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Khruangbin, Céu y Bananagun: músicas del mundo para un verano extraño

En Música 12 agosto, 2020

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

En un momento como este, en el que viajar a latitudes exóticas o simplemente a regiones cercanas resulta tan poco recomendable (cuando no imposible), resulta más necesario que nunca echar la imaginación a volar y darnos un garbeo por el mundo a través de la música: ese vehículo expresivo que no entiende de rebrotes, mascarillas ni restricciones, porque se alimenta de su capacidad para trasladarnos a dimensiones, contextos y paisajes lejanos. Aunque sea mediante placenteros estados mentales.

Lo hacemos con tres de los discos más sorprendentes de este raro 2020, en el que, por suerte, si hay un ámbito inmune a la recesión es el de la creatividad musical. Hay cantidad, calidad y diversidad. Al menos, en la misma proporción que en cualquiera de los ejercicios precedentes. Y hay, sobre todo, una sana inclinación en algunos de ellos para empaparse por sonidos de procedencia muy dispar. Son tres discos que harían sentirse muy orgulloso a David Byrne, desde luego. La world music de la actualidad, las nuevas músicas del mundo, que en realidad son todas a la vez, aunque solo le adjudiquemos ese nombre a las que escapan al canon anglosajón, se escriben a través de sus surcos.

Khruabin

Khruabin.

Los primeros son los texanos Khruangbin. Esa banda de nombre casi impronunciable, que por cierto significa avión en tailandés. Su tercer álbum, Mordechai (Dead Oceans/Night Time Stories, 2020), ha activado el radar de los cazadores de tendencias y les ha perfilado como una de las revelaciones del año, aunque ya avisaran de lo que estaba por llegar ante todo aquel que les viera el año pasado en el BBK Live.

Lo tienen todo: son cool, cálidos, seductores, sensuales, elegantes y hasta esa pizca de excentricidad para despuntar. Y su disco, publicado a finales de junio, reúne todos los condimentos para ser una escucha veraniega de primera magnitud.

Reúnen la tórrida cadencia del dub, el impulso invasivo de la percusión afrobeat, el afluente lisérgico de la chicha peruana, la carnalidad del soul y el funk, la escueta expresividad de la surf music y hasta el duende de la rumba en su trabajo más penetrante hasta la fecha, reforzado al fin por el primer plano de las voces de sus tres miembros, hasta ahora silenciadas. Suenan tradicionales y frescos a la vez. Familiares, pero a veces también como si hubieran salido de otro planeta. Ese es el gran logro de su música de la Tierra, como ellos mismos la definen. No se les ocurra hablarles de world music. Eso ya es agua pasada.

Y de Texas nos vamos hasta Australia. De allí, de la fértil escena de Melbourne, tan proclive a la psicodelia desmelenada (King Gizzard and the Lizzard Wizzard), proceden Bananagun. Un quinteto liderado por la mente privilegiada de Nick Van Bakel, que se ha descolgado con un efervescente elepé de debut que se maneja a las mil maravillas entre el afrobeat, el latin soul, el rock progresivo, la herencia tropicalista brasileña o hasta la bossa nova.

El suyo es otro viaje de ida y vuelta a través de un par de océanos y al menos tres continentes distintos. The True Story of Bananagun (Full Time Hobby, 2020) es una de las mejores rodajas de rock de fusión que puedan escuchar ahora mismo. Sírvase, claro, en compañía de bebida bien fría. Y agítese antes de tomar, a ser posible en esos semi guateques domésticos (con gente de confianza, por supuestísimo) que nos vemos conminados a celebrar en ausencia de saraos más concurridos.

Y tras Texas y Melbourne, volvemos al continente americano para acabar nuestro periplo en las playas de Brasil. Porque de São Paulo proviene Céu, una de las grandes voces femeninas en la renovación pop del país en la última década. Una mujer que profesa la misma rendida admiración por Billie Holiday, Lauryn Hill, Björk o Erykah Badu que por Jorge Ben o Astrud Gilberto.

Lo que en su quinto disco viene a traducirse en efluvios de bossa aireados sobre suaves tramas electrónicas, alternancia entre radiaciones dub y una polirritmia sugerente que mira a África pero acaricia más que agita, onirismo tropical que a veces suena a un nuevo trip hop con molde carioca, y todo presidido con una dicción siempre dulce y muy vitalista, influida por el nacimiento de su primer hijo. Se llama APKÁ! (Six Degrees, 2020), y es otra delicia. Como las dos anteriores.

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