Arte y entretenimiento en la era de la hiperinteligencia técnica

En Cultura domingo, 08/02/2026

Toni Calderón

Toni Calderón

PERFIL

Durante décadas aceptamos, sin apenas resistencia, la figura del comisario de arte como intermediario necesario entre la obra y el espectador. Una suerte de sacerdote laico, situado en un territorio ambiguo entre la academia, la mediación cultural y la gestión institucional, encargado de dotar de sentido aquello que, paradójicamente, ya posee su propio sistema interno de significación. Hoy esa figura se ha erosionado, su función se ha vuelto opaca, su autoridad se sostiene sobre rituales más que sobre competencias, y su presencia introduce una distancia innecesaria entre la creación y la experiencia.

Lo que un día fueron mediadores se ha convertido en gestores con aspiraciones hermenéuticas. Lo que un día fue un simulacro de ejercicio intelectual se ha transformado en una profesión difusa cuyo reconocimiento suele ser mayor que el del propio artista. Una anomalía que revela un sistema en el que la jerarquía cultural se ha vuelto más importante que el acto creativo.

No hablamos únicamente de un problema contemporáneo. Juan Antonio Ramírez lo señaló, con precisión quirúrgica, en Ecosistema y explosión de las artes, en el que analiza los agentes que protagonizan el mundo del arte y cómo se construyen los valores estéticos en contextos sociales cambiantes. La cultura había creado una estructura de intermediarios cuya misión ya no era facilitar el acceso, sino legitimar, administrar, custodiar una sacralidad inventada. Señaló con dureza cómo esa arquitectura burocrática producía precariedad, porque el flujo económico beneficiaba a quienes organizaban, no a quienes creaban.

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Tele kósmica – Desobediencia tecnológica (DIE PISTOLE). Foto: Studio Coconut.

El comisario, convertido en figura clave de la cultura oficial, operaba dentro de un circuito donde las obras eran pretextos para mantener en pie un sistema que debía justificarse a sí mismo. Juan Antonio Ramírez vio antes que nadie la obsolescencia de esa maquinaria. La estructura curatorial no ha sabido responder o adaptarse al ritmo del presente y el presente precisamente no espera, ni la inteligencia artificial, ni la creación distribuida o las plataformas que deshacen la necesidad de un filtro interpretativo obligatorio. La inteligencia artificial no solo genera imágenes, textos o mundos, empieza a producir entornos que reorganizan la experiencia estética sin pedir permiso a nadie.

La nueva ecología del pensamiento artificial abre un horizonte donde la creación deja de ser un acto exclusivamente antropocéntrico donde la inteligencia artificial no sustituye al artista,  de momento, pero sí  multiplica sus posibilidades y reduce la dependencia de estructuras culturales interpuestas. En un escenario así, la figura del comisario o curator, no desaparece porque alguien la suprima, simplemente deja de tener centralidad pues surgen formas postcuratoriales donde el criterio no se impone verticalmente, sino que emerge de la interacción entre humanos, máquinas creativas y espacios ampliados de experimentación.

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Colab.sos (Marina Barruer) Foto: Studio Coconut.

Arte y entrenimiento

Incrementando esta transformación, la tecnología digital ha colonizado el ocio de un modo que ha desbordado por completo las fronteras tradicionales del arte. Los centros de entretenimiento inmersivo, los espectáculos de mapping, los túneles de luz, los eventos sensoriales itinerantes se han convertido en la estética dominante del tiempo libre. Su lógica es clara, intensidad inmediata, estímulo continuado, fascinación sin alternativa. Ante esta saturación lumínica y emocional el arte contemporáneo ha perdido terreno, arrinconado por propuestas que ofrecen una gratificación instantánea que él nunca quiso ni supo ofrecer. Pero aquí la cuestión crucial no es que el entretenimiento haya desplazado al arte, sino que ha ocupado los espacios que la cultura institucional abandonó en un ejercicio de autocomplacencia.

Lo que un día fueron mediadores se ha convertido en gestores con aspiraciones hermenéuticas.

No obstante, la proliferación sin límites de proyecciones sobre fachadas históricas, catedrales convertidas en pantallas de efectos brillantes, espectáculos lumínicos que recubren plazas, museos y monumentos como si todo fuese superficie disponible para la ornamentación instantánea, no es un signo de vitalidad cultural sino de fatiga creativa. El exceso de estímulos, la repetición constante de la misma estética pulsante y estridente, la falta total de poética generan un agotamiento que el público empieza a sentir, incluso si no sabe nombrarlo. Son experiencias vacías de memoria, sin densidad conceptual, donde la técnica se vuelve puro artificio. Sin embargo, estas prácticas no están condenadas al vacío, pueden transformarse si se desprograma su lógica espectacular. No se trata de renunciar a la tecnología, sería absurdo, sino de convertirla en herramienta expresiva en lugar de maquinaria de efectos.

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Mapping en la protesta por la cancelación de la exposición The Perfect Moment, 30 de junio de 1989, Washington, DC. © Frank Herrera

Un mapping puede ser arte si escucha el edificio en vez de cubrirlo, si trabaja con la sombra y no solo con la luz, si compone tiempos lentos, si recupera la narratividad o la abstracción en lugar de la euforia visual. Un espacio inmersivo puede generar auténtica experiencia estética si renuncia a la saturación sensorial y permite que la mirada encuentre su propio ritmo. La tecnología puede volver a ser lenguaje si acepta que el silencio también forma parte de la obra, que la ausencia es tan poderosa como la presencia, que no todo el público necesita ser asaltado constantemente. Desespectacularizar no significa empobrecer, sino liberar la poética de estas herramientas y es aquí donde aparece una pregunta inevitable, ¿pueden convivir arte, creatividad y entretenimiento sin que uno devore al otro? La respuesta es afirmativa, pero no automática.

Esta convivencia exige una reconfiguración profunda. El entretenimiento tiene mucho que ofrecer, accesibilidad, ritmo, formas de enganche emocional que la cultura institucional ha despreciado durante demasiado tiempo. El arte también tiene algo imprescindible que aportar, densidad, lectura crítica, sensibilidad hacia los contextos, memoria, ética y la creatividad opera como tejido que permite que ambos evolucionen sin confundirse. El futuro posible no pasa por mantenerlos separados como territorios enfrentados, sino por permitir que se contaminen con precisión. El entretenimiento puede servir como puerta de entrada hacia experiencias más complejas y el arte puede aprender a no renunciar a ser disfrutable sin sacrificar su propio sentido ontológico.

El verdadero gesto de ruptura no es destruir, sino dejar atrás lo que ya no sirve y seguir creando.

La coexistencia requiere una condición fundamental, que la tecnología no sea el centro, por el contrario debe ser el espacio operativo donde estas tres fuerzas se encuentran, no la autoridad que dicta el formato ni la estética. Cuando la técnica ocupa el lugar de la finalidad, el arte yace en estado de suspensión. Cuando la técnica se coloca al servicio de una mirada, de una sensibilidad, de un gesto creativo que asume su responsabilidad estética, entonces emerge un territorio donde las fronteras se vuelven permeables. No se trata de usar la luz para distraer, sino para revelar, no de inundar al espectador, sino de permitirle entrar, no de imponer un espectáculo, sino de construir una situación sensible donde algo pueda ocurrir, no el brillo fácil, sino la complejidad compartida.

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Instalación Sinapsis (TarsLab). Foto: Studio Coconut.

Un arte donde el público interpreta sin tutelas

El arte digital, la inteligencia artificial generativa, la inmersión sensorial, la cartografía lumínica, los lenguajes del ocio contemporáneo pueden coexistir con el arte si se reivindica algo que parecía perdido, la responsabilidad de crear sentido y en este nuevo escenario, la figura del comisario, jerárquica, institucional, legitimadora ya no es necesaria. Lo que viene es un paisaje donde la autoría se distribuye, donde las herramientas piensan, donde el público interpreta sin tutelas, donde la mediación adopta formas más abiertas, más horizontales y más experimentales. Un paisaje donde el arte no necesita guardianes, sino arquitectos sensibles capaces de construir experiencias con conciencia. Un paisaje donde el entretenimiento no aspira a ser arte, pero puede ser un punto de partida. Un paisaje donde la creatividad vuelve a ser fuerza transformadora y no simple adorno.

Estamos, quizás, ante una oportunidad histórica, liberar al arte de la pesada infraestructura que lo mantenía estático y permitirle habitar un presente que se mueve a la velocidad del pensamiento artificia,l pero en este tránsito necesita, más que nunca, la profundidad de la sensibilidad humana. Ese es el verdadero gesto de ruptura, no destruir nada, sino dejar atrás lo que ya no sirve y seguir creando.

Foto cabecera: Performance de Álvaro Terrones «Frankenstein o el hombre obsoleto». Foto de Studio Coconut.

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