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Magical Girl

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De abanderado del cine low cost a su consagración definitiva en el Festival de Donosti al conseguir la Concha de Oro a la mejor película y la de Plata al mejor director. En solo dos pasos. La trayectoria de Carlos Vermut ha sido fulminante y apoteósica y ha demostrado que ese germen de estilo que

De abanderado del cine low cost a su consagración definitiva en el Festival de Donosti al conseguir la Concha de Oro a la mejor película y la de Plata al mejor director. En solo dos pasos. La trayectoria de Carlos Vermut ha sido fulminante y apoteósica y ha demostrado que ese germen de estilo que presidía Diamond Flash no era ni mucho menos fruto del capricho ni de la casualidad coyuntural, sino que correspondía a los primeros pasos de un universo que estaba en pleno proceso de creación, a punto de expandirse y explotar. Algunos, entre los que me incluyo, no supimos verlo, cegados por los prejuicios del amateurismo y la sensación de que todo estaba a medio camino, con muchas carencias y necesidad de pulir. Afortunadamente hubo mucha más gente que sí supo ver las virtudes que latían en esa película que sin duda escondía en su interior numerosos tesoros que ahora, en Magical Girl, consiguen por fin ver la luz y realzarse gracias a una visión cinematográfica mucho más adulta y consistente.

Tiene Carlos Vermut la capacidad para introducirnos en los caminos más oscuros e insondables del alma humana. Y lo hace partiendo de la realidad más cotidiana para  llevarla casi al límite de sus consecuencias y a partir de ese momento dejar paso a la noción de horror y extrañeza. Los tres personajes que protagonizan la película se encuentran de alguna forma ahogados en sus diferentes entornos particulares, en sus miserias más íntimas.

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El dolor, la impotencia y la obsesión son algunos de los instintos más primarios que mueven a estos seres que se convierten al mismo tiempo en ángeles y verdugos, en entidades monstruosas que están abocadas a terminar enseñándonos su verdadera piel. Y en medio de todo eso, el deseo inocente de una niña enferma cuya última voluntad es vestirse con un traje de “Magical Girl”. Esa pureza e ingenuidad terminarán subvirtiéndose hasta el punto de convertirse en el germen de toda una red de extorsiones que despertará el lado más siniestro de los personajes adultos que la rodean. Cada uno con sus propias motivaciones, con sus propios trayectos pasados y presentes que los conducirán a una serie de callejones sin salida. Todos tendrán que cruzar una puerta, una frontera de no retorno que les hará enfrentarse a su verdadera naturaleza, esa de la que no podrán escapar.

Más allá de esas puertas, no veremos lo que ocurre. Porque en Magical Girl es tan importante lo que se muestra en la pantalla como lo que se oculta. El director trabaja el fuera de campo y la elipsis narrativa con verdadero virtuosismo, convirtiéndose este en uno de sus rasgos de estilo fundamentales. Hay secretos y enigmas que nunca sabremos, misterios que quedarán siempre en el aire y que consiguen generar un ambiente todavía más perturbador. Late en el seno de la película el estado mental mórbido y enfermizo, la perversión moral, el patetismo y el espanto frente a los pliegues más tenebrosos y escurridizos del comportamiento humano y de sus torturas más inconfesables. Y dentro de ese infierno, el espectador se mueve incómodo pero al mismo tiempo fascinado, atrapado en esa telaraña de impulsos descontrolados y atávicos que es incapaz de dejar de mirar.

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En esa zona que va de lo perturbador a lo hipnótico se mueve con absoluta firmeza Vermut, y lo hace además de la manera más elegante, jugando a las reglas del neo-noir al mismo tiempo que propone una formulación única y absolutamente personal dentro del género que lo sitúan en un apartado muy diferente de reescritura y reelaboración de los patrones narrativos estándares. Quizás el magma de influencias que bulle en su cabeza tenga mucho que ver. El cómic, el thriller surcoreano de última generación, la escritura de Edogawa Rampo y el aliento del cine castizo. Todos esos elementos se conjugan en un material compacto tan insólito y desconcertante como profundamente adictivo y lleno de fuerza telúrica. Y también hay honestidad en su mirada, porque si algo demuestra Carlos Vermut en Magical Girl es que tiene las ideas muy claras y es capaz de plasmarlas con una nitidez asombrosa, sin engañar a nadie ni introducirse en las falsas imposturas. Su cine tiene raza, personalidad a borbotones. Incluso Almodóvar, el creador español contemporáneo que más ha sabido explotar la originalidad de su cine, se ha rendido a sus pies. Nosotros también.

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