Ganadora del premio FIPRESCI en el CPH:DOX, Amazomania (Nathan Grossman, 2026) ofrece una perspectiva impactante y sugerente sobre el choque entre la sociedad moderna y la vida indígena. Más que un simple registro de un encuentro cultural, la película cuestiona la propia ética del acto de filmar, revelando la frágil ilusión de la conexión humana y la fuerza corrosiva del capitalismo.
La narración sigue al cineasta sueco Erling Söderström en lo más profundo del Amazonas, desarrollándose como una estructura cuidadosamente estratificada a través de múltiples temporalidades. Grossman construye la película en tres movimientos diferenciados, reformulando progresivamente la comprensión del espectador —y, en ocasiones, su desconcierto— sobre lo que está viendo.
Comienza con material de archivo de la expedición de Söderström al Amazonas, donde documentó un primer contacto con la tribu Korubo. En aquel momento, la misión tenía como objetivo establecer un contacto pacífico y delimitar los territorios tras enfrentamientos violentos entre los Korubo y los forasteros. Los riesgos eran inmediatos y reales: los miembros de la expedición sabían que podían ser atacados antes incluso de que fuera posible cualquier comunicación. A medida que el grupo se adentra en la selva, la película nos sumerge en imágenes extraordinarias de un entorno frágil y peligroso, que culminan en ese primer contacto: un encuentro tan tenso como histórico.
Amazomania cuestiona la propia ética del acto de filmar, revelando la frágil ilusión de la conexión humana y la fuerza corrosiva del capitalismo.
Estas imágenes, conservadas por Söderström durante décadas, poseen una carga emocional intensa. Documentan un momento de transformación irreversible: dos mundos que se encuentran, se observan y se malinterpretan simultáneamente. “Nosotros lo aprendemos todo sobre ellos, y ellos —sobre nosotros”, reflexiona. Mientras los visitantes filman sin cesar —algo que más tarde se revela como percibido por los Korubo como una amenaza—, estos responden con sus propios rituales, ofreciendo sustancias destinadas a calmar o incluso envenenar a los forasteros. Hasta en este aparente momento de conexión, persiste la inquietud: el líder de la expedición advierte que la violencia suele seguir a los primeros contactos. Sin embargo, el grupo se marcha con una sensación de revelación. El propio Söderström expresa un deseo esperanzador: que los Korubo puedan seguir viviendo libres y en paz.
Tras su regreso, Söderström realizó una película a partir de este material, obteniendo reconocimiento en festivales. Décadas después, regresa al Amazonas —esta vez como figura central del documental de Grossman.
Lo que comienza con una anticipación casi infantil se transforma rápidamente en una confrontación con la realidad. Söderström regresa a lo que una vez consideró un “Edén” intacto, recuerda a personas por su nombre y describe a los Korubo como el último pueblo libre de la Tierra. Sin embargo, el mundo que encuentra ha cambiado de forma irreversible. Los Korubo utilizan ahora paneles solares, muestran interés por tecnologías como Starlink y se relacionan con el dinero como un valor central. Interpelan directamente a Söderström: cuestionan el uso de sus imágenes, exigen compensaciones y, en ocasiones, llegan a amenazarlo abiertamente.
La transformación resulta desconcertante, no solo para Söderström, sino también para el espectador. La visión idealizada de una pureza intacta se desmorona, sustituida por una realidad mucho más compleja e incómoda. Lo que emerge no es simplemente una historia de pérdida cultural, sino de entrelazamiento: de sistemas de valores impuestos, asimilados y disputados. Como ocurre con frecuencia, el capital fractura las comunidades más pequeñas desde dentro, desviando la atención de las estructuras globales hacia conflictos internos.
¿Qué ocurre cuando toda forma de relación humana se traduce progresivamente en transacción?
La película no ofrece resolución. Las tensiones entre Söderström y los Korubo permanecen abiertas. Las notas finales revelan una mayor expansión de infraestructuras digitales en la región, la persistente exposición a enfermedades y una población frágil reducida a aproximadamente 150 individuos, una cifra que habla directamente de un futuro incierto. A pesar de haber declarado, en un momento de desesperación, que no quería tener nada que ver con la película de Grossman, Söderström asistió al estreno y ya planea regresar para rodar otro film sobre los Korubo.
Amazomania destaca como una obra fundamental dentro del cine antropológico contemporáneo. Más allá de su valor etnográfico, es, en última instancia, una película sobre el impacto devastador del capitalismo: cómo se infiltra, transforma y fractura incluso las comunidades más aisladas. Lo que comienza como un encuentro entre culturas revela, con el tiempo, una absorción desigual dentro de un sistema global que mercantiliza por igual las imágenes, la tierra y la identidad. El dilema ético, por tanto, no se limita al acto de filmar por parte de un cineasta occidental “privilegiado”, sino que se extiende a una cuestión más amplia: qué ocurre cuando toda forma de relación humana se traduce progresivamente en transacción.
Lo que se despliega es un proceso de desilusión mutua, tan doloroso como necesario.






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