Entre los documentales contemporáneos sobre la guerra en Ucrania —surgidos desde 2014 y intensificados tras 2022— muchos ofrecen perspectivas repetitivas del conflicto, fundiéndose en un flujo continuo de imágenes demasiado inmediatas como para procesar plenamente la complejidad de una guerra aún en curso. Mariinka (Pieter-Jan De Pue, 2026), sin embargo, se distingue por su ambición narrativa, su precisión visual y una mirada abarcadora —casi bíblica— sobre un conflicto que trasciende el contexto ucraniano, cuestionando nociones más amplias de lealtad, patriotismo, fe y fraternidad.
A lo largo de más de una década, Pieter-Jan De Pue sigue a varios protagonistas del este de Ucrania devastado por la guerra, demostrando un nivel de compromiso que lo aleja de la producción rápida y reactiva típica del reportaje bélico contemporáneo. Sus personajes distan de ser convencionales: marcados por entornos sociales difíciles, arrastran el peso de traumas tempranos incluso antes de que la guerra irrumpa en sus vidas. Cuando lo hace, se convierte en un terreno fértil para nuevas fracturas psicológicas.
De Pue aborda este relato complejo y emocionalmente cargado sin juicios explícitos, sin adoptar una postura política evidente.
A lo largo de intensos 94 minutos, la película sigue vidas que luchan por resistir en un mundo en colapso: un hermano que se recupera de graves heridas de guerra, otro que combate del lado ucraniano, un tercero alineado con las fuerzas rusas, y un cuarto adoptado por una familia estadounidense conservadora y profundamente religiosa —arraigada en valores evangélicos y un fuerte ethos militar—, pero incapaz de escapar del peso de su pasado, arrastrado de nuevo hacia la guerra con una inevitabilidad casi fatalista. Junto a ellos, se despliegan las historias de dos mujeres: una paramédica en el frente ucraniano y una joven que sobrevive entre las ruinas de una ciudad devastada, traficando mercancías a través de una frontera recientemente impuesta que ha dividido violentamente comunidades antes unidas.
De Pue construye este entramado narrativo sin imponer juicio, centrándose en las consecuencias universales de la guerra: sobre los cuerpos, la memoria y la identidad. Sin embargo, el montaje inteligente del filme invita a reflexionar sobre patrones recurrentes que resuenan en distintos conflictos. En ambos bandos, los combatientes buscan la bendición religiosa antes de entrar en batalla; la fe se convierte tanto en herramienta de consuelo como de justificación. En una imagen especialmente impactante, un capellán bendice equipamiento militar con agua bendita: un gesto a la vez absurdo y profundamente trágico, y, sin embargo, completamente real.






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