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50 Festival de Sitges #3: Una edición sin brillo

50 Festival de Sitges #3: Una edición sin brillo

La recta final del 50 Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya no ha deparado grandes sorpresas, aunque en Sitges alguna película sí que ha sobresalido con claridad por encima de las demás. Es el caso de Brimstone, un curioso western en el que el Mal adopta los rasgos de un inmenso Guy Pearce en

La recta final del 50 Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya no ha deparado grandes sorpresas, aunque en Sitges alguna película sí que ha sobresalido con claridad por encima de las demás.

Es el caso de Brimstone, un curioso western en el que el Mal adopta los rasgos de un inmenso Guy Pearce en el papel de un predicador bastante maligno. Su anclaje al fantástico es bastante discutible, puesto que, de existir (que no lo tengo del todo claro) sería tan sutil que apenas es apreciable. Exista o no, a la película no se le puede negar una caligrafía preciosista (la fotografía y el diseño de producción son impecables), unas interpretaciones excepcionales, y una historia perfectamente hilvanada que depara momentos de imborrable fuerza dramática.

Brimstone (Martin Koolhoven, 2016)

Decepcionó en cambio Stephanie, propuesta esta sí encuadrada claramente dentro de los márgenes del cine de terror. Surgida de la factoría del inagotable Jason Blum, seguramente el productor de cine fantástico más importante del momento, tiene una primera media hora tediosa y un guion nada inteligente, incluso torpe, puesto que de ninguna manera consigue resultar sorprendente y casi siempre se puede adivinar lo que viene a continuación. Con todo, la película no aburre y hasta levanta un poco el vuelo en su tercio final. Pero solo un poco.

Stephanie (Akiva Goldsman, 2017)

The Wall se parece mucho a una película que se vio en Sitges el año pasado, Mine. Si allí un soldado se pasaba toda la película encima de una mina sin poder moverse, aquí otro soldado se pasa toda la película detrás de un frágil muro asediado por un francotirador. Puestos a sacar partido de situaciones tan minimalistas, Mine salía mejor parada porque The Wall , pese a tener nombres más importantes (el director es Doug Liman y el protagonista Aaron Taylor-Johnson), es más lineal y menos imaginativa. Consigue, es verdad, mantener el interés, pero lo hace sin demasiado entusiasmo.

Salyut-7 ha sido, sin ninguna duda, una de las mejores propuestas de la sección oficial Fantàstic. Se trata de una película rusa que narra la historia real de una misión espacial que, en 1985, estuvo a punto de acabar en tragedia. Suena a Apolo 13, y de hecho la comparación es inevitable… aunque la que salga perdiendo -y por goleada- sea la película de Ron Howard. Y es que Salyut-7, en realidad, se mira más en Armageddon, película de la cual rescata tanto una partitura musical trepidante como un dominio de las emociones y de los tiempos narrativos absolutamente impresionantes. Incluso la escena de la conversación entre Bruce Willis y Liv Tyler está aquí más o menos replicada en la que ha sido una de las sorpresas más agradables del festival.

Salyut-7 (Klim Shipenko, 2017)

En la sección Panorama Fantàstic se han podido ver, como suele ocurrir cada año, algunas de las propuestas si no más estimulantes, como mínimo más puras en cuanto a contenido fantástico se refiere. Lo cual no quiere decir que sean convencionales, y ahí está Psychopaths para demostrarlo. Se trata de la nueva locura de Mickey Keating, que el año pasado presentó una cinta tan personal como Carnage Park. No menos personal y desde luego no menos contundente, Keating ha optado esta vez por una sobredosis de referencias que van desde David Lynch hasta Brian De Palma pasando incluso por el torture porn. El resultado es excesivo, confuso a veces, pero en todo caso brilla por su desmarque continuo de casi cualquier convención narrativa al uso.

En la misma sección pudo verse Mal nosso, película brasileña que precisamente alude al torture porn en sus primeros compases, pero que pronto vira hacia el thriller de terror. Se trata de una cinta que podría haber sido bastante más aceptable de no ser por un terrible bajón de interés que aparece en el inicio del segundo acto. A pesar de ello, se las arregla para trasladar a la pantalla de manera efectiva un mundo sórdido y lúgubre en el que conviven asesinos a sueldo, espíritus, y personas poseídas. Un cóctel cuyo desenlace acaba por otorgar un cierto empaque a todo el producto y, de alguna manera, consigue tapar ese aburrido segundo acto.

Our Evil (Mal Nosso) (Samuel Galli, 2017)

Por último, cabría destacar que dos de las películas más interesantes de este Sitges se han podido ver justo en las últimas 24 horas del certamen. Una de ellas es Downrange, encuadrada dentro de la sección Midnight X-Treme por sus evidentes dosis de violencia y gore desatados. Es la última película de Ryûhei Kitamura, director muy apreciado entre los aficionados al fantástico, ya que en 2008 dirigió una de las mejores adaptaciones jamás filmadas a partir de un texto de Clive Barker, The Midnight Meat Train. De esa película se mantiene la virulencia en sus explosiones sangrientas y la exploración de la crueldad humana más irracional y violenta. El argumento no tiene nada que ver (un grupo de jóvenes son atacados a plena luz del día por un francotirador misterioso, en una solitaria carretera), y supone un nuevo paso en una carrera interesante y bastante coherente.

Downrange (Ryuhei Kitamura, 2017)

La última película que quisiera destacar es The Super, extrañísima cinta de terror que transcurre de manera íntegra en un tétrico edificio de viviendas donde ocurren diversos asesinatos y desapariciones. Dirigida por el alemán Stephan Rick (es su primera película rodada en inglés y bajo pabellón estadounidense), la cinta brilla por su inquietante atmósfera, a medio camino entre el cine noir y la estética urbana de Maniac, y por un giro argumental totalmente imprevisible que convierte sus últimos 15 minutos en una tragedia casi shakesperiana que, sin embargo, no abandona los cánones del cine de terror que había transitado hasta entonces. Una rareza muy pero que muy recomendable.

The Super (Stephan Rick, 2017)

The Super se ha proyectado en una sesión especial el último día de Sitges 2017, en el que también se han otorgado los premios, todos los premios de las incontables secciones y jurados que tiene este festival. Los principales, los de la sección oficial Fantàstic, han destacado este año por premiar mucho cine europeo (todas las películas con premio excepto una son producciones o co-producciones de países europeos) y por destacar también lo femenino como vehículo de expresión fantástico. Este último aspecto merece mucha atención, puesto que puede marcar una tendencia en el género: la visión femenina, tanto en la vertiente creativa como en la meramente argumental, tiene un papel preponderante en muchas de las películas premiadas, algo que en Sitges ya viene siendo una constante en los últimos años, pero que en esta edición se ha hecho más visible que nunca.

Y ahora sí que se puede afirmar que la edición 50 del festival de Sitges no pasará precisamente a la historia por la calidad de las propuestas presentadas. Se ha visto buen cine, por supuesto, algo que por otra parte es pura cuestión de probabilidad dada la sobrealimentada programación del festival. Pero han sido destellos aislados en una programación bastante endeble. La saturación de títulos no ayuda tampoco al periodista a emitir un juicio de valor más o menos fiable: si en cualquier festival sería osado lanzar una puntuación general, mucho más osado es hacerlo en un festival como el de Sitges, que permite a cualquier periodista digamos “normal” una cobertura relativa al no tener tiempo material para visionar un número decente de películas.

Este es un problema serio de este festival, uno de los muchos que arrastra desde hace ya años Sitges. Algunos los he comentado ya varias veces con anterioridad. Pero sin duda el más grave de ellos y, en realidad, el que genera casi todos los demás, es esta dirección artística kamikaze que programa maratones imposibles de tres y cuatro películas, a partir de la una de la madrugada, una duplicidad absurda de secciones que ya nadie entiende qué significan y dónde están sus límites, y secciones oficiales de casi 40 películas, además de aglutinar una cantidad tan alucinante de premios que conforman una maraña en la cual es prácticamente imposible orientarse.

Este festín obsceno está generando una audiencia incapaz de decodificar casi nada de lo que le vomitan en el Auditori, una audiencia a la que poco le importa si la muerte de turno está narrada en un contexto trágico o cómico, si el que muere es el malo o es el bueno: siempre que hay algo de sangre se aplaude como si no hubiera mañana. Esa es la cuestión, puesta de manifiesto son ningún tipo de vergüenza por el anuncio de este año del festival: se está criando a una legión de fans que única y exclusivamente quieren de Sitges su dosis anual de sangre, pasando olímpicamente del contexto cinematográfico en el que se inserte esa sangre, de hecho, muchas veces sin hacer el menor esfuerzo por entenderlo, como demuestra que agrade de la misma manera que se mate al asesino en serie como que se mate a la niña protagonista de la película.

Sitges tiene que evolucionar, y tiene que hacerlo ya si no quiere morir de éxito.

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