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Paseos al límite #13: Se llaman ciudad y ni siquiera son barrio

La Ciudad de las Artes y las Ciencias se mira con otra perspectiva desde la vecina Fonteta de Sant Lluís y la Carrera de la Font d’En Corts, amplio pedazo de huerta habitada en el que todavía es posible aislarse del mundanal ruido, tan infravalorado como sobrevalorado está  el megalómano proyecto del viejo cauce. La

La Ciudad de las Artes y las Ciencias se mira con otra perspectiva desde la vecina Fonteta de Sant Lluís y la Carrera de la Font d’En Corts, amplio pedazo de huerta habitada en el que todavía es posible aislarse del mundanal ruido, tan infravalorado como sobrevalorado está  el megalómano proyecto del viejo cauce.

La mayoría de la gente conoce el pabellón deportivo Font de Sant Lluís, porque allí juega el equipo de baloncesto de la ciudad. O la estación Fuente de San Luis por haber pasado por allí en tren aunque nunca se haya bajado en ella.

Pero la Fonteta de Sant Lluís es, sobre todo, un pequeño barrio pegado a la huerta sur y a la avenida Ausiàs March, la salida de Valencia a Alicante –sí, junto a la rotonda de esos anzuelos gigantescos- que vale la pena pasear sin prisa para darse cuenta de que a dos pasos de la Ciudad de las Artes y las Ciencias hay pedazos de una Valencia auténtica, singular y verde apenas valorada, mientras se sobrevalora un sueño megalómano al que se llama ciudad cuando ni siquiera es barrio.

Al fondo, la torre de la Iglesia de San Luís Beltrán vista desde la Ciudad de las Artes. Foto: Juanjo Hernández

Al fondo, la torre de la Iglesia de San Luís Beltrán vista desde la Ciudad de las Artes. Foto: Juanjo Hernández

No hay tanta diferencia entre las viejas casas de vecindario que hay al entrar en la Fonteta por la calle Grabador Jordan –que arranca en un conocido club de swingers– y las de El Cabanyal, aunque éste fuera barrio de pescadores y aquél más de agricultores. Lo que marca diferencias es la distribución del callejero. Los pequeños barrios de esta parte han crecido en torno a un camino y no en retícula como el maltratado barrio portuario.

El recorrido se hace muy breve si se quiere patear huerta, huerta habitada, más viva de lo que parece a primera vista, pero genuina, silenciosa, amiga de los pájaros que escriben la banda sonora de un relato paisajístico con denominación de origen. Girando a partir de la plaza Escultor Pastor, uno se da de bruces enseguida con la muy castiza iglesia de San Luis Beltrán, patrón del entorno, presidente de una agradable plazoleta con fuente que, con todo, apenas retiene un instante al caminante que ve ante sí una prometedora vía verde por la calle Mossen Palanca.

Llegados a este punto llama la atención que lo que parece carretera se llame calle y lo que parece laberinto entre ribazos y casas de campo se llame carretera Zorrilla, pero así es la huerta y seguramente eso habla de su historia y de cómo se fue instalando en ella el vecindario en los últimos siglos. Es un paseo tranquilo, en el que  apenas se cruzan vehículos ni personas, y en el que no deja de sorprender que alguien te pida limosna en medio del campo, para seguir ágil su camino hacia el siguiente vecindario surgido en torno a la Carrera de la Font d’En Corts, custodiada por casas alineadas como en batería, siguiendo los trazados de las parcelas de huerta.

Grafiti en una casa de la Carretera Rochs. Foto: Juanjo Hernández

Grafiti en una casa de la Carretera Rochs. Foto: Juanjo Hernández

Si alguien tiene la tentación de cambiar de rumbo, puede seguir la Carrera, cruzar el nuevo cauce del Turia, atravesar Castellar L’Oliveral y llegar a la Albufera siguiendo la estela del Barranco del Pollo que desagua en ella. No es nuestro caso, que seguimos la misma dirección Oeste-Este, ahora por la carretera de Rochs, siempre teniendo como referencia los edificios de Calatrava y las nuevas torres urbanas de Quatre Carreres, que se notan vigilantes pero no amenazantes desde este itinerario relajante, en el que solo alarman los trozos de huerta abandonados, algunos de ellos públicos, mismamente de la Diputación según reza un letrero abandonado.

Hasta llegar a La Punta, no hay lugar donde tomar un café o un refresco. Allí, rehidratados lo mejor es girar por la rotonda a la izquierda para seguir la ruta de huerta como Dios dé a entender a cada cual, ahora ya con la carretera del Saler, las artes y las ciencias a la derecha, para  volver al punto de partida. Por el camino, reclama un vistazo el restaurante Alquería del Pou y su entorno, otros caseríos y alguna barraca que confirman la práctica del riego vigente y la vitalidad de este pedazo de Huerta que es más ciudad genuina que las recién inventadas ciudades de al lado.

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