Hasta aquí todo va bien suena a amenaza, pero es un título. El título del primer y último —hasta ahora— libro de Estela Sanchis, quien en redes sociales se define como artista disciplinar e impulsora de la librería Bangarang, una hermosa usina del libro ubicada en Valencia (España).
Una amenaza siempre abre la posibilidad de que las cosas no sigan en el cauce en que se hallan. En ese estado es donde Estela, el personaje principal, que lleva el mismo nombre que la autora, vive sus relaciones íntimas. Con su hermana gemela, con su pareja, con los desconocidos que conoce en internet, con los vecinos que espía por la ventana, con sus compañeros de profesión y con ella misma.
Estela Sanchis, escritora, construye la historia de Estela, personaje sobre esa pulsión. Así, una mujer se hunde en una residencia artística entre la búsqueda de un propósito, el pasado que la persigue, el presente que la agobia y el futuro que se le presenta como oportunidad performática. A su vez, algunos guiños materiales dentro del libro, como mensajes y fotografías reales, transforman este objeto en algo más que una ficción. Hasta aquí todo va bien es un libro sobre los finos límites que se pueden traspasar para que todo vaya mal y la belleza y el terror que hay ahí, al otro lado del umbral.
Desde el punto de vista freudiano, es un libro ominoso. O se podría decir siniestro desde el punto de vista lacaniano. Unheimliche sería la palabra en alemán. Hasta aquí todo va bien es algo tan familiar que se vuelve extraño. Y también algo que no debería existir, pero existe. Algo que está pasando, pero quien lo lee no sabe bien qué es. Sobre esos interrogantes —y más— va esta conversación de cafetería con su autora.
ANDRÉS MAINARDI: ¿Qué es para ti escribir?
ESTELA SANCHIS: Para mí, escribir es un medio como cualquier otro. Hasta ahora no lo había hecho. Empecé desde el arte, la performance, la fotografía; luego descubrí que escribir funciona igual y me ha gustado.
Para mí el fin es pasármelo bien y llegar a sitios a los que no podría llegar si no utilizara el arte como excusa.
¿En qué punto se relacionan las otras disciplinas artísticas que experimentas y la escritura? ¿Y en qué no?
Creo que el punto de partida y el proceso es el mismo. Yo no enmarcaría las cosas en disciplinas, sino en medios para conseguir ciertos fines. Entonces, el medio puede ser la pintura, la fotografía, la música, puede ser lo que sea, que al final lo que estás tratando de hacer es contar una historia. No me parece que haya muchas diferencias entre el cine y la literatura. Entiendo que haya que poner categorías para organizarnos, pero para mí los procesos son iguales.
¿Y cuál es el fin?
A nivel personal, para mí el fin es pasármelo bien y llegar a sitios a los que no podría llegar si no utilizara el arte como excusa. Hay cosas que no podemos hacer en nuestro día a día, porque seríamos señalados de excéntricos o raros, pero si dices que eres artista o enmarcas lo que estás haciendo dentro de una disciplina artística, de repente se te abre un mundo y puedes llegar a sitios que jamás creíste llegar. Y eso es lo más divertido. Luego, que se haga algo con el resultado me da un poco igual.
Hay algo fuerte de la desinhibición, ¿no?
Nunca lo había pensado así, pero creo que sería lo más adecuado.
¿Cómo ha sido el proceso de la escritura de tu primera novela? ¿Se pareció a lo que venías haciendo anteriormente?
No soy nada metódica. He escrito por impulsos. Un mes escribía todos los días y luego pasaba cinco meses sin tocar el manuscrito. El punto de partida para mí siempre es un hallazgo, algo que de pronto aparece y me da la necesidad de explorar. En este caso estuve en una residencia artística y la experiencia fue bastante desastrosa. Tenía que hacer un proyecto allí que no llevé a cabo o que no resolví como quería. Entonces, al volver a España e intentar entender qué había pasado, lo hice escribiendo. No podía volver a Hungría a tomar fotos, entonces he intentado organizar el material de lo que había vivido allí con la escritura. Así empecé a escribir. Y salió una novela, pero el proceso era ir un poco hacia lo desconocido.

¿Tu idea fue una escritura catártica que de algún modo organice un poco lo que sentiste en ese lugar? ¿O utilizaste esa experiencia para escribir otra cosa?
Creo que sería lo segundo. La catarsis no me interesa y tampoco la sanación, siento que esas son cosas que uno tiene que hacer en el ámbito privado. Aunque cada uno lo hará como pueda, pero a mí no me funciona abordarlo de forma pública. Mis procesos emocionales son íntimos. De lo que yo quería hablar era de lo que no se puede decir, de las cosas que no se catalogan como normativas y cómo es pasar esos límites. Sobre todo, siendo mujer. Entonces, cuando me di cuenta que me habían pasado cosas que no eran percibidas como cosas normales, me interesó ponerlas sobre el papel para ver cómo se percibían desde fuera. La escritura fue una forma para seguir explorando ese impulso extraño y ajeno.
¿El formato novela llegó después?
Llegó después. Yo empecé a escribir para poner un cierto orden y ver qué forma le iba a dar forma a ese proyecto. La cosa se armó sola y de repente surgió la idea de hacer una novela que funcionase como una performance. Entonces empecé a explorar a ver si eso era posible. Para aquel entonces no sabía que eso existía, que era un medio que otros artistas ya habían utilizado. Sí tenía la referencia de Martí Manen con su libro Contarlo todo sin saber cómo. Ese es un libro que a mí me abrió los ojos a cómo se podía hacer algo que funcionase dentro y fuera del libro. Y dije, vale, yo quiero hacer algo así. Pero todo eso vino después. Al principio era solo ver qué había pasado en Hungría.
Que la mujer se presuponga víctima por defecto me roza y me duele.
El libro habla de la gemelidad, el voyerismo, la sumisión y el arte como condensación de todas esas relaciones y como una relación en sí misma, ¿para tí, de qué va Hasta aquí todo va bien?
Es como un juego entre todas esas cosas. Es un libro compuesto por un conjunto de temas sobre los que he investigado desde hace años. El voyerismo siempre está en el centro porque es un mecanismo que siento que está muy presente en nuestra cotidianidad y sin embargo no se nombra. Cuando lo explicas, cuando manifiestas un interés por la vida de los otros, se vuelve un poco raro e inquietante. Justamente, hablando de cotidianidad, me interesa su dimensión filosófica y todas las formas de fragmentación y desvío en torno a ella.
Después están otros temas como la violencia y la crueldad, que me interesan porque creo que hay una cierta fascinación por el mal que a menudo también intentamos ocultar, que nos avergüenza a la vez que resulta inevitable. También la dimensión de género cuando hablamos de ello, qué significa elaborar personajes femeninos violentos o crueles y que no haya una justificación para ello que tranquilice nuestra conciencia. Y por último está la idea de la invasión de la casa, la casa tomada, la casa vulnerada, que de nuevo me obsesiona desde hace tiempo. Y todo eso se fue configurando durante el tiempo de la escritura.
El voyerismo aparece como una relación sin límites o de límites muy difusos. Ahí decanta la violencia dentro de la novela. Hay un juego de poder donde quien lee no puede determinar efectivamente dónde está la víctima o el victimario. El libro en esos pasajes se torna muy incómodo.
Siento que la incomodidad es importante porque mueve al pensamiento. Siempre que te sientas incómodo deberías intentar entender por qué lo estás sintiendo, qué es lo que roza o molesta. Y en ese sentido, a mí, por ejemplo, que la mujer se presuponga víctima por defecto me roza y me duele. No porque la realidad no nos demuestre una y otra vez las violencias que se ejercen sobre nosotras. Sino porque negar la posibilidad de una pulsión violenta neutraliza toda respuesta. En el libro el personaje de Estela tiene un punto cruel y violento. Sin embargo hay lectores/as que me han dicho que han sentido miedo por ella, cuando para mí Estela siempre está en una posición de poder. ¿Por qué aún así asumimos que es una víctima? Creo que no somos capaces de concebirlo y ahí radica la incomodidad.

De algún modo esa incomodidad que aparece en las relaciones que se dan dentro de la novela también está dirigida hacia el estado del arte actual. El libro apunta a una crítica directa hacia el arte contemporáneo. Por ejemplo, hacia el gestor de la residencia artística que se dedica a pintar mandalas.
Entiendo que el arte es muy amplio y que lo puede abarcar todo. Pero creo que el arte que plantea preguntas, incomoda y sacude es el que a mí me interesa. Sobre todo, en este momento me interesa un arte que no es objetual y que por tanto es mucho más difícil que se inscriba en el mercado porque no hay un objeto fetichista que se pueda vender y con el que se pueda especular. Es verdad que a lo largo de mi carrera me he encontrado en una posición en la que no pude encajar en el sistema del arte porque no tenía nada que vender. Nunca estuve en una galería, o tuve la suerte de encontrar un coleccionista o algo así porque no tengo obra producida desde esa perspectiva.
A mí lo que me gusta es jugar y explorar cosas. Eso tiene un origen en el situacionismo, por ejemplo, que planteaba un arte lúdico y no productivo, reapropiarse del tiempo libre, etc. Ahora mismo estoy bastante alejada del mundo del arte, pero me da la impresión de que en los circuitos lo que sigue primando es el objeto artístico. En ese sentido en el libro intento presentar una serie de obras muy populares para el público iniciado, pero desconocidas para aquellos alejados del arte, que sustentan o explican mi interés en torno a él. Me interesa lo efímero o lo que de algún modo sucede en el momento, en el aquí y ahora. Un arte que pueda ser narrado, que no necesite un objeto que admirar. Me da la impresión que muy a menudo la gente ve objetos que no entiende y al no tener un contexto sienten una admiración vacía o un rechazo general. Así el arte se vuelve algo elitista y superficial. La crítica del libro, sí es que la tiene, intenta situarse un poco ahí.
Al tener el personaje principal el mismo nombre que la autora, contar con fotografías de personas reales, mensajes encriptados y dedicatorias en páginas aleatorias, en el libro de algún modo se difumina el umbral entre ficción y realidad. Hasta parece una excusa para ejecutar o contar una venganza.
Para este proyecto era importante ponerle nombres reales y caras al libro. Y que mucho de los datos sean cotejados como verosímiles porque me parece que es la forma de que el lector se involucre moralmente. A un personaje de ficción se lo perdonamos todo, pero a una persona no. Entonces cuando el personaje hace cosas horribles o se plantea situaciones desagradables, y que exista el rumor o el interrogante de que esas cosas horribles o esas situaciones desagradables sean reales y las haya hecho la autora ponen todo en una tensión más profunda. Por eso los mensajes y las fotografías sirven como pruebas de realidad.
Lo importante es que la autoficción no se justifique en que el personaje sea un yo.
Todas las fotografías son reales, pertenecen a mis proyectos y son las personas que realmente pertenecen al libro. Con respecto a este personaje, hacia el que supuestamente hay una venganza, yo no lo veo como tal. Creo que entre ese personaje y el de Estela hay un juego, de ida y vuelta, de posesión y desposesión, que escala rápidamente y se va volviendo peligroso. Este libro es el último lanzamiento de pelota hacia el otro personaje que potencialmente puede devolverla o no. Ya veremos.
En el último tiempo, la autoficción tuvo bastante mala prensa.
A mí me gusta un tipo de autoficción que sea funcional a una historia. Que tenga una razón de ser el hecho de que sea autoficción. Y que haya una diferencia de lectura del mismo libro si se escribe en primera o en tercera persona. Ese tipo sería menos confesional y menos autocomplaciente. Lo importante es que la autoficción no se justifique en que el personaje sea un yo. Realmente, si lo pienso, no sería capaz de decirte qué libros quedan dentro de la autoficción que me interesa y la que no. Lo de poner etiquetas me parece que tiene la función de provocar una determinada emoción previa en el espectador, que se anticipe a lo que va a leer, lo impregne de sus prejuicios, y creo que es algo de lo que hay que huir. Si dices que tu libro es una autoficción, gran parte de los lectores quedarán fuera porque les parece ridículo que cuentes tu vida como si fuera más interesante que la propia. Una autoficción, más allá de tener un yo, tiene que tener algo más que merezca la pena ser contado.
Mark Fisher, el crítico inglés que falleció hace unos años, tiene un libro que se llama Lo raro y lo espeluznante. Tu libro podría encajar ahí, entre esas dos definiciones o categorías.
Justamente era uno de mis referentes para pensar el libro. Lo siniestro es fundamental en Hasta aquí todo va bien. Lo que debería permanecer oculto y de repente sale a la luz. Eso que está en el sótano y que amenaza con salir. Esa tensión me encanta. Es verdad que lo descubrí quizá con Fisher en ese libro, pero desde siempre estoy dándole muchas vueltas a eso que puede desbaratar completamente la cotidianidad.

De algún modo el libro se basa en una pregunta existencial: ¿Hasta qué punto se tiene o no el control de una situación, y cuando eso puede ser bueno o malo? De algún modo, los personajes en distintas circunstancias van hacia ese tipo de momentos. De algún modo, también podría ser una de las preguntas más importantes a la hora de crear arte. El arte no puede ser pura voluntad, pero hay que sentarse a hacerlo.
Pues mira, para mí esa pregunta es la que me ha movido en todo lo que he hecho. Ese juego del control o no control. Sobre todo, el juego de ceder el control al otro, y qué es lo que pasa cuando se lo das. Es verdad que los personajes están todo el rato tomando el control, justamente por lo que te decía de la subversión de roles, las relaciones de poder entre hombres y mujeres, que me interesa mucho cómo un personaje femenino toma el control de una situación y cómo eso es percibido, pero luego también cómo lo cede con consentimiento, que también es algo que no suele ocurrir.
Hacia el final del libro el personaje principal decide poner todo en el plano del descontrol. Es una de las mejores escenas del libro. Haciendo un juego de palabras ahí aparece la misión más allá de la sumisión, ¿cuál crees que es la misión de Estela?
Creo que el personaje utiliza estos juegos de poder y control para controlar su propio descontrol. Todo el rato está haciendo cosas que serían percibidas como patológicas o extrañas en cualquier sociedad, pero que al exponerlas, utilizarlas y hacer arte con ellas, Estela puede tomar el control de algo que normalmente debería ser tapado, que resulta vergonzoso. Al final su objetivo último es provocar. Provocar todo el rato. Poniéndole cara a lo que normalmente no queremos reconocer. Creo que el arte debería tener la misión de cambiar cosas, no desde un punto de vista macro, pero sí que a través de todas las artes se pueda hablar de las cosas que es más difícil decir cara a cara. Y creo desde luego conversar sobre lo que incomoda ayuda a hacer avanzar el discurso.
Creo que el arte debería tener la misión de cambiar cosas.
De algún modo en la residencia artística donde Estela se encuentra, la gran mayoría de los personajes son personas altamente detestables. Podríamos decir que, de algún modo, el arte es un campo bastante maldito, ¿pedirle al arte que cambie la realidad no es una exigencia bastante compleja hacia ese estilo de personas que pueden muy poco?
No lo había pensado, es verdad que si los artistas tienen que cambiar las cosas estamos jodidos. Aunque, creo que es verdad que esa residencia artística especificamente fue terrible. No todos los artistas son terribles, es verdad que estos personajes existen y eran más o menos así. Obviamente les he quitado las partes de luz que tenían, pero creo que tiene que ver con ser personas que a los treinta años siente que tienen que tomar una decisión sobre el resto de su vida. Esa incomodidad de tener que hacerte mayor, tener una vida social, un trabajo y una familia. Al tomar el camino del arte todo eso es mucho más precario e inseguro. Entonces, en ese momento vital es cuando todo salta.
Creo que lo detestable de los personajes tiene más que ver con la edad que atraviesan que con el hecho de que sean artistas, pero es probable que el hecho de que sean artistas influya bastante. Es verdad que es un campo que recoge sensibilidades diferentes, pero también recoge intelectualidades muy potentes. Si dejamos de lado esa excentricidad que prima ahí, y escuchamos lo que los artistas tienen para decir, puede armarse un camino maravilloso.
Estela como personaje muestra las residencias artísticas como un dispositivo bastante hostil para el arte, ¿qué opinión te das de ellas?, ¿crees que son lugares en los cuales aparece la creatividad por el entorno?, ¿o son lugares para hacer relaciones y no tanto para hacer arte?
Depende del tipo de arte que hagas. Entiendo que una persona que se puede encerrar en un taller y trabajar ocho horas encontrará en una residencia artística un lugar ideal. Están hechas para eso. Para personas que trabajan con materiales. En el caso de Estela su material de trabajo son otras personas y si las otras personas que te encuentras dentro de la residencia artística están al límite pueden darse situaciones muy difíciles. A mí las residencias nunca me han funcionado porque necesito del azar y de las personas. Necesito que un otro colabore con lo que estoy haciendo. La presión de la producción nunca me ha funcionado. No quiero decir que las residencias no sean lugares buenos para la creación porque para mucha gente sí que lo son.
Tal vez los resultados no sean tangibles en el momento. La lectura de tu libro resuena también con la experiencia del libro de Sabrina Urruca, Escribir antes, donde ella está todo el tiempo dentro de una residencia dándose cuenta de que no puede escribir lo que cree que tiene que escribir.
Al final con las residencias lo que buscamos son espacios para poder trabajar. Todos tenemos que hacer otras cosas que no son dedicarnos a la creación. Los artistas soñamos con ese espacio donde el tiempo es absoluto para poder producir algo. Sin distracciones. Pero cuando estás ahí aparece la presión de que el tiempo es un tiempo por demás de limitado. Eso muchas veces bloquea. De las residencias salen derivaciones que también pueden ser muy interesantes. Para trabajar, yo necesito no saber sobre qué estoy trabajando. O sea, distraer la cabeza, anotar cualquier cosa en una libreta y que después se vuelva algo super valioso. El arte sucede también cuando te pasa algo en lo cotidiano. El otro día leía una entrevista donde un escritor contaba que al realizar tareas mundanas como ir al supermercado, tomarse un taxi, coger el metro, encontraba el oxígeno para poder seguir produciendo. Las residencias artísticas, de algún modo, al quitarte un poco eso y llevarte a un mundo ideal hacen que todo se torne demasiado abismal. Es como una castración salvaje. Quizás el aislamiento sea el problema. Pienso en una residencia en la que tengas una habitación en el medio de una ciudad súper bulliciosa y tengas que estar todo el día fuera, eso podría ser genial.

— Hay ciertas críticas de los de lectores de la novela que no han entendido la inclusión de los fragmentos de la gemela de Estela, ¿por qué los incluiste?
— Cuando pensé que el personaje de Estela esté alineado conmigo no pude obviar eso. Yo no puedo pensar en mi infancia sin pensar en plural. No tuve una separación de identidad hasta muy tarde. A los trece años empezamos a individualizarnos. Cuando empecé a escribir sobre mi infancia empecé en primera persona del plural y tuve que explicar por qué escribía “Nosotras” en vez de “Yo”. Ahí apareció el personaje de la gemela. Cuando escribes autoficción corres el peligro de que muchas cosas que pones solo funcionen para ti. Trabajando con mi editor me dijo que tenía que darle otra forma y fuerza a eso de la gemelidad. Y creo que metí un poco más. Estoy de acuerdo con esa crítica. Fue una pretensión narrativa, un error de novata, claro.
Yo no quería que el personaje tuviese una justificación psicológica para todo lo que hace, pero es verdad que el personaje de la hermana gemela y esa separación permite darle otro sentido. Hay ciertas personas que sí necesitan una excusa para todo lo que le ocurre al personaje de Estela. La gemela puede estar ahí. Estela está siempre intentado engancharse a otra identidad para recuperar el global que tenía con su hermana y provoca dolor en los demás como una forma de solaparte.
A pesar de los errores de novata, ya salió la tercera edición del libro, ¿qué recepción tuviste a posteriori?
La verdad es que estoy muy sorprendida porque está teniendo más recorrido del que esperaba. Para ser un primer libro de una autora desconocida, en un editorial independiente. Estoy muy contenta con cómo se está leyendo y con que haya una tercera edición que ya me parece milagroso. Yo, que trabajo con libros y sé cómo se vende, el ritmo está siendo bueno y esperaba recibir muchos más palos de los que recibí. Estaba preparada para que haya gente a la que no le guste. Hay gente que se ha enfadado y me parece muy positivo porque significa que está moviendo algo. Creo que lo peor que te puede pasar es la indiferencia.
Para trabajar, yo necesito no saber sobre qué estoy trabajando.
¿Cómo te relacionas con tu oficio de librera y el hecho de tener un libro publicado? ¿cómo se relacionan esas identidades que te constituyen?
Antes de librera soy lectora. Pero hace tiempo sé lo que se publica y sentí mucho respeto por lo que estaba haciendo. El espectro es tan amplio y estoy incorporando un libro más al catálogo del mundo que ya es exorbitado. En ese sentido pensé, madre mía, qué responsabilidad. Pero a la vez, pensé que en todo carecía de bastante importancia porque se publica tanto que habrá gente que se acerque y gente que no. Es un pensamiento que simplemente lo descarté a la hora de trabajar. A los libros hay que recomendarlos para poder venderlos. Pensar que hay compañeros y compañeras de otras librerías que están haciendo eso con el mío me parece mágico.
¿Ahora que estás escribiendo?
Estoy escribiendo sobre la gemelidad. Retomando lo que no resolví en este libro. Soy gemela y madre de gemelos e inevitablemente aquello que configuró mi identidad ocurrirá también con mis hijos. Hay cosas muy interesantes en esa especie de anomalía natural que me apetece mucho explorar.
¿Desde que te dedicás de lleno a la venta y circulación de libros con Bangarang, sentís que los libros son un lugar dentro del arte al que pertenecías y no lograbas encontrar?
Creo que de alguna forma sí. Es verdad que leer siempre me ha gustado, pero hasta que no abrí la librería no veía la escritura como una posibilidad. A raíz de la librería es que empecé a escribir y apuntarme a cursos de escritura, a conocer el proceso y de repente se ha convertido en una cosa accesible. Estoy disfrutando mucho del proceso de escribir pero no descarto de repente volver a lo que estaba haciendo antes.






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