Hay películas que incomodan porque conmueven en lo más hondo. Queen at Sea pertenece a ese tipo, es una obra dolorosa y profundamente triste. La nueva película de Lance Hammer —ganador en Sundance en 2008 con Ballast—, que se estrenó en Competición Oficial en la 76ª Berlinale, se adentra en uno de los territorios más incómodos del cine contemporáneo: la demencia, el final del cuidado y el momento en que las decisiones dejan de ser médicas para convertirse en morales.
Queen at Sea se abre de modo abrupto sobre una escena perturbadora, cuando Amanda (Juliette Binoche) y su hija Sara (Florence Hunt) visitan a su anciana madre, Leslie (Anna Calder-Marshall) y su padrastro, Martin (Tom Courtenay) encontrándolos en el dormitorio haciendo el amor. La cólera de Amanda parece inexplicable durante unos segundos, hasta que se revela el punto de arranque sobre el que pivota el resto de la película: el consentimiento sexual de una anciana con demencia.
Y es una cuestión tan crucial porque en ella confluyen diversos aspectos de la ancianidad y la responsabilidad, como es la evolución de una relación profunda y entregada, que no debilitan los estragos de la demencia, pero que, a la vez, se ve obligada a un nuevo acuerdo de interacción. ¿La persona que Martin amaba sigue estando ahí? En una de las escenas más significativas de la película —y son casi todas—, Amanda, Martin, Leslie y una trabajadora social dialogan abiertamente sobre la relación del matrimonio de ancianos, donde él argumenta sobre los beneficios del sexo y su papel en los cuidados y apego, en la seguridad que proporciona a su pareja, como parte de una atención absolutamente dedicada a su mujer. Además, el desconocimiento sobre la aceptación por parte de Leslie, es otro punto que él pone en duda.

Lo que en un principio consideró merecedor de la intervención policial, desatando una cadena de acontecimientos indeseados, que superan su objetivo de proteger a su madre de su antigua vida sexual, adquiere otro valor para Amanda. La intervención de profesionales (policías, forenses, asistentes sociales) en su frágil burbuja de bienestar desbaratan sobre todo la vida de los ancianos, por un bien mayor que cuesta de considerar. En última instancia, Queen of the Sea trata sobre el amor cuando ya no puede sostener por sí solo la realidad. Sobre el momento en que la intimidad se vuelve pública, cuando las decisiones privadas deben ser compartidas —o disputadas— por la familia. Y sobre la pregunta que atraviesa toda la película: ¿es el cuidado una prueba de amor o una forma de negación?
La actitud cerrada de Martin da paso a su rendición y la ira de la hija evoluciona a lo largo de la película a una mayor comprensión, acentuada por el fracaso del paso de su madre por un geriátrico, como solución a su problema.
Los planteamientos iniciales se difuminan, la negociación con el otro y la apertura al punto de vista diferente, con el requisito imprescindible del amor incondicional, hacen posible que la reconfiguración de la dinámica familiar no esté marcada por el enfrentamiento sino por el diálogo. Sin embargo, esto no será suficiente para manejar una situación en la que los afectos no bastan, sobre todo si el cuidador es otro anciano.
Amanda, profesora de universidad en Newcastle, vive con su hija adolescente durante un sabático en Londres para poder atender a su madre, las medidas que exigen los cuidados afectan a todo el núcleo familiar y, en este caso, ahí comenzará en paralelo la relación de esta con su compañero James, abriendo un camino complementario e inverso a la historia de amor de sus abuelos.

El tríptico que podría formar con Amor (Michael Haneke, 2012) y Vortex (Gaspar Noé, 2021) sería un imprescindible testimonio de cómo el cine puede adentrarse en las regiones menos fotogénicas de la realidad, sin maquillarlas ni romantizarlas. El realismo de Hammer es minucioso, los interiores, tanto la casa familiar del londinense Tufnell Park como el apartamento brutalista de Amanda, pasan de los colores pastel a los sólidos (que también coordinan con la ropa de Binoche), enmarcan por una parte la vida sencilla de los ancianos, de rutinas confortantes minuciosamente filmadas, música clásica y desayunos, pero por otra la inquietud, las noches en vela, el conflicto y la provisionalidad, las conversaciones a medianoche con el exmarido que vive en Canadá.
Queen at Sea es una película compleja e importante con unas interpretaciones sobresalientes, sobre todo de los veteranos Courtenay y Calder-Marshall —cuyos momentos de lucidez son tan verosímiles como sus ausencias—, donde Juliette Binoche sufre y se interpela a sí misma, como en sus mejores actuaciones, revelando una lucha interior y un cambio de actitudes que hacen más humana y más real a su Amanda. Precisión, detalle y un naturalismo que nos imbuye en la aparente sencillez y en la subyacente complejidad, obligándonos también a cuestionarnos si el amor termina con el olvido.






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