Crítica de Juegos sucios, por Rubén Higueras
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Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

Corrosiva mirada a la crisis (económica y moral) contemporánea que cosechó rendidas alabanzas en numerosos festivales, Juegos sucios llega hoy a nuestras pantallas. Toda película es hija de su tiempo: cada texto fílmico deviene una suerte de muestrario de las costumbres, los ritos y las creencias sociales de la época en que se produjo, por

Corrosiva mirada a la crisis (económica y moral) contemporánea que cosechó rendidas alabanzas en numerosos festivales, Juegos sucios llega hoy a nuestras pantallas.

Toda película es hija de su tiempo: cada texto fílmico deviene una suerte de muestrario de las costumbres, los ritos y las creencias sociales de la época en que se produjo, por lo que podría interpretarse como testimonio histórico del contexto social en el que se gestó. La sorprendente ópera prima de E.L. Katz se erige en reflejo grotesco de una sociedad enferma de muerte en la que los ideales y valores éticos se supeditan a la dimensión económica y el ser humano no sólo se insensibiliza ante el sufrimiento ajeno, sino que lo transforma en lúdico espectáculo y fuente de placer escópico.

Salvando las distancias, Juegos sucios prolonga y, en cierto modo, actualiza el planteamiento de Pasolini cuando trasladó un célebre texto sadiano a la República Social Italiana en Saló, o los 120 días de Sodoma (1975): ambos filmes se sirven de parábolas para evidenciar el abuso (la explotación y la degradación) que las clases altas ejercen sobre las populares, a las que el contexto económico contemporáneo emplaza en una posición desesperada (nótese que dos de los espacios en los que se desarrolla la trama son lugares de explotación: un club de striptease y la casa que acogerá el siniestro divertimento del inusual matrimonio).

Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

La estrategia del portentoso guion, escrito a cuatro manos por Trent Haaga –guionista asimismo de otra capital película reciente (e inédita por nuestros lares): Deadgirl (2008)– y David Chirchirillo, consiste en jugar con el rol espectatorial con la misma perspicacia (y perfidia) con que el matrimonio de la ficción enreda a los dos desdichados amigos que han ido a caer en sus manos a lo largo de esta especie de perversa obra de cámara que parece escrita por un cáustico Harold Pinter influido por Quentin Tarantino.

El dúo de guionistas invita al espectador a disfrutar con las pruebas que enfrentan a la pareja de antiguos camaradas con tal de lograr la correspondiente gratificación económica que espera a quien las supere con mayor celeridad (la división de la clase obrera por un fin común) para, en los últimos minutos del metraje, obligarle a tomar plena consciencia de la crueldad, la humillación y la violación de los derechos más básicos que conllevaban. Un juego perverso en el que se demuelen los pilares éticos de los personajes, sobre los que se asientan valores como la amistad, la solidaridad y la fidelidad matrimonial.

Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

Juegos sucios (Cheap Thrills, 2013)

El emblemático plano que cierra el filme expone, en su genial síntesis patética, la derrota anímica y moral de una clase social a la que se ha obligado a dilapidar sus principios a cambio de unas pocas migajas que garanticen su subsistencia. Una película imprescindible para entender el estado de la cuestión (político, social, económico y moral) actual.

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