Valientes a la fuerza - el Hype
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Valientes a la fuerza

Valientes a la fuerza

Somos valientes a la fuerza. Ningún derecho se consigue con cobardía y sin esfuerzo en una sociedad desigual, porque la clase dominante no puede oprimir si no procura en el dominado la disposición para serlo y eso es Historia, antigua y contemporánea. La esclavitud, la opresión, el racismo, el sexismo y una infinitud de discriminaciones

Somos valientes a la fuerza. Ningún derecho se consigue con cobardía y sin esfuerzo en una sociedad desigual, porque la clase dominante no puede oprimir si no procura en el dominado la disposición para serlo y eso es Historia, antigua y contemporánea. La esclavitud, la opresión, el racismo, el sexismo y una infinitud de discriminaciones acabadas en fobia, son expresiones de la conducta humana que solo se entienden en una sociedad de clases, en esa tarta que tiene tantos pisos como estamentos, oprimiéndose proporcionalmente, pero con la misma inspiración a la hora de someter.

Si las personas se cosifican y son utilizadas como peones en la estrategia de poder universal –aunque con diferentes características territoriales o culturales a lo ancho del mundo, según la permisividad de cada sociedad– negándoles la humanidad y por tanto los derechos humanos y civiles que merecen, todo estará bien. Cada cual cumplirá su papel y producirá-consumirá lo que está previsto en la milenaria agenda de quienes deciden quién vive –y cómo– y quién muere.

El aparato ideológico que da soporte inmaterial a los intereses de los dominantes puede ser civil o religioso, intelectual o espiritual y su eficacia está inversamente relacionada con el acceso a la cultura, desde la alfabetización hasta la capacitación para expresar pensamientos complejos y estructurados por parte de los peones. El inmemorial trabajo de zapa ha conseguido acantonar el temor, la duda y la sumisión en lo más recóndito de las mentes domesticadas –hasta lo subconsciente–, convirtiendo la rebeldía en una tarea individual de revelación y conciencia.

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La subversión del status quo no es percibida por los poderosos como la transformación de dominado en igual, sino como  amenaza viva para el sistema jerárquico cuya eficiencia ha quedado demostrada a lo largo de los milenios. El sistema no está programado para la movilidad social e inclusión de los peones pasivos y manipulables sino para la perpetuación de la opresión, necesaria para su correcto funcionamiento. El enemigo es el débil que se rebela, el paria que reclama, al que se debe distraer con señuelos y sedar con vanidades de saldo: drogas, alcohol, telerrealidad manipuladora, exaltación de las tendencias genéticas que quieren hacer creer que es  honorable preservar y no traicionar, para no dejar de ser como hemos sido ancestralmente –tan práctico para el poder.

En la discriminación del poder hacia las mujeres, las técnicas propagandísticas se adaptan a los tiempos y resisten los análisis superficiales, las labores y la repostería en tardes de solo chicas se hacen pasar por modernidad para las que no son tan antiguas como para recordar un simbolismo que aun no han perdido. La que se dice ni feminista ni machista, que cree que todo está ganado porque conoce a tres hombres de su círculo social que cocinan y cuidan a sus niños, sin preguntarse si hay brecha salarial dentro de las parejas, y no duda en anclar un candado en un monumento cultural, para ventilar su aherrojamiento sentimental, es un triunfo de la mercadotecnia cuqui, mucho más fina y segura que la zafia cosificación de las azafatas de Fórmula 1.

Apelo a la conciencia de los pequeños gestos, de los micromachismos, al agradecimiento a los logros que nos deben hacer sentir eslabones de una cadena que comenzó hace siglos y no extraterrestres ignorantes de que las cosas no siempre fueron así, para que esa conquista crezca y evolucione. La negación de los derechos de las personas sometidas no debe tolerarse nunca, no se debería focalizar en un antagonismo de género ni raza, sino en una rivalidad de poder –que desde siempre ha estado manos de hombres, ricos y pobres, encaramados a la tarta, tan arriba como han podido, pero sin renunciar a los privilegios que su parcela de mando, incluso la más exigua y paria, les ha permitido.

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Nuestra reivindicación no merece menos que la de otros, los derechos son de la humanidad, de las personas que hay en nosotras, que somos la mitad del mundo. Ignorantes o tituladas, en exclusión social o económicamente independientes, no nos distraigamos con las cortinas de humo y no toleremos que la discusión se frivolice hasta ser desacreditada e infravalorada ante otras cuestiones políticas que intencionadamente se presentan como realmente importantes.

Soy pacifista, ninguna madre desea la guerra y no soy ni espartana ni amazona. Las metáforas bélicas y la violencia me repelen y me dificultan identificarme con el lenguaje reivindicativo de los derechos de las mujeres, tal como lo utilizan las campañas institucionales y la publicidad, no quiero ser guerrera ni valiente, luchadora, talentosa, emprendedora, supermujer o supermadre, corajuda, ni ejemplo de nada para proteger y ganar derechos. Reivindico el de poder ser normal para tener los mismos que los hombres normales, no quiero ser extraordinaria para reproducir engañosamente esa desigualdad contra la que nos rebelamos, ni que me hagan creer que para ser igual a un hombre ante la ley o ver protegido el derecho a disponer de mi propio cuerpo deba exhibir superpoderes.

Mientras tanto, seguiré por todos los medios a mi alcance alzando la voz, reclamando, reivindicando y concienciando sin descanso, con compromiso, para ganar el derecho a no ser alienada por ser una mujer normal.

Eva Peydró
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