Robert Duvall fue uno de esos actores llamados de “carácter», para diferenciarlos de algún de la serie de caras bonitas, entonces en vías de extinción, que habían surgido durante años de la fábrica de estrellas, como Chevrolets de una cadena de montaje. Tanto Duvall como otros elegidos fueron macerados a lo largo de los años 60 del pasado siglo para estar en su punto en los 70, una década en la que todo ese talento reservado para unos pocos minutos se desató con naturalidad. Y de tal forma que sin hacer nada fuera de lo normal, consiguió opacar a casi todos los compañeros de casting que antes le habían superado.
Cuando algo así sucede, se intenta vanamente descubrir dónde está el truco, cuál era la cadencia o el tono adecuado, o el diálogo decisivo a través del cual Duvall se imponía al resto. Sí, había frases memorables y momentos agradecidos, pero el secreto estaba en una contención que envolvía en misterio al personaje, lo que estimulaba la curiosidad por saber más de él. Para entonces, Robert Duvall y su fotogénica alopecia ya se habían apoderado del plató.
Podríamos decir que Robert Duvall debuta a lo grande y no tiene que penar como otros primerizos a lo largo de media docena de papelitos sin diálogo. De hecho, su primera aparición no lo tiene, pero a cambio cuenta con una enorme presencia que nos hace recordar Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) no solo por la integridad del abogado Atticus Finch, sino por el misterioso Boo Radley, una entidad que sobrevuela todo el film, envuelta en un sinfín de cuestiones resumidas en una “¿Quién es?”
Justo terminado el rodaje que lo convierte en cara conocida, Duvall vuelve a un personaje sin apenas diálogo. En Capitan Newman (David Miller, 1963) y, de nuevo, con Gregory Peck como protagonista benefactor. Una historia bien intencionada, compuesta de otras más pequeñas, una por paciente. La que le toca en suerte, un militar ahogado por la culpa de considerarse un cobarde, demuestra como se puede edificar un personaje complejo y fascinante con solo un puñado de miradas.
Así, poco a poco, y a lo largo de la década, una serie de directores de lo más variado va a apreciar la ventaja que supone contar con alguien que enriquece un reparto con solo pasearse unos minutos por la pantalla. Duvall salta del cine a la televisión sin esfuerzo aparente, y en los dos sentidos. En La jauría humana (Arthur Penn, 1966), es el calzonazos apocado rodeado de una hilera de personajes tan intensos que parecen (y realmente están) sentados en un barril de pólvora.

Llueve sobre mi corazón (Francis Ford Coppola, 1969).
En Cuenta atrás (1968), un curioso Robert Altman pre Mash, coincide por primera vez con James Caan, en una crónica bastante deslavazada alrededor de la pugna espacial ruso-americana, pero en la que el dúo protagonista brilla lo suficiente para llamar la atención de Francis F. Coppola, que los reclutará para Llueve sobre mi corazón (1969), una road movie tan sencilla que parece que solo la sustente el talento reunido.
Entre medias y en True Grit (Henry Hathaway,1969), Duvall es el líder de la banda de cuatreros no muy inteligentes que se cruzan en el camino del Marshall tuerto al que da vida John Wayne. Nuestro hombre pasa del western a estar a las órdenes del primerizo George Lucas para encarnar al héroe de THX 1138 (1971), una distopía que entonces no sonaba a cosa ya repetida, sobre un futuro donde el amor está penalizado. Como toda opera prima que quiere contar mucho en muy poco y con muy poco, el resultado es bastante confuso, pero al mismo tiempo deja pinceladas de lo que podrá hacer Lucas con peores actores y más presupuesto.
Y de la distopía a algo que mereció serlo, la guerra de Corea. Robert Altman logra con MASH (1970), hacerse conocido armando una farsa coral profundamente gamberra y antimilitarista, donde un reparto de lo más identificado con su director, siembra el terreno de amargura y reivindicación. La primera producción abiertamente en contra de la picadora de carne que fue Vietnam, supondrá también el final de este entrenamiento preparatorio de Duvall hacia cotas mayores.

Robert Duvall como Tom Hagen, en El padrino (Francis Ford Coppola, 1972).
Y los resultados llegan antes de lo esperado. Si el coronel Kilgore, asistiendo a un bombardeo de media tarde como si contemplara la obra maestra de un museo, es la imagen que todos tenemos en mente de Duvall (y si no la tenemos ya se encargarán estos días de recordárnosla), es el personaje del consigliere Tom Hagen, en El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) la caracterización más perfecta que logra Duvall a lo largo de su carrera. Un papel en el que expresa esa contención que le permite distanciarse del resto, creando un aura enigmática que nos obliga a no perderle de vista en ningún momento. Hagen no solo tiene toda la trama en su cabeza, sino que cuenta con un Duvall en su mejor momento, una interpretación que a ratos nos recuerda a Pacino, a De Niro e incluso a un Brando en transición a la madurez.
He aquí como un personaje importante en la novela de Mario Puzo se vuelve esencial en su transición a la pantalla. Coppola no solo enriquecerá su papel en la secuela, sino que contará con Duvall para todas sus obras maestras de la década (será el único actor que aparecerá en los dos Padrinos, La conversación y Apocalypse Now). Quince años después rehusará enrolarse en la conclusión de la saga por cuestiones de pasta, y posiblemente de egos. Su sustituto, un voluntarioso George Hamilton, no le llegará ni a la suela de los zapatos.
Sobre Apocalypse Now (Francis F. Coppola, 1980) creo que se ha contado todo y más, desde los 47 años que cumple su producción. Duvall no aparece más de 10 minutos en ella (algo más en la versión ampliada o redux), pero el personaje del teniente coronel Kilgore de Apocalypse Now es tan imposible que no podemos dejar de admirarlo. Y el actor lo viste de una extraña nostalgia y amargura ante lo que será ese futuro mucho menos sangriento, alocado y diferente que le espera.
En la siguiente década, Duvall combinará al secundario imprescindible con el sólido protagonista, y este funcionamiento se mantendrá a lo largo del resto de una larguísima carrera. Entre productos más o menos olvidables, compartirá cartel con De Niro en la reivindicable Confesiones verdaderas. En 1983, el destinado a llevarse más de una estatuilla como actor de reparto se encontrará con un papel que es un caramelo, Tender Mercies, de Bruce Beresford. Encarnar a un vaquero alcohólico carcomido por su pasado reportará a Duvall un Oscar del que hoy casi nadie se acuerda. En Colors (Dennis Hopper, 1988), hará desaparecer al entonces prometedor Sean Penn, cada vez que comparten escena, y comparten la mayoría.
Los años 90, al igual que las primeras dos décadas del XXI han dejado un rastro de buenos momentos de Duvall, que no se ha dosificado (24 películas en 30 años), Entre ellas ha habido un poco de todo, pero nunca un traspiés, al menos por su parte. Lo hemos visto brillar como patriarca de familia no muy modélico en El precio de la ambición (1991); como el comisario a punto de jubilarse al que, cómo no, le cae un marrón de despedida en Un día de furia (Joel Schumacher, 1993); como el compañero inseparable de Kevin Costner en Open Range (Kevin Costner, 2003), o en la piel del padre admirado y posteriormente cuestionado de Robert Downey Jr. en El juez (2013).
Robert Duvall incluso se atrevió con la dirección, obteniendo resultados dispares, pero dejando a las claras sus habilidades (Camino al cielo, 1997). Sus compañeros de trabajo han sido unánimes a la hora de reconocer las clases gratuitas de actuación que se han llevado compartiendo apenas dos planos con él. Se marcha otro pedacito de un paisaje que ya no existe, pero cuyos ecos siguen reverberando en silencio en la pantalla de nuestra memoria colectiva.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!