«La buena hija», la herencia del daño

En Cine y Series martes, 07/04/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

La génesis de La buena hija no pudo haber estado mejor auspiciada. La película que ha dirigido Júlia de Paz y coescrito junto a Núria Dunjó, ambas graduadas de la ESCAC (Escola de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), tuvo su semilla en el cortometraje Harta (2021), de la propia directora, ganador de un Gaudí y tres Biznagas de Plata en el Festival de Málaga. La historia de Carmela, que en su primera versión fue interpretada por Anna Caponnetto, fue la gran triunfadora del Festival de Tallin, donde también su protagonista, Kiara Arancibia, se alzó con el premio a la mejor actriz, además de los de Mejor película y el Premio del Público.

Con esta carrera a sus espaldas, se estrena la última película de la cocreadora de la magnífica serie Querer, con la que comparte en su core la reivindicación necesaria de las vertientes menos visibles de la violencia de género. El maltrato tiene vetas tan ocultas como dolorosas, y la visibilización de todas sus consecuencias también se está abriendo paso en su plasmación en el cine. Desde que Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003) derribara los muros de la intimidad familiar, para exponer con tanta crudeza y verosimilitud la situación que todavía viven dolorosamente demasiadas mujeres en el mundo, los cineastas han adoptado diversos puntos de vista para denunciar, a través de un vehículo artístico. En La buena hija, Júlia de Paz expone, con un estilo minimalista, observacional y respetuoso en extremo —por tanto, eficiente—, la afectación de la violencia de género en las dinámicas familiares, en sus miembros y en este caso, especialmente, en el proceso de crecimiento emocional de una adolescente.

La buena hija

La directora acompaña a Carmela en todos los ritos de paso de una niña que deja atrás su pubertad y su inocencia, para hallar sus propios códigos en un mundo adulto, del que todavía no conoce lo más profundo. En el colegio, la conocemos con sus compañeras, entre juegos y peleas infantiles, pero en poco tiempo, el primer beso y el primer cigarrillo llegan cuando también su otro mundo, el hogar que siempre ha conocido, se reconfigura. En un contexto de inseguridad, donde los lazos familiares se han retorcido y enredado, la angustia que transmite la joven Kiara Arancibia es de un realismo doloroso, sobre todo en los momentos en que, como un rayo de luz, aparece la posibilidad de ser feliz por un momento.

La buena hija es una película hecha de silencios, empezando por la gran elipsis de un prólogo ausente, sustituido por una mancha de tomate en la pared y los platos rotos en el suelo. A partir de ahí, de Paz y Dunjó ya nos han preparado para rellenar los vacíos. Así, las reuniones de la madre de Carmela (Janet Novás) con otras mujeres, su acompañamiento, son como escenas mudas que no necesitan más anécdota ni relato, el abrazo de la abuela (Petra Martínez), su paciencia, también.

El foco que han elegido las guionistas es claro y patente: describir cómo la violencia de género dentro de una familia modifica la vida de una niña, cuando la construcción de su identidad de adulta está en su punto de arranque, y cómo un maltrador manipulador —interpretado aquí por Julián Villagrán— se aprovecha de un apego ingenuo, auténtico mecanismo de supervivencia de su hija.

La buena hija se desplaza entre escenarios fuertemente emotivos: el hogar deshecho (manchado de rojo) testigo de la violencia, la casa refugio de la abuela, la escuela como ámbito seguro de relación, la nueva casa de madre e hija para empezar de cero —tras sanar el enfrentamiento inicial por el conflicto de lealtades—, pero sobre todo la frialdad del punto de encuentro y la ambivalente casa del padre —simbolizada por las escenas en la piscina, de la alegría al miedo. Los sentimientos mutan espacialmente, se reflejan y se decantan.

La buena hija.

Carmela quiere querer, quiere tener un padre al que poder querer y creer, porque la seguridad de los afectos aprendidos le garantiza el arraigo ante un mundo que se ha desintegrado, pero la madurez que comienza a ganar terreno la llevará a esa zona donde los matices del gris hacen daño hasta que se aprende a distinguirlos. Hay un punto de contacto aquí con El silencio de Julie (Julie Keeps Quiet, , 2024), estrenada en la Semaine de la Critique del 77º Festival de Cannes, la historia de una adolescente que elige no acusar a su entrenador, sobre el que pesan denuncias por abuso sexual. El mutismo, la inacción contra el verdugo, son estrategias viscerales para hacer frente al trauma o a la verdad, que en la película de Júlia de Paz se describen a través de la nitidez de los ojos de la infancia y la confusión de la adolescente.

Entre la necesidad de amar y hacerlo con los ojos abiertos, La buena hija encuentra su verdad más incómoda y, a la vez, más lúcida. Júlia de Paz nos muestra la ambigüedad y el doloroso aprendizaje emocional, para llegar a ese punto donde renunciar a las creencias obsoletas significa aprender qué es lo correcto.

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