La directora Geneviève Dulude-De Celles relata en su segundo largometraje, Nina Roza (Fleur bleue, 2026), una historia de exilio, auto-odio, añoranza y auténtica inspiración artística. La película está protagonizada por Mihail (Galin Stoev) un experto en arte de Montreal, nacido en Bulgaria, que tiene por misión autentificar la obra de una niña prodigio cuyas pinturas se han hecho virales en redes sociales, comercializadas en exclusiva por una marchante italiana.
Con muchas reticencias ante el encargo, Mihail, comisario de exposiciones y asesor de coleccionistas, regresa a Bulgaria, el país que abandonó en los noventa tras la muerte de su esposa. Como describe Dulude-De Celles en las secuencias previas a su partida, Mihail rechaza todo cuanto le recuerde a su país, simbolizado en la negativa a hablar o a enseñar búlgaro a su propio nieto. Sin embargo, el encuentro con Nina (interpretada por las gemelas Sofia y Ekaterina Stanina), de nueve años, le obligará a experimentar un cambio en su percepción. La niña es extraordinariamente madura, sus argumentos son ingenuos pero claros y llevan a Mihail a replantearse su rol en el mundo artístico, así como su actitud sobre su país y su pasado.

Los paralelismos de Nina con Roza (Michelle Tzontchev), su propia hija, hacen aflorar recuerdos largamente sepultados, que ahora enfrenta para saldar cuentas pendientes con su propio pasado, que han generado una fuente de conflicto entre padre e hija. Mihail se enfrenta a los fantasmas de su vida anterior, comprobando que no se puede pasar página sin hacer las paces con los recuerdos más dolorosos y la muerte de un ser querido. El rechazo visceral a todo lo que le retrotrae a una relación amor-odio con su propia cultura, lo que detestamos y hemos dejado atrás al instalarnos en un país más desarrollado, también es objeto de examen en Nina Roza.
Los diálogos entre Mihail y la pequeña Nina le dejan desarmado por su franqueza y espontaneidad. La tarea no fue solo la autenticación de la obra, sino de la propia experiencia y el sentido de su gestión. Más allá de la trama de intriga respecto a la autoría de las pinturas, que está narrada con naturalidad y pulso, subyace una aventura íntima, de exploración del sentido de las raíces, para encontrar su lugar en nuestra vida. A través de las conversaciones, en las que Nina se abre a un extraño que ella considera que puede comprenderla, más allá de los intereses de la madre y la marchante, será cuando Mihail reflexione sobre con qué derecho el éxito, el dinero, el futuro asegurado pueden compensar el riesgo disruptivo de la personalidad que implica el exilio.
El cuestionamiento del valor y el poder del arte también son abordados en Nina Roza, el placer, la utilidad y el mercantilismo que lo rodean. La negativa a pintar si eso va a implicar una vida económicamente segura, pero desplazada y desorientada, donde la pasión va a ser una condena, es una declaración de principios.
Geneviève Dulude-De Celles, que obtuvo el Oso de cristal hace siete años con su debut A Colony en la sección Generation Kplus, muestra de forma respetuosa y cinematográficamente hermosa la relación con el pasado y el presente, los flashbacks son simbólicos y tangibles, a lo que contribuye con talento la fotografía de Alexandre Nour Desjardins, especialmente en los paisajes búlgaros, que ilustran los silencios. La catarsis de Mihail es conmovedora y realista, tanto como la complejidad de sus personajes, que desafían el arquetipo. Nina Roza es una película sobresaliente que no necesita los subrayados ni el esnobismo formal para convencer y hacer disfrutar.






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