Cultura

2025 desde una crítica cultural

En Hermosos y malditas, Cultura miércoles, 07/01/2026

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Rabia, estupor y fragilidad son las tres palabras que, a mi juicio, resumen 2025 desde una perspectiva cultural: cada vez nos cuesta más lidiar, no con la mezquindad y la tontería, sino con la ostentosa crueldad de los demás.

Por empezar con la cuestión más urgente y espinosa, creo que se ha instalado un uso peligroso –por tibio, equidistante e inexacto– del término polarización, porque parece dar a entender que hay dos posiciones extremas igualmente indeseables obviando el hecho de que una se ha situado deliberadamente contra los derechos humanos, la igualdad de género, la protección de las minorías, el cuidado del medioambiente o el orden jurídico internacional.

Dicho a nivel micro: los amigos no dejamos de ser amigos  (o no deberíamos hacerlo) por tener distintas opiniones políticas, pero es difícil mantener la amistad con alguien que niega la violencia de género o apoya explícitamente un genocidio, una masacre terrorista o el maltrato a un inmigrante que considera ilegal.

El principio de caridad hermenéutico sostiene que al interpretar lo que alguien dice o escribe debemos atribuirle la versión más coherente, racional y razonable posible de sus argumentos antes de criticarlos. Fue formulado explícitamente por W.V.O. Quine y Donald Davidson y aplicado a conversaciones, opiniones políticas o textos controvertidos implica leerlos en su mejor luz, evitando malentendidos deliberados o falacias de hombres de paja, así que, a pesar de todo, mi lema para 2026 —en lo que tiene que ver con el pluralismo y el intercambio sereno de opiniones (un hito cultural)— es «Think Clean» como el bonito tema de Blood Essex.

Blood Essex

Sobre la rabia que resulta de una peculiar relación epocal entre división social, tecnología y cultura sigo sosteniendo que las redes sociales son encabronadoras por diseño. No solo porque, como advirtió hace ya años Geert Lovink, hayan sido concebidas para la tristeza —tras un rato largo dejan un poso de vacío, de tiempo malgastado y de derrota íntima—, sino porque propician estructuralmente la visceralidad y las dudas relativas al interés sincero por los demás. El tamaño del mensaje, su velocidad de circulación y habilidad para destacar un buen eslogan no son detalles técnicos sino condiciones cognitivas. Aquí Marshall McLuhan sigue siendo incómodamente actual: cuando el medio es el mensaje, el pensamiento se adapta al molde, y el molde hoy es breve, polarizador, inmediato e inflamable (encabronador, en lenguaje técnico).

La nostalgia parece haber entregado el testigo al porsiempreismo del que habla Grafton Tanner: reanimar algo en el presente y asegurar su supervivencia, y eso es lo que hacen los medios de comunicación más tradicionales cuando, con refritos, canciones muy quemadas y artistas trasnochados, abandonan la función de difusión cultural (en el sentido moderno del término): la próxima vez que RTVE anuncie una gira de Bruce Springsteen o una noticia de La oreja de Van Gogh le meteré a la pantalla una patada de Karate-Do.

Incomprensión, enfrentamiento y odio no son efectos colaterales sino externalidades funcionales de plataformas que hacen negocio con una intensidad emocional.

Las gentes socializan entre pesas y mancuernas, se interesan por lo suyo y optan por informarse a través de redes pegajosas. En ese acelerado ecosistema cultural, el matiz estorba, seguimos igual de desorientados, la X no se despeja, por decirlo así. Lo que prospera es la reacción primaria, el reflejo airado, la adhesión identitaria sin mediaciones. De ahí la proliferación en 2025 de malos escritores con disociaciones morales, poetas medio chalados, ensayistas provocadores sin un dedo de frente y letanías quejumbrosas elevadas a gesto moral. Las redes no solo amplifican el enfado: mantienen una suerte de cultura terapéutica a la vez que reactivan odios atávicos y simplificaciones que creíamos, quizá ingenuamente, superadas bajo una idea formativa de la cultura —la cultura como Bildung como siempre decimos aquí, no como tradición cerrada ni como herida identitaria.

Incomprensión, enfrentamiento y odio no son efectos colaterales sino externalidades funcionales de plataformas que hacen negocio con una intensidad emocional que es la otra cara de la hipersubjetividad, esto es, la prioridad de las opiniones y el escaso conocimiento personal del mundo por encima de los hechos y el saber especializado.

Eddington

En lo que toca a la cultura política, 2025 ha terminado de hacer aún más inteligible —y menos equívoca— la ubicación de lo woke en el eje izquierda/derecha tradicional. Ensayos tan vehementes como redundantes, entre ellos Deseo y destino (2023) de David Rieff, insisten en denunciar lo que el hijo de Susan Sontag denomina, con notable insistencia pero escasa precisión analítica, el complejo académico-cultural-filantrópico. El diagnóstico suena ya conocido, casi ritual, y aunque resulta divertido y el algún punto muy lúcido pierde fuerza para el lector en castellano tanto por sus excesos de alambique irónico, como por un desajuste cultural de fondo: lo que en Estados Unidos remite a campus hipermediatizados, fundaciones privadas y guerras simbólicas por la visibilidad, en Europa —y muy particularmente en nuestras universidades públicas— opera bajo lógicas históricas, institucionales y materiales muy distintas. Además, frente a Rieff a mí no me parece un exceso del lenguaje inclusivo sino una inteligente idea dejar de identificar estadounidense con americano porque en América, dear David, hay 34 países más.

Con todo, hay en ese diagnóstico una verdad incómoda que resiste el cruce atlántico y por eso lo reseño como un ensayo destacado del resumen anual: el esencialismo cultural victimizado —con su performatividad agotadora y su obsesión por la representación correcta— no solo no cuestiona el capitalismo realmente existente, sino que lo deja intacto y listo para mandar. Una verdad tan evidente como la desmesura —y la obscena eficacia simbólica— del cortijo de Donald Trump. Por cierto, ¿cúantos países invadirá?

También aprendí mucho con El arte de la memoria Un talento en peligro de extinción de Frances A. Yates en Capitán Swing, una referencia que no quiero obviar.

David Rieff

David Rieff. Foto: Kaloian Santos Cabrera / Creative Commons.

Muy relacionado con todo ello, otra constante político-cultural aún más cansina —a mi entender— es la pose de listeza de no pocos tertulianos y ensayistas patrios sobradísimos, de esos que acaban haciéndole el juego a la derecha filofascista mientras se contemplan a sí mismos como los últimos defensores de la razón. A esta pose se suma la salmodia algo tramposa sobre la sagradísima libertad de expresión, una intersección inquietante entre ciertos pensadores que se dicen a sí mismos liberales —cuando, en la práctica, no solo discrepan (que resulta lícito), sino que desprecian, insultan y a menudo descalifican en términos de ilegalidad al polo más alejado de su presunto pluralismo— y el ala más rancia del neofascismo iliberal.

En 2025 ha quedado meridianamente claro que no estamos ante una defensa neutral de la libertad, sino ante una estrategia de criminalización simbólica de la izquierda, presentada como exceso, antigualla o patología (o cínicamente, como el otro lado de la simetría de partidos como VOX). En mi opinión, en los tiempos nihilistas de los bulos, del escepticismo climático, del negacionismo de la violencia de género y de las fake news, el problema no parece ser que falte expresión, sino más bien que sobra: ruido elevado a principio, provocación confundida con coraje cívico, y cinismo disfrazado de valentía intelectual. La libertad de expresión, invocada como fetiche, funciona aquí menos como garantía democrática que como coartada para la irresponsabilidad pública. Defienden la libertad para despreciar la verdad, quizás por ello series destacadas de este año como Pluribus de Vince Gilligan ya pueden jugar con la posibilidad de ceder en nombre del conocimiento, la ciencia y la solidaridad un poco de individualidad.

En ese mismo ámbito, pero desde el costado de lo positivo, la victoria de Zohran Mamdani en Nueva York resulta celebrable por un doble motivo. De un lado, como símbolo de esperanza frente al happy authoritarianism que orbita alrededor de Donald Trump; de otro, como señal del debilitamiento del esencialismo cultural —esa idea empobrecedora según la cual la cultura vendría dada, casi de forma natural, por la religión, el origen o la pertenencia cerrada— y del fortalecimiento de un cosmopolitismo crítico. Un cosmopolitismo, conviene subrayarlo, no ingenuo ni amnésico, plenamente consciente de su utilización histórica como coartada moral del colonialismo y de su instrumentalización como lenguaje de dominación.

Precisamente por eso, un cosmopolitismo que reniega de esa herencia y se reapropia de la idea de humanidad común no como abstracción imperial, sino como horizonte normativo exigente. Un compromiso con la posibilidad —siempre frágil, siempre disputada— de que la humanidad progrese en común, no borrando diferencias, sino articulándolas políticamente bajo principios compartidos: igualdad, dignidad, derechos humanos efectivos y una democracia que sea algo más que procedimiento.

Demasiada identidad a mi juicio, demasiados cínicos, demasiados reprimidos, demasiados santos, demasiados listos, demasiados fachas, demasiada literatura sobre la fragilidad, y escasa atención al problema de fondo: el reparto de la riqueza, la polarización económica, el exceso de zonas mercantilizadas como la Universidad, la salud o la vivienda. Ante este último vacío, en 2025, la novela ha vuelto a ocuparse de la cuestión social (bueno, de la casa en particular): Casas de locos (Sajalín) de Colin Barnett o en Ama de casa (Lumen) de María Roig.

Escicha 2026

Entre la producción literaria de este año me divertí mucho con Caledonian Road de Andrew O´Hagan (Traficantes de sueños) pero pocas cosas me han impresionado tanto como Escicha (Talentura, 2025), el feroz debut de Luisa Máñez, una novela de brutalidad lírica transida de imágenes perturbadoras que uno asocia a los universos duros y precisos de las poéticas literarias y cinematográficas de Ferrer Lerín, Agustí Villaronga (Pa negre), César Vallejo o Sharon Olds. En estos tiempos sin mañana, Mañes nos sumerge en la fatalidad con una precisión antigua, una fisicidad a contracorriente y metáforas de mucho impacto: en su novela late la Moira como un destino áspero que fija los contornos de la desdicha heredada, una violencia ora sarnosa ora vengativa que respira, como un animal acorralado, en el interior de sus personajes: Graciana y de Severo.

Y lo curioso es que ese tono no está solo. 2025 parece haber convertido el atavismo —y su reverso emocional, la ira— en una estética transversal. No hablo solo del rage-bait digital, esa gimnasia emocional diseñada para enfadarnos y dejarnos plantados como un semáforo rojo, sino de la ira como tema cultural: Las iras, de Pilar Adón (Galaxia Gutenberg, 2025); La furia, de Gemma Blasco; Furia (HBO Max), de Félix Sabroso y Jau Fornés; e incluso el territorio de la psicología con Ira. Una emoción que hay que domar (y cabalgar), de Roberta Milanese (Herder, 2025).

Otras novelas preferidas de este año tienen que ver con el silencio y los vínculos con el mundo. Quizás porque la protagonista sufre una repentina lesión en el oído como yo, me gustaron hasta los excesos culties de La prueba de audición de Eliza Barry Callahan y también disfruté por momentos de la belleza del mundo con Orbital de Samantha Harvey, ambas en Anagrama.

No tengo competencia para la poesía —me sucede con ella como con el flamenco o con el blues que se sitúan en una frecuencia tan elevada que mi oído no detecta—, pero recuerdo que me emocioné dos veces este año: con el poemario de Sofía Crespo Aunque me extinga (Candaya) y con Un coche violento a punto de tener un terrible accidente de Heme Brazo en Contrabando. Tan sinceros me parecieron los dos.

He leído mucho ensayo, la verdad, me gustó La fiesta del fin del mundo, el premio Anagrama, y creo que fue un acierto el tema escogido por Natalia Castro Picón: una visión inteligente y sencilla del capitalismo cultural.  Creo que leí casi demasiado de la editorial argentina Caja Negra: me quedo con la Atención trastornada de Claire Bishop (elección quizás muy subjetiva porque uno de mis campos de interés es el despiste) y Medios calientes de la artista Hito Steyerl.

En lo que toca a un medio frío, creo que fue al filósofo José Luis Villacañas a quien este mismo año escuché decir en la Biblioteca Municipal de Denia Juan Chabás que quizás Dios creó al hombre para poder ver cine. Recuerdo que inmediatamente pensé que Tarkovski habría intuido algo así, pero que Bi Gan es quien lo asume de verdad, como si filmara para demostrar que todavía queda una forma terrenal de trascendencia.

Resurrection (2025) fue mi película preferida de un año en el que el cine volvió a destacar como una de las formas más vitales de expresión cultural. A la espera de ver lo último film Jarmush o El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) que prometen expandir el mapa de las mejores películas del año que murió David Lynch, en mi lista de diez mejores —léase: mis favoritas entre las mejores— aparecen más o menos en este orden las siguientes:

Bugonia (Yorgos Lanthimos) —una fábula entomológica y cruel donde la comedia negra deviene alegoría ecologista, como en Ultimátum a la Tierra, de Robert Wise (1951)—; Alpha (Julia Ducournau) —tierna en su violencia e intempestivamente orientada al cuidado—; Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) —una lección de ritmo y dirección de actores—; The End (Joshua Oppenheimer) —un musical político a la vez íntimo y apocalíptico, en coherencia con el universo moral que ya apuntaba The Act of Killing (2012)—; Father, Mother, Sister, Brother de Jim Jarmush; por mi querencia al terror incluyo Monkey (Osgood Perkins) —un terror ochentero, francamente divertido—; Un simple accidente (Jafar Panahi) —una miniatura humanista sostenida por la contención emocional—; Sirat (Oliver Laxe) —un nuevo clásico de ascetismo lumínico—; y Eddington (Ari Aster), quizá el mejor ejemplo de que la cultura de 2025 ha tomado la ira no solo como síntoma, sino también como lenguaje.

Otro asomo de cine adulto hecho en Estados Unidos fue After the Hunt, del italiano Luca Guadagnino, ¿una señal del declive de lo woke? y creo que esa misma madurez de la inteligencia impregna algunas de las actuaciones destacadas, Renate Reinsve crece en cada película incluso ante la actuación portentosa de Inga Ibsdotter-Lilleaas en el Sentimental Value de Joachim Trier y su coguionista Eskil Vogt; Elle Fanning brilló por partida doble (A Complete Unknown y Valor sentimental) aunque en mi opinión Emma Stone sigue siendo la actriz norteamericana más alucinante del momento. No me gustó Ethan Hawke en Blue Moon y creo que mereció más reconocimiento del que tuvo Timothée Chalamet en A Complete Unknown. Este año me gustaron mucho Jesse Plemons o Vahid Mobbasseri (en Bugonia y Un simple accidente, respectivamente), pero si tuviera que dar un premio lo entregaría a uno de los actores capaces de despertar con sus personajes verdadera compasión: Tahar Rahim (Alpha, otra vez).

bugonia

Emma Stone en Bugonia. © Atsushi Nishijima/Focus Features © 2025 All Rights Reserved.

Hoy me he asomado al río —escribo desde una terraza cordobesa charlando pacíficamente con un judío, una musulmana y un ateo mientras escucho Los perros no entienden internet (… y yo no entiendo de sentimientos) de Depresión sonora uno de mis discos nacionales del año, una debilidad de mis años pop; he recordado aquel «Hola, hola, Corte Inglés» que escuché en la orilla del Nilo, un saludo revelador con el que algunos jóvenes egipcios intentaban captar la atención de los turistas españoles para venderles alfombras. Aquello tenía algo tierno, poco rabioso, poco 2025: un puente semiótico improvisado, una apropiación delicada del imaginario —el Corte Inglés como símbolo de prosperidad, de consumo, de un mundo al que accedían solo por el reflejo del visitante— y, al mismo tiempo, un microdiseño de marketing nacido de la necesidad más elemental justo al otro lado de la hipersegmentación hermeneútica de Rosalía and co. (aquellos artistas como mucho morro que han conseguido el sueño de todo gurú de la mercadotecnia: segmentar no los productos para llegar a distintos públicos, sino las interpretaciones a través de productos vacuos que pueden significar cualquier cosa).

En mi escena egipcia caben también muchas cosas: la asimetría global, la creatividad sin herramientas, la voluntad de sobrevivir. Pienso en ello al acabar de revisar el año cultural, porque a lo mejor la polarización política, la crispación y la ira que impregnan tantas obras de 2025 no sean sino fenómenos predicables únicamente de una parte del mundo: aquella que se dirige al hartazgo, a la saturación afectiva, a esa exasperación propia de quienes lo tienen casi todo salvo un sentido.

Quizás pensar en ellos, aumentar la solidaridad con la generación Z de medio mundo pobre, en lugar de ensimismarse en la ira, no sería un mal deseo para 2026 como proyecto cultural.

Hermosos: gestos de protesta de la Generación Z.

Malditas: chorradas pretenciosas.

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