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Black is the new black: viva el neo-soul

  • En Música
  • 21 julio, 2016
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Black is the new black: viva el neo-soul

Al contrario de la mayoría de teorías respecto al transcurrir del calendario, Milan Kundera sostenía que el tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. En La insoportable levedad del ser añadía que ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es

Al contrario de la mayoría de teorías respecto al transcurrir del calendario, Milan Kundera sostenía que el tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. En La insoportable levedad del ser añadía que ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir; Kundera hablaba de la fugacidad de las cosas como una circunstancia atenuante, y se preguntaba si la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre si la Revolución Francesa hubiera de repetirse eternamente. El caso de las olas de géneros que propician el regreso de sonidos cuya edad de oro quedó atrapada por toneladas de polvo es diferente: se trata de un rescate necesario.

Hablemos del neo-soul. Aunque, en este caso, quizá sería más apropiado de hablar de (neo) neo-soul, porque el original parte en realidad de las décadas de los 90 y los 80. Poco tiene que ver ya con los años de Lauryn Hill, D’Angelo o Macy Gray; mucho más, eso sí, con la génesis de los 80 con Prince o Terence Trent d’Arby. Sin embargo, si hay algo que caracteriza hoy a la encarnación del neo-soul es su aún más estricta interpretación de los estándares en su organicidad más básica. De ahí que, de un tiempo a esta parte, hayan regresado a la palestra, con la formación clásica de cantante-líder más banda en un segundo plano, nombres que en su momento no pudieron saborear las mieles del éxito más de 5 minutos.

Especialmente afortunados son los casos de Charles Bradley, Lee Fields o Sharon Jones. Afortunados para ellos, y para nosotros. Hasta que a principios de siglo fue descubierto por uno de los fundadores de Daptone Records, Charles Bradley se ganaba la vida gracias a combinar trabajos como el de cocinero con pequeños conciertos tributo a James Brown; desde entonces, conciertos, festivales y más de una docena de ediciones observan al carrera del Screaming Eagle of Soul, que lidera el neo-soul de la vieja escuela. Junto a él, Lee Fields & The Expressions (con más pasado discográfico a sus espaldas, aunque tampoco demasiado) o Sharon Jones & The Dap-Kings, ambos también al abrigo de Daptone Records, encarnan la versión más clásica del soul en esta centuria.

El renacimiento de figuras vetustas del soul ha traído consigo una ola de proyectos jóvenes que dotan de frescura y revisionismo, a partes iguales, al neo-soul; la longeva resistencia del género se apoya tanto en grupos que interpretan los clásicos con rigor como en bandas que revisan los estándares y los presentan bajo su propio signo. Entre los primeros, dos nombres destacados: St. Paul and The Broken Bones y Leon Bridges. Mientras el segundo se pone el traje de Sam Cooke con la soltura que da la herencia y el peso del ADN, lo de los segundos tiene aún más miga: Paul Janeway, un caucásico entrado en carnes de la Alabama rural, encaminado a ser pastor, se pone al frente de una banda de seis blancos; un grupo de soul íntegramente formado por blancos, eso es. Una de las formas más extrañas de celebrar el legado de Motown u Otis Redding.

No es, sin duda, la línea habitual. Casos puntuales como el de St. Paul and The Broken Bones o Allen Stone (un hippie con soul más en “Voodoo” que en su famosa “Freedom”) contrastan con la corriente general: el neo-soul sigue siendo (pre)dominado por negros. Curtis Harding, Liam Bailey, Ephemerals, Fantastic Negrito o el reciente encumbramiento de Anderson Paak y su sensacional mezcla de soul, R&B y hip hop así lo certifican. Incluso los que bordean el neo-soul con blues (Son Little, Gary Clark Jr.) o southern rock (Alabama Shakes) están de enhorabuena.

El rescate del soul y su presencia en las listas de ventas ha permitido que las puertas a su interpretación menos estricta se abran un poco más. Por el hueco de la experimentación ha entrado el ya mencionado Anderson Paak, pero también Moses Sumney y su folk-soul etéreo (“Plastic” es su mejor baza), la rapera del Bronx Tish Hayman o los angelinos Jhené Aiko, heredera de la desaparecida Aaliyah, y Miguel Jontel Pimentel y su celebrado R&B. Por esa misma abertura se cuelan grupos del otro lado del Atlántico: los alemanes Vulfpeck lo bañan todo con una elegante pátina de funk, la misma elegancia que demuestran desde las islas los británicos Michael Kiwanuka, Lianne La Havas y Laura Mvula.

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