y no poder completo, las armonías imposibles, el amargor creciente y la sensación de impostura inextinguible. El sumiller se comportó como un garrulo de primera categoría y no pude dar crédito cada vez que recordaba que estaba en un (presunto) tres estrellas Michelin.

Fue tan mala la experiencia que hasta tuvimos que poner una reclamación, y a raíz de ello he colgado dos patéticos vídeos en mi muro de Facebook donde desarrollo el temario con el menú en mano. Pero, más allá de la anécdota (en sentido estricto es una toma de datos empíricos que hace que hable con lo que se suele calificar como conocimiento de causa), puedo compartir contigo la impresión de que estamos, desde hace más de una década, atrapados en la “burbuja gastronómica”: las esferificaciones, el deconstruccionismo, las estéticas espumosas y las medias cocciones fueron imponiendo una suerte de postureo o una pirotecnia culinaria en la que algunos se pasaron de la rosca.

Quique Dacosta

Sin duda, hay restaurantes donde por muy caro que sea el menú uno termina por aceptar que está pagando lo que verdaderamente se le está ofreciendo. He comido en lugares memorables y algunos de ellos tienen calificaciones postineras aunque también he disfrutado de lo lindo en lugares que no tienen ningún reconocimiento, salvo el que se propaga por el boca a boca. Si sugerí, a partir la desastrosa comida que nos endosaron en Quique Dacostra, que en el campo de la gastronomía tiene sentido recordar ese cuento de un emperador que va empelotado pero nadie, salvo un niño, se atreve a decirle que su condición es tanto pretenciosa cuanto ridícula, es porque estamos empantanados en la gourmetización.

En la película La Gran Belleza hay un momento hilarante en el que un cardenal no deja de dar la brasa con sus conocimientos culinarios, esa especie de decadentismo del emplatado es característico del momento ultra-narcisista contemporáneo. Nos tangan en infinidad de restaurantes y soportamos chorradas sin tino en bastantes procesos (pretendidamente) culturales, pero no protestamos por miedo a desentonar; nos basta con sacar el teléfono móvil y colgar en Instagram, como cretinos, la foto de lo que vamos a tragar. Luego, nadie cuenta la diarrea que le entró.

¿Qué te sugieren nombres como Philippe Starck, Karim Rashid o Patricia Urquiola en el diseño? ¿Y Barceló en el arte o Mariscal en el diseño gráfico? ¿Cuándo decidimos aceptar que el diseño también podía ser arte y el arte servir al diseño y al mercado, a convertirse en mero ornamento? ¿Ornamento es igual a delito?

Nombras ahora a personajes por lo que no tengo otra cosa que profunda antipatía estética o, para no andarme con rodeos, representan todo aquello que trato de combatir. El destino de Mariscal es tristísimo (un dibujante de escaso talento convertido en diseñador y luego aupado a la fama por crear iconos como Cobi que tenían que ir necesariamente de perfil, al ser fruto de una mente regresivamente infantilizada) y su descrédito contemporáneo hace que no tenga que desplegar ningún comentario cruel que añada más fuego a algo que no arde de tan mohoso que está.

Javier Mariscal

Barceló es harina de otro costal, especialmente porque sigue en candelabro como diría Sofía Mazagatos. Acaban de anunciar que le otorgan el doctorado horroris causa (sic) en la Universidad de Salamanca y, con este prodigioso motivo, ha plantado en la mismísima plaza mayor de esa ciudad su pavoroso elefante que hace equilibrismo sobre la trompa.

Como Barceló nunca cede en su impulso febril de añadir horteradas a su imaginario de carca prematuro, ha introducido una novedad: el animalito de bronce se tira cada hora, con germánica puntualidad, un imponente pedo. Afortunadamente, el estricto arquitecto Adolf Loos lleva décadas criando malvas y no ha podido ilustrarnos sobre la pertinencia delictiva de este pseudo-ornamento.

Es bastante penoso que todavía tengamos que soportar toda esa retórica del genio pictórico que montaron los palmeros del diario El País en los 80 y que ha soportado incluso el cambio de siglo, para atufar a generaciones imberbes que nada tuvieron que ver con el pastelón.

Elefante de Barceló

Merecería la pena revisar algún día la construcción de este mito de artista para consumo interno; porque, a nadie se le oculta, Barceló no es, ni mucho menos, un artista con el reconocimiento internacional que proclaman algunos de sus cómplices. En todo caso es una anomalía que tiene que ver con los camuflajes y estrategias sibilinas de la Cultura de la Transición.

Lo peor de todo, insisto, es que no nos quitamos todavía de encima esta idealización para-picassiana que construye biografías anacrónicas o directamente ridículas. Me permito sugerirte que estas apresuradas consideraciones sobre este artista (al que considero un mediocre que ha sido impulsado hasta un lugar doctoral que no merece) no vienen, en ningún sentido, a aclarar el meollo de tu cuestión sobre el devenir artístico del diseño.

Miquel Barceló

De forma muy sintética, advierto que no hay nada fatal en esa dinámica, ni el que tuviera condición delictiva sería suficiente para que careciera de crédito. Tengo la impresión, además, de que lo crediticio es, en plena época austericida, un término que arrastra un rastro de corrupción casi shakesperiana. Juan Luis Moraza, por mencionar un artista al que respeto mucho, dedicó una serie a la cuestión del ornamento, en clave post-loosiana, que podría servir como ilustración de mis planteamientos que, por no extender, describiría como abiertos a la comprensión no-culpabilizadora de lo decorativo.

Continuará…

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