2016 no fue una fiesta: seis claves musicales
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2016 no fue una fiesta: seis claves musicales

  • En Música
  • 11 Enero, 2017
  • 2223 visitas
2016 no fue una fiesta: seis claves musicales

Os resumimos en seis claves musicales el año que se nos fue: #1 Emociones básicas e intensas Puede resultar pomposo decir esto, pero la música pop, fiel reflejo de la propia naturaleza humana, sigue impulsada por las mismas fuerzas motrices que agitan nuestras emociones más intensas: la ira sentimental (Beyoncé), la angustia ante un mundo

Os resumimos en seis claves musicales el año que se nos fue:

#1 Emociones básicas e intensas

Puede resultar pomposo decir esto, pero la música pop, fiel reflejo de la propia naturaleza humana, sigue impulsada por las mismas fuerzas motrices que agitan nuestras emociones más intensas: la ira sentimental (Beyoncé), la angustia ante un mundo que se desmorona (Anohni), la rabia ante un porvenir sombrío (Kate Tempest) o la misma proximidad de la muerte, propia o cercana (David Bowie, Leonard Cohen, Nick Cave). Ellas han generado algunos de los mejores trabajos del año.

Es cierto que quizá estos tres últimos hayan sido sobredimensionados por las circunstancias que rodearon su gestación (¿alguno de ellos figurará dentro de unos años en algún Top 5 de sus creadores?). Pero,  también lo es que costará dar con una secuencia sonora más perfeccionada de lo que suponen la pérdida y el duelo, en sus distintas fases, que Skeleton Tree (nunca la voz de Nick Cave sonó tan creíblemente desgarrada como en “I Need You”), o con epitafios tan inquietantes, heterodoxos y genuinos como Blackstar.

Como la mejor literatura o el mejor cine, el lenguaje de la música popular también sabe aguantar la mirada, con entereza, a ese trance que a todos nos tiene que llegar, lejos de la utilización epidérmica, estética y algo banal (que no estéril) que también han sido santo y seña del género durante décadas. Y con obras de gran calado, que al fin y al cabo es lo que más nos importa.

#2 Ritmos y rimas para el pueblo y las élites

Es sintomático que Kanye West, el rey Midas del hip hop contemporáneo, ya no haya copado los primeros puestos entre los músicos de su negociado en las listas de fin de año. Raperos como Danny Brown, Anderson.Paak, la propia Kate Tempest o hasta un Kendrick Lamar despachando descartes o unos incombustibles A Tribe Called Quest (supervivientes de la vieja escuela) también han puntuado altísimo en los resúmenes del ejercicio.

Señal de que, enfilando ya el cuarenta aniversario de su irrupción y en un momento de recapitulación histórica (series como The Get Down o documentales como Hip Hop Evolution), el género de las rimas y los ritmos rotos sigue en perpetua regeneración. Incluso en nuestro país, con proyectos como Agorazein dando la réplica a veteranos como Kase.O. Quién lo iba a augurar hace unas décadas.

#3 Ponga un autotune en su vida, juegue con su identidad

Lo abordamos aquí hace unas semanas: los límites entre la tradición y la tecnología, o los que aún separan la negritud de los géneros de raíz blanca, se van difuminando a pasos agigantados. También son cada vez más los músicos que juegan con los contornos de la identidad, parapetados tras artilugios como el autotune, que deparan una imagen transfigurada de sí mismos, entre la distorsión y la mutación. Los ejemplos de Bon Iver o Lambchop han sido los más notorios.

#4 Lo inmutable como símbolo de permanencia

Estilos que perviven, sin grandes hallazgos pero salpicados de trabajos excitantes, tan cálidos, familiares y reconocibles como una reunión de viejos amigos: el indie rock de filiación noventera, con discos como los de Scott & Charlene’s Wedding, Car Seat Headrest, The Trouble With Templeton o Parquet Courts. El folk rock y cualquiera de los afluentes de la americana, con trabajos como los de Okkervil River, Kevin Morby, Cass McCombs, Case/Lang/Veirs, Damien Jurado o Ryley Walker.

El pop chispeante de ascedencia sixty, con The Lemon Twigs. El de tiralíneas, sencillo e inmaculado, con Teenage Fanclub. El soul de toda la vida, sin prefijos ni sufijos innecesarios, con los álbumes de Michael Kiwanuka, Myles Sanko o Charles Bradley. La electrónica, con Nicolas Jaar, Andy Stott, Tim Hecker y la mejor versión de Underworld en muchos años. Y esa eterna psicodelia que se filtra a través de batidoras globales tan fascinantes como la de los neozelandeses Orchestra of Spheres.

#5 Con rúbrica de mujer

Da cierta pereza dedicar un apartado a la producción femenina: el día en el que no tengamos que individualizarla como una pujante tendencia al alza será cuando ya se haya logrado una cierta normalización genérica. Mientras tanto, y más teniendo en cuenta que su presencia se ha multiplicado en los recuentos anuales en los últimos años (en esto sí parece que la producción musical cabalga hacia la paridad con más rapidez que el resto de la sociedad, afortunadamente), no está de más resaltar los espléndidos trabajos de Angel Olsen, Beth Orton, Julia Jacklin, Warpaint, PJ Harvey, Beyoncé y hasta una Rihanna que firmó su mejor trabajo cuando, precisamente, optó por beyonceizarse.

#6 En clave estatal

En España, basta con la enumeración de algunos nombres para trazar la diversidad creativa de sus múltiples escenas: All La Glory, Gener, Hans Laguna, Cala Vento, Maika Makovski, Tórtel, León Benavente, Lost Tapes, Sr. Chinarro, Chucho, Manel, Mendrugo, Arthur Caravan, Coque MallaAtención Tsunami, Luis Prado, Triángulo de Amor Bizarro, La Habitación Roja, Aries, Novedades Carminha, Elle Belga, Lidia Damunt, Juventud Juché, Espanto, El Lado Oscuro de la Broca o Joana Serrat, entre muchos otros, han editado trabajos más que recomendables.

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