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LCD Soundsystem están de vuelta a lo grande (y para quedarse)

  • En Música
  • 6 septiembre, 2017
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LCD Soundsystem están de vuelta a lo grande (y para quedarse)

Para cualquier crítico, es fácil empatizar con James Murphy: representa el triunfo del conocimiento sobre el oportunismo, del talento sobre la imagen. Un tipo de cuarenta y pico años (y más de treinta cuando debutó) de aspecto mundano, barba de varios días y figura no precisamente atlética. Elocuente solo cuando es realmente necesario, en la

Para cualquier crítico, es fácil empatizar con James Murphy: representa el triunfo del conocimiento sobre el oportunismo, del talento sobre la imagen. Un tipo de cuarenta y pico años (y más de treinta cuando debutó) de aspecto mundano, barba de varios días y figura no precisamente atlética. Elocuente solo cuando es realmente necesario, en la parte alta de un escenario, ante miles de personas.

Disquero –en el doble sentido, de melómano y de emprendedor– hasta el tuétano, y tan inteligente como para hacer que lo viejo nos suene nuevo y hasta fascinante, delimitando los márgenes del rock de la presente centuria sin tener que patentar un nuevo estilo. Como no podía ser de otro modo en esta era de reciclaje, porque no son tanto los nutrientes empleados como la forma de combinarlos. Y en eso, él sigue siendo el jefe. El más inteligente. El tipo en el que –¿ya lo hemos dicho?– cualquier crítico musical desearía reencarnarse.

A sus LCD Soundsystem hasta se les perdona esa recurrente treta del donde dije digo, digo Diego. Nadie se rasga las vestiduras porque se vieran en el brete de desdecirse tras aquella disolución de 2011, que entonces encaraban como definitiva, con una despedida por todo lo alto en el Madison Square Garden.

Sus discos se antojan todavía tan necesarios que afearles cualquier maniobra con el pie cambiado sería de lo más cicatero. Su cuarto álbum, American Dream (DFA/Columbia, 2017), recién mostrado al mundo, también lo es. Necesario, queremos decir. Muestra a un proyecto reconocible al cien por cien, pero que no se estanca. Que trata de afianzar una fórmula no a base de repetir su alquimia punto por punto, sino tratando de modular sus componentes en una nueva vuelta de tuerca, asumiendo en público que la vida no se afronta igual a los cuarenta y siete años que a los treinta y cuatro. Por algo es también su trabajo más crepuscular, más introspectivo, más consciente del rubicón vital que supone atravesar la mediana edad.

La camioneta de helados de LCD Soundsystem a su paso por el Lollapalooza de Chicago.

Que lo presentaran hace unas semanas en el festival Lollapalooza a su paso por Chicago, mediante un camión de helados (que repartía jingles de su contenido), no deja de ser otra de esas nuevas argucias que están convirtiendo a las grandes citas musicales en parques temáticos adictos al happening improvisado, en una imprevisible carrera hacia ninguna parte.

El contenido de American Dream, que es lo que realmente importa, es menos explosivo que en entregas precedentes. Sus cortes demandan una digestión más lenta. Su panteón de luminarias sonoras sigue ahí, luciendo con el fulgor habitual: la polirritmia de Talking Heads o Liquid Liquid, el traqueteo maquinal de Kraftwerk o los mejores Telex, la oscura densidad de los primeros New Order o Joy Division. Manojo de influjos cuyo rastreo, a gusto del consumidor, nunca empaña el disfrute de sus canciones. Y por encima de todos, la bendición suprema del propio David Bowie, quien animó a Murphy a continuar su travesía sin reparar en la incomodidad inherente al regreso, seguramente porque nadie mejor que él supo lo que era vivir varias vidas en una sola existencia.

LCD Soundsystem, ahora sí, están de vuelta. A lo grande. Y para quedarse.

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