Que al final de Rosebush Pruning se anuncie que la película está inspirada por I pugni in tasca (Marco Bellocchio, 1965) simplemente añade sal a la herida. El retrato de familia de disfuncionalidad extrema que ha escrito Efthimis Filippou (Alps, Dogtooth) en su primer trabajo fuera del cine griego, es una caricatura de su propio estilo, donde lo que se pretende provocador y transgresor es realmente una gamberrada inconsistente.
El director brasileño Karim Aïnouz, que nos ofreció La vida invisible de Eurídice Gusmão (2019), no ha conseguido actualizar al siglo XXI una obra y un concepto que en su día revolucionó el panorama cinematográfico, consiguiendo además apasionar tanto a los espectadores como a la crítica. En la 76ª Berlinale, cuyo programa no está siendo el más brillante de su historia, haría falta mucho más que imágenes como la de un hijo masturbando a su padre, si no van acompañadas de la correspondiente carga de profundidad que un Bellocchio fue capaz de disparar sesenta años atrás.
La familia, si además es rica, es un blanco fácil y, además, combinar patriarcado, capitalismo, frivolidad, incesto, abuso sexual, parricidio, etc., en una misma película puede resultar, como en este caso, una constatación de perversidad sistemática o, en el mejor de los resultados, una reflexión cargada de sentido, justificable en su provocación visual, e incluso, necesaria en 1965 y en 2026.
Aïnouz y Filippou presentan una familia americana afincada en los alrededores de Barcelona, con un padre ciego (Tracy Letts), viudo de una bella señora devorada por los lobos, Pamela Anderson, (aquí la metáfora no es muy imaginativa), tres hijos inmaduros y malcriados: el epiléptico y manipulable Robert (Lukas Gage), el manipulador y factótum descerebrado Ed (Callum Turner) y el aparentemente menos bizarro de todos, Jack (Jamie Bell), cuya novia Martha (Elle Fanning) acaba de entrar en la familia. Para completar el retrato, Anna (Riley Keough), parásita y cocinera, con el rol más hogareño de todos. Al parecer, Josh O’Connor y Kristen Stewart, primera opción para Ed y Anna, se salvaron del desastre por problemas de agenda.
La mejor de las intenciones mueve a Ed a idear un plan para liberar a Jack de las cadenas familiares, y emprender él mismo una nueva vida lejos de la impresionante (en todos los sentidos) villa familiar. La trama de Rosebush Pruning, a partir de ahí, una vez plasmada la depravación familiar en diferentes escenas, que parecen un sonrojante catálogo fabricado, nos deja una sensación de redundancia inútil, estetizante, con un agradable envoltorio musical de Matthew Herbert (que incluye el «Paninaro» de The Pet Shop Boys, para un melodrama de perversidad caduca, fotografiado con la excelencia habitual de Hélène Louvart.






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