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Hermosos y malditas

Descubriendo a Marx

Descubriendo a Marx

Este año se ha cumplido el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx (Tréveris, 1818-Londres, 1883) y una de las mejores cosas que se pueden decir de su legado es que todavía jóvenes de todo el mundo se asoman fascinados a su obra. Resumir en 7 ideas (como hicimos con Wittgenstein) la obra de Marx no

Este año se ha cumplido el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx (Tréveris, 1818-Londres, 1883) y una de las mejores cosas que se pueden decir de su legado es que todavía jóvenes de todo el mundo se asoman fascinados a su obra.

Resumir en 7 ideas (como hicimos con Wittgenstein) la obra de Marx no es tarea sencilla. Su pensamiento, como es habitual en las mejores mentes de la historia moderna, no se encerró en una parcela preestablecida del saber, sino que se abrió tanto a la economía como a la filosofía, tanto a la historia como a la sociología. Incluso si nos limitáramos a este último campo, Marx merecería ser estudiado, junto a Émile Durkheim o Max Weber, como uno de los pilares fundacionales de la ciencia social moderna.

Quizás, la mejor forma de presentar y descubrir a Marx es retener que fue probablemente el primer filósofo en la historia del saber que no se limitó a describir y comprender la oscura armazón de nuestro mundo sino que asumió que su tarea era transformarlo también.

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En efecto, Marx no se limitó a la admiración del transitado parterre del filósofo por donde pasearon sus admirados materialistas (natural o científicamente hablando) Parménides o Demócrito, ni arremetió frente a abstracciones desligadas de la vida diaria de los hombres, sino que (y está es la segunda nota de su figura que resulta imprescindible destacar) lo mejor de su obra tiene que ver con un hermoso compromiso con los oprimidos. La famosa úndecima tesis sobre Feuerbach dice: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversa forma el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

Marx fue un gran periodista, sensible y valiente; conoció las durísimas condiciones de vida de los trabajadores en Europa y, especialmente, en la Inglaterra industrializada del siglo XIX, así, como, en general, la vieja historia de la explotación de los hombres por otros hombres e intentó una explicación profunda de las causas que la habían producido, así como de los motivos que conseguían mantenerla y perpetuarla.

Para Marx, (cuarta idea) la estructura de la sociedad (cómo se reparte la riqueza, cómo están distribuidos los bienes materiales, entre los que se encuentra el capital con lo que se crea o invierte en una fábrica) determina, no sólo el destino de las personas, sino también la manera en que ven, huelen, sienten, piensan y juzgan lo que les rodea.

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Le jeune Karl Marx (Raoul Peck, 2017).

Muy unido a esto, una quinta idea para descubrir a Marx es que tales estructuras o bases económicas (cosas sólidas y materiales) y las relaciones que condicionan el destino del hombre no agotan el sistema de dominación sino que producen una ideología, una literatura, un arte, un derecho un… Estado. Todo lo sólido se desvanece en el aire. En La ideología alemana denuncia que las explicaciones más racionales de los ideólogos no hacen sino enmascarar la realidad. Por eso, pronto la perspectiva marxista llegó a ser una suerte de arbitro meta-teórico de los «productos» culturales, un sesgo tan ubicuo como lo es hoy la cuestión de género y una perspectiva todavía útil para la crítica literario-cultural.

Marx rectificó la idea de Hegel de que la historia avanza por la resolución de una lucha (una dialéctica) entre conceptos y aplicó esa misma dialéctica a la lucha relativa a los medios de producción y a las contradicciones en el seno del capitalismo. Si la lucha de clases en el contexto del materialismo dialéctico es una sexta clave de su obra, la séptima apuntaría a la magistral forma en que revisó los fundamentos de la economía política liberal: lo que el obrero entrega de su vida, su alienación y su traducción en plusvalía o lujo del dueño del capital.

Marx observó bien que durante mucho tiempo los derechos del hombre no eran sino los derechos del burgués, pero se equivocó, según lo veo, al no valorar las posibilidades del derecho para transformar la sociedad en un sentido mejor. Erró al confiar en que la revolución se produciría en los países desarrollados. Tampoco supo comprender del todo el peso de un sinfín de elementos inmateriales en la explicación pluricausal de los fenómenos sociales, tal como hizo magistralmente Weber.

Sin embargo, el análisis económico de la plusvalía y la explicación de la explotación en el sistema del capitalismo no han sido jamás superados y, por ello, sus teorías se estudian en todas las universidades del mundo. Marx acertó en su explicación sobre el excedente o el trabajo no pagado (piénsese en los poor workers o en el recurrente desplome de los salarios), en la acumulación expansiva como fin del capitalismo, en el peligro para el bienestar humano derivado de la cosificación de la fuerza de trabajo. Además, profetizó con aterrador acierto un capitalismo global de tendencia monopolística dirigido por una clase parasitaria, en el seno de una economía especulativa o financiera responsable del escandaloso crecimiento de las desigualdades.

Hay todavía muchos pensadores de izquierda a los que les cuesta condenar las violaciones de derechos humanos en las experiencias reales del comunismo, como hay mucho neoliberal y neoconservador que, confundiendo marxismo y estalinismo, cae en las más burdas e ignorantes demonizaciones de Marx. Hablar como Marx está demodé pero su aliento moral (tan claro en el planteamiento humanista de los Manuscritos) será siempre imprescindible.

Hoy en día, los filósofos apenas tienen influencia en un pequeño grupo de lectores y en un círculo de proximidad formado presumiblemente por buenos amigos, en cambio, la influencia de Marx en su tiempo fue inmensa, es esa inmensidad bajo la que el propio autor declaró con coherencia frívola «no ser marxista» la que explica que este chiste con el que terminamos esta presentación nos haga gracia, pero una gracia hacia dentro, de esas que no dan ganas de reír.

Lo siento, jóvenes, era solo una idea.

 

Hermosos: amigos generosos como Engels, melodías de Billy Bragg.

Malditas: realizaciones trágicas de la utopía.

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