La 82ª Mostra de Cine de Venecia se inaugura en un clima marcado por tensiones políticas y culturales. Mientras a Gerard Butler y Gal Gadot el colectivo Venice4Palestine les ha pedido no participar en el festival por motivos relacionados con el genocidio en Palestina, en el debate reaparece la sospecha de una censura cultural previa sobre el pensamiento libre, cada vez más extendida en el mundo del arte. Vetos y acusaciones que, lejos de favorecer la causa palestina, parecen más bien evidenciar las contradicciones de un llamado “Occidente” —sobre todo político— que proclama la libertad, pero la ejerce solo de palabra.
Dejando de lado este trasfondo, que refleja un mundo cada día más contradictorio, centrémonos en la película que ha abierto el certamen veneciano: La grazia, el nuevo largometraje de Paolo Sorrentino. Una obra que confirma una vez más la capacidad del director napolitano para transformar la vida política y privada en materia de contemplación estética.

Anna Ferezzeti en La grazia, de Paolo Sorrentino © Andrea Pierillo.
La película gira en torno a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana —antiguo juez y autor de imprescindibles textos legislativos— en el ocaso de su mandato. Viudo y padre de una hija, se enfrenta a un dilema moral en torno a dos solicitudes de indulto y a una nueva ley sobre la eutanasia. Lejos de convertirse en un drama judicial o político convencional, la narración de Sorrentino se adentra en lo íntimo, explorando las fisuras de un hombre atrapado entre el deber institucional y la fragilidad de su vida personal.

La grazia, de Paolo Sorrentino © Andrea Pierillo.
Esto ocurre ya desde las primeras secuencias con una puesta en escena que nos introduce en un universo dominado por la solemnidad de los espacios arquitectónicos: pasillos interminables, despachos marmóreos y salones desiertos que pesan más que la figura misma del protagonista. Las luces frías y blanquecinas de los entornos oficiales contrastan con los tonos cálidos y casi domésticos que irrumpen en momentos puntuales del largometraje, revelando la importancia de un mundo interior donde la compasión y la duda se abren paso frente a la rigidez de la ley. Esta dialéctica visual entre lo público y lo privado se convierte de sta forma en el motor esencial de la obra.

Toni Servillo en La grazia, de Paolo Sorrentino © Andrea Pierillo.
Toni Servillo encarna al presidente con una contención admirable. Alejado del histrionismo y la caricatura, su interpretación se apoya en gestos mínimos: una mano que vacila antes de firmar, un silencio más elocuente que cualquier palabra, una mirada que rehúye el contacto directo. Sorrentino lo conduce hacia una desnudez expresiva que lo distancia de la exuberancia de La grande bellezza y lo aproxima a un ascetismo actoral que recuerda su memorable trabajo en Le conseguenze dell’amore. Su actuación subraya de manera impecable la fragilidad del hombre, sobre todo en las escenas con la hija interpretada por Anna Ferzetti, tras la máscara de la autoridad. Más que político, aquí Servillo es un hombre fatigado que intenta sostenerse frente a la magnitud del poder y frente a su propia soledad.
La película, sin embargo, no está exenta de limitaciones. El rigor formal, llevado al extremo, corre a menudo el riesgo de imponer una frialdad que mantiene al espectador en la admiración estética, pero a cierta distancia emocional. La narrativa, deliberadamente lenta y reflexiva, exige además una atención constante que no todos estarán dispuestos a conceder, pese a algunos momentos ligeros que atenúan la pesadez. De esta forma lo que para unos podría ser una obra de sobriedad y madurez, para otros puede resultar un ejercicio excesivamente contenido, más preocupado por la forma que por una verdadera implicación afectiva. A ello se suma un guion que en ocasiones se torna reiterativo, casi sentencioso, restándole frescura y originalidad.

Toni Servillo en La grazia, de Paolo Sorrentino © Andrea Pierillo.
Con todo, cuando la austeridad visual se ve atravesada por destellos de intimidad —una luz cálida que se filtra en un interior, un rostro que se acerca con delicadeza, un instante en el que el presidente deja caer la coraza—, La grazia alcanza momentos de honda conmoción. Es en esos pliegues donde la película justifica su título, ofreciendo no tanto una lección sobre el poder como una meditación sobre la necesidad humana de recibir y otorgar gracia pese a las contradicciones y fragilidades del ser humano. Sorrentino propone, esto sí con altibajos, una experiencia visual y moral que no deja indiferentes, de tono contemplativo y riguroso, que renuncia al efectismo habitual de su cine para situarse en un registro más sobrio y reflexivo.
Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!