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Hermosos y malditas

Blade Runner 2049: fría y bella réplica imperfecta

Blade Runner 2049: fría y bella réplica imperfecta

Hay películas cuyo análisis tropieza con la extraordinaria dificultad de desligar su calidad de las elevadas expectativas depositadas en ellas. En el pasado, antes de la nostalgia hacia una manera de ver y hacer cine que hubo de desaparecer para siempre, esas expectativas venían provocadas por la reunión de un elenco de actores o, más tarde,

Hay películas cuyo análisis tropieza con la extraordinaria dificultad de desligar su calidad de las elevadas expectativas depositadas en ellas. En el pasado, antes de la nostalgia hacia una manera de ver y hacer cine que hubo de desaparecer para siempre, esas expectativas venían provocadas por la reunión de un elenco de actores o, más tarde, por el retorno de directores de culto como fue el caso de Kubrick o de Godard.

Hoy, en la segunda década del siglo XXI, el cine permite levantar un nuevo tipo de expectativas, de naturaleza bien distinta, en reboots, en la precuela, en los remakes o, ya, en nuestro caso particular, en el anuncio de una secuela, entre la experiencia sentimental y el negocio de estudio, que nos liga directamente con la embellecida idea de pasado.

Mitomanía, tentaciones de revisar o regresar cuyo desafío principal se cifra más allá de su capacidad para sortear la «nostalgia de las influencias» de la que hablara el crítico Harold Bloom. Películas míticas de esas de las que prácticamente se ha dicho todo, y al mismo tiempo, tienen aún cosas que decir. Películas hechas en estado de gracia que no deben su éxito a un único factor sino a la formidable, casi mágica, confluencia de muchos de ellos.

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

Fue el caso de Blade Runner, la mítica cinta que Ridley Scott dirigió en 1982 y que a algunos de nosotros nos cautivó de forma muy temprana. Creo que la película constituyó –hubimos de descubrirlo más tarde– tanto el título fundacional como la cumbre poética de un género que el profesor de literatura Fernando Ángel, en una estupenda disección del filme y de su precedente literario (la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), insistió en llamar «cine prospectivo» en lugar de «ciencia-ficción». Esa prospección literaria y cinematográfica primaba la especulación sociológica, psicológica y antropológica, frente a los recursos más fáciles del cine de consumo rápido, para dotar de entidad y madurez a todo lo que vino tras 2001, una odisea del espacio: THX 1138, Naves misteriosas, Dune, Proyecto Brainstorm, y desde luego, Blade Runner.

El éxito de Blade Runner no se debió a una única causa sino a la inspirada confluencia de muchas: dirección, guion, música, actores, fotografía, montaje, vestuario y… filosofía. Cruce feliz de ficción prospectiva y cine noir, ritmos pausados, música, belleza, lluvia, besos y pianos, anti-héroes hechos del material clásico de Raymond Chandler. La película había dejado atrás algunos elementos de la novela («mercerismo», televisión) para desconcertarnos a través de impresiones visuales e interrogantes fundamentales. Y pronto, como prueba de la riqueza de la historia, se estrenó un Director’s cut que prescindía de algunas concesiones narrativas (facilidades para el espectador) tales como la voz en off o la naturaleza clara del propio Rick Deckard.

35 años después, Blade Runner 2049, es una película en la que no es fácil evitar análisis apresurados en términos conservadores (la famosa «traición» al original) o más sentimentales que racionales, críticas en clave excesivamente subjetivista, facilona o recurrente alrededor de la idea de decepción.

Quizás, lo primero que se pueda decir de ella es que tanto sus extraordinarios aciertos como sus carencias más evidentes descansan en la (probablemente acertada) elección del director: Denis Villeneuve. El responsable de películas frías y contundentes como Prisioneros (2013), Sicario (2015) y La llegada (2016) lo es también de las más duras temáticamente, casi desgarradoras, Polytechnique (2009), Incendies (2010) y Enemy (2011) y en la intersección de sus preocupaciones visuales y narrativas, podríamos decir que Blade Runner 2049 es semejante a la traducción de una novela respetada y querida por parte de otro escritor muy activo y personal, una traducción autorial en la que Villenueve deja sus estilemas más característicos: énfasis en la elegancia visual, administración inquietante del silencio, gelidez sentimental, ecos de tragedia.

La primera y sensacional escena de Blade Runner 2049 resume bien tanto los rasgos del nuevo cazador de bonificaciones como el nuevo tipo de Nexus. El antiguo ojo de Holden (el primer Blade Runner de la cinta original) que invitaba a mirar críticamente lo que sucedía en la atestada y multicultural urbe del futuro, se traslada aquí a la periferia del mundo habitado en busca de otra creación huida: un apicultor cansado cuya forma sencilla de vida queda expresada en la sopa de ajo y en un habitáculo semejante a aquellos que cobijaron a los pioneros del western americano.

Pronto, el espectador avispado, valga el eco, percibe en el diálogo inicial ya no las significaciones ecológicas, sino la inquietante señal de un elemento more religioso: los Nexus-2049 no han presenciado la hermosura de los rayos C brillando en la puerta de Tannhäuser sino algo de naturaleza bien distinta, una opción en el desarrollo de la historia que a algunos nos parece chirriante (el «milagro») pero que, si se acude a la novela-fuente, encaja perfectamente en un diálogo de la Rachael de K. Dick o, más crípticamente, en la definición que de ella hacía Tyrell: Rachael es especial.

Regresan a la interpelada retina del espectador escenarios y dilemas conocidos; entre los primeros, la atmósfera de Scott y Syd Mead, anuncios y luces de neón, una distopía (aquí carente ya de serpientes y cabaret), un test de fidelidad como reverso del Voight-Kampf, un hacedor más joven (Leto, una suerte de JASP –Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados). Entre los segundos, las preguntas del asesino/ retirador, conflicto moral o interior, sensación corroborada al final del metraje de que el nuevo Blade Runner no va a plantear más preguntas sino a ofrecer más respuestas.

Y casi sin descanso, durante 163 minutos de emoción creciente, la película se apoya en un Ryan Gosling que compone un ser entre la esperanza y la desolación, muy cercano en términos interpretativos al desconsuelo huérfano del hombre frágil dejado de querer en la maravillosa Blue Valentine, acaso su mejor trabajo.  Gosling como K., una suerte de guiño al más famoso de los K. de la historia de la literatura, el de El castillo de Kafka.

Lo segundo que nos llama la atención es que la pesquisa detectivesca que se hizo memorable por la integración de elementos del cine negro clásico americano (alcohol, humo de cigarrillos, atmósfera densa) da paso, como si de un salto entrópico se tratara, a una investigación fría y más técnica, desarrollada en una ciudad menos populosa y más desangelada. Una ciudad sin mezcla de religiones, razas ni pirámides; ciudad de lluvia más fina donde no sonará ya la imprescindible música de Vangelis sino el chirrido tensionado de Zimmer y Wallfisch.

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

El filme de 1982 se realizó en permanente colaboración con K. Dick. Del texto de David Webb Peoples se extraía un fondo de meditación metafísica en torno a la identidad pero también en torno a su reverso, la alteridad. ¿Qué obligaciones morales planteaba la creación de seres dotados de falsos recuerdos, pero conscientes de su existencia? ¿Los replicantes no son un espejo de nuestra propia fragilidad? En medio del dilema, los animales, símbolo de lo vivo, ocupaban paradójicamente un lugar central: en nuestra sensibilidad empática con ellos descansaba buena parte del rasgo humano.

Blade Runner 2049 concentra (o en buena medida, reduce) los dilemas existenciales, más para mal que para bien, en la oposición entre lo natural y lo artificial, en la difusa idea de «alma» y su (más bien conservadora) ligación con la procreación. Y creo que ahí, en el marco más filosófico de la película es donde aceptamos que el filme, con toda su portentosa puesta en escena, con toda su incontestable belleza, ha hecho intelectualmente todo lo que ha podido, pero en su arriesgadísima intención de dar respuestas, no podía hacer mucho más.

En la victoria de Roy sobre Deckard, entre los arabescos del vuelo de una paloma posiblemente irreal, se postulaba una idea extraordinaria: lo que nos hace humanos es vivir tratando de dotar a la existencia de un sentido, pero un sentido que puede descansar simplemente en una estética. Saberse mortal hace posible la experiencia de vivir, independientemente del origen natural o artificial del ser humano. La auto-descripción consciente y el relato de nuestra vida: eso es lo que nos hace humanos. De ahí el juego de sueños y recuerdos, la búsqueda de respuestas de los Nexus 6 en la oscura escena, con ecos de moderno Prometeo de Blade Runner (1982): el mito de Frankenstein en la Tyrell Corporation.

En la secuela, ese sentido que en Hauer/Roy era amor por la vida, experiencia estética de vitalidad nietzcheana (la luz que brilla con doble de potencia dura la mitad de tiempo), en Gosling/K. es el sacrificio de matrices más cristianas, dolor provisto de significado (K. es golpeado durante todo el metraje), trascendencia del sacrificio, entrega de la vida por un ideal: vieja idea, poco cyber-punk.

La trama avanza sin que de ella debamos adelantar nada. De nuevo, la película, de factura impecable, de nota más que notable, pero no sobresaliente, no se puede ver sencillamente: el corazón de la historia y del espectador se defrauda en la respuestas, mientras que se acelera irremediablemente con la aparición de Gaff y sus muñecos de papel, el osario de Rachael, la reverberación del unicornio de Deckard en el caballo de madera de K.

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

Menos violencia, más tristeza; menos velas y más neón, menos fábula, más moraleja; más dureza y menos saxofón, menos plots o puntos de giro y más soledad convertida definitivamente en desamparo. La noche de Blade Runner era inquieta y misteriosa, ahora el planeta parece una discoteca a punto de cerrar. Hay personajes bien apuntados, pero no desarrollados como la nueva Pris/Hannah (excesivamente parecida a la original), o el trasunto de Bryant (la mejor secundaria: Robin Wright Penn). La historia de amor con el holograma no funciona (posiblemente sea demasiado ligera, demasiado joven, demasiado perfecta, demasiado guapa o todo a la vez). Se echa en falta secundarios de la talla de J. F. Sebastian. Se desea (para evitar ese póster terrible) que K. hubiera sorprendido a Deckard en Las Vegas con la gabardina puesta y no en mangas de camiseta.

Son solo las más visibles de una serie de chirridos y carencias que apuntan, muchas de ellas, a la dificultad de este director fundamental -Villeneuve- para el amor (véase la escena de sexo de Sicario) mientras que otras parecen fruto de un guion imperfecto, el de Hampton Fancher y Michael Green, difícilmente comparable al de Peoples/Fancher/DickTanto ha llovido desde entonces.

Rompen el encanto las resoluciones de escenas indignas ya trilladas, los flashbacks, 3 clichés a modo de ideas prestadas y claves impostadas, déjà vu molesto de otros géneros (particularmente desagradable la escena de los Nexus 8 como sujetos demasiado parecidos entre sí, seguidores iluminados de una líder sin ojo al modo de los esclavos improbables de Espartaco o, peor, de prospecciones más gregarias (de Mad Max III a Junts pel sí).

Paseo por el corazón, relicario de Rachael (sobresalto al escuchar su nombre,  al ver su foto sobre un piano). Teclas que se ven, pero que ya no suenan: amenaza de vacuidad, confusión entre existencia engañosa y… engañada, memoria que se queda en la punta de la lengua, asalto de una espiritualidad con aroma religioso sobre la conciencia individual. Homenaje, pese a todo, más que digno.

Es paradójico que una película que cifra lo humano en la nebulosa idea de alma, carezca en demasiados momentos de ella. Un filme hermoso más allá del ejercicio melancólico, que demuestra que no es fácil caminar por la línea que separa lo profundo de lo pretencioso, de la forma que se hizo magistralmente en 1982. En descargo del nuevo Blade Runner habrá que reconocer que es más interesante hacer las preguntas adecuadas que encontrar las respuestas definitivas.

Terminemos como comenzamos: hay películas cuyo análisis tropieza con la dificultad de desligar su calidad de las expectativas depositadas en ellas; películas que no se pueden ver sencillamente porque en la zona inteligente del corazón sabemos que lo que hace bellas a las experiencias vitales es que una vez vividas no regresan jamás.

Pronóstico del tiempo del nuevo futuro: hará más frío, pero no lloverá más.

 

Hermosos: ecos de Vangelis.

Malditas: críticas en términos de «traición».

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