«El extranjero», el juicio moral como condena

En Cine y Series miércoles, 17/12/2025

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Argel, 1938. Meursault (Benjamin Voisin), el extranjero, un hombre tranquilo y reservado de unos treinta años, asiste al funeral de su madre sin derramar una lágrima. Al día siguiente, inicia una relación con Marie (Rebecca Marder), una excompañera de trabajo, y retoma su rutina con aparente normalidad. Su vida se ve alterada por la influencia de su vecino Raymond Sintès (Pierre Lottin), que lo arrastra a un conflicto personal con un resultado trágico.

François Ozon adapta la célebre novela de Albert Camus (1942), junto a su guionista habitual Philippe Piazzo, en una interpretación que, lejos de domesticar el texto, lo comprende y lo traduce con una notable lucidez cinematográfica.

El blanco y negro como presente continuo

Rodada en un blanco y negro impecable por Manuel Dacosse, la película conserva intacto el núcleo filosófico y moral de la obra original, con una elección estética que podría interpretarse como una tentación de solemnidad o como una red de seguridad ante un texto inmortal, pero que resulta, por el contrario, profundamente orgánica. El uso del blanco y negro no congela la película en el pasado: la libera de la ilustración histórica y le confiere una extraña contemporaneidad. Ozon huye del academicismo y apuesta por una puesta en escena fluida, contenida, donde la imagen acompaña —sin subrayar— el extrañamiento existencial del protagonista.

Festival de Venecia

Benjamin Voisin en El extranjero (François Ozon, 2025)

Benjamin Voisin: el extranjero impecable

Benjamin Voisin (Été 85) compone un Meursault de una precisión admirable: opaco, distante, pero nunca caricaturesco. Su interpretación nos sumerge de lleno en el espíritu de Camus, sosteniendo la ambigüedad radical del personaje. A su alrededor, Rebecca Marder y Pierre Lottin articulan un círculo social íntimo que funciona como espejo, incapaz de comprender a quien no responde a los códigos afectivos esperados, pero dispuesto a amar y aceptar.

Fidelidad y lenguaje propio

Ozon se mantiene fiel al texto de Camus casi en su totalidad, salvo en un par de escenas puntuales donde introduce ligeras variaciones. No se trata de traiciones ni de actualizaciones forzadas, sino de decisiones interpretativas que revelan una comprensión profunda de la obra. El director no intenta explicar El extranjero, sino encarnarlo. Incluso cuando algunas elecciones visuales evocan inevitablemente la adaptación de Visconti, Ozon logra desprenderse de la imitación y construir un lenguaje propio, coherente con la época retratada y con nuestra mirada contemporánea.

Si hay un elemento ligeramente discordante, aparece en la segunda parte del film: el cambio de ritmo que introduce la prisión y, sobre todo, las escenas con el sacerdote, interpretado por Swann Arlaud, que ralentizan la tensión previa. Ozon añade una escena onírica perfectamente integrada y, aparentemente por exigencias de producción, una escena final que resulta innecesaria, casi como un gesto de corrección política ajeno al rigor del conjunto.

Por otra parte, la música de Fatima Al Qadiri evita cualquier tentación de efectismo tenebrista —muy lejos de la partitura de Piero Piccioni para Visconti— y se integra con sobriedad en el tono general, reforzando la sensación de extrañamiento sin guiar emocionalmente al espectador.

El juicio moral: cuando se condena una forma de ser

Pero el verdadero corazón de esta obra reside en su lectura del juicio moral. En la novela de Camus, Meursault no es condenado únicamente por el crimen cometido, sino por ser un acusado con el que resulta imposible empatizar. El sistema judicial desplaza el foco del acto al carácter, de los hechos a la personalidad, construyendo una sentencia basada en indicios psicológicos de “capacidad homicida”: su frialdad, su silencio, su falta de duelo, su inadecuación emocional. La justicia deja de juzgar lo ocurrido para juzgar quién es.

¿Qué ocurre cuando el sistema judicial castiga no solo lo que hacemos, sino lo que somos?

De Camus a Justine Triet: una continuidad inquietante

Este mecanismo —formulado por Camus en 1942— encuentra una resonancia contemporánea inquietantemente clara en Anatomía de una caída de Justine Triet. Allí, el tribunal convierte la subjetividad en prueba y la disidencia identitaria en argumento incriminatorio, poniendo el acento en la performatividad del género y en la incomodidad social ante una mujer que no encaja en el rol esperado. Sandra Hüller encarna con precisión a la Sandra del siglo XXI; Benjamin Voisin, con igual rigor, al Meursault de 1942. Dos épocas, dos cuerpos, un mismo sesgo estructural: cuando la justicia deja de juzgar hechos y comienza a juzgar formas de ser.

El extranjero es un clásico incómodo para el presente

En El extranjero, François Ozon dialoga una vez más con los grandes textos sin neutralizarlos, respetando su radicalidad y su incomodidad. Su película no busca reconciliarnos con Meursault, ni ofrecernos respuestas tranquilizadoras. Nos enfrenta, como hizo Camus, a una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿qué ocurre cuando el sistema judicial castiga no solo lo que hacemos, sino lo que somos?

Presentada en la Sección Oficial del Festival de Venecia y, posteriormente, en la sección Perlak del Festival de San Sebastián, El extranjero se estrena en España el 19 de diciembre.

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