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Cartas a Bunbury

Todos los recuerdos son surcos

Todos los recuerdos son surcos

Joder, Enrique, mira atentamente esta foto y dime dónde cojones está la bohemia de escribir y trabajar desde una vieja habitación de un viejo hotel de un barrio nuevo (es un decir, lo de “nuevo”, en términos históricos), en la ciudad, quizá, más vieja del mundo. Quién sabría dirimir si Nueva Delhi nació con la

Joder, Enrique, mira atentamente esta foto y dime dónde cojones está la bohemia de escribir y trabajar desde una vieja habitación de un viejo hotel de un barrio nuevo (es un decir, lo de “nuevo”, en términos históricos), en la ciudad, quizá, más vieja del mundo.

Quién sabría dirimir si Nueva Delhi nació con la vocación de construirse o de destruirse. Si me preguntas, yo te diría que ni hay bohemia como tampoco hay una mano de pintura o de jabón y lejía desde, por lo menos, los tiempos de la Partición. Y, sin embargo, lo de escribir desde “una vieja habitación de un viejo hotel” suena, como poco, de lo más literario. Resulta curioso. Seguro que Wong Kar-wai le sacaba petróleo, que decía un amigo. Pero ni tú ni yo somos Wong Kar-wai, qué le vamos a hacer, ni mi colega está aquí para decir tal cosa.

Lo más cerca que sentí a aquel personaje de 2046 fue cuando cubrí la visita de Obama en Bombay, en el caluroso otoño de 2010, y bajaba a cenar unos ricos noodles, casi de madrugada, a un restaurante que había cerca del hotel en Colaba, después de haber enviado mi crónica -9.000 caracteres, uno detrás de otro-, al periódico, justo casi para el cierre.

En aquellos anocheceres yo le daba a la tecla contrarreloj mientras un ventilador renqueante trataba de airearnos a duras penas a mi y a una hermosa pelirroja que leía tumbada en la cama, a mis espaldas. En silencio, ese silencio amable y respetuoso, empático, que saben regalar algunas mujeres. Obama nos había jodido apenas unos meses atrás una visita al castillo de Praga, en la República Checa, al cerrarlo al público por su presencia –aunque esto es otro cantar y daría para otro post-, y allí estaba ella, callada, sin decir nada, de nuevo sonriente y despreocupada, mientras yo trataba de resumir, a la velocidad del rayo, lo más destacado del día de la visita de aquel negrata a Bombay. A punto estuvimos de escribirle una carta de reclamaciones, jodido(s) dueño(s) del mundo. A pasear por un slam lo(s) ponía.

En fin, de todo aquello sólo quedan las risas y las palabras, en voz en off, de otro personaje que, a su vez, imaginó el protagonista principal de aquella película: Todo el que va a 2046 tiene la misma intención, capturar recuerdos perdidos. Porque en 2046 nada cambia nunca. Pero nadie sabe si esto es verdad o no, porque nadie ha regresado jamás.

¿Serías tú capaz de dibujar el camino de vuelta? A veces pienso que yo tampoco.

Feriantes somos, Enrique. Titiriteros. Mercaderes de la palabra musicada o fotografiada. Al peso y sin bohemia; errantes, tal vez huyendo. Te sorprendería saber que te escribo todo esto desde otra habitación de hotel, quizá menos vieja y más limpia que la de la foto, de otro de los barrios “nuevos” de otra de las ciudades más viejas del mundo: el de Thamel en Katmandú, Nepal, ese país en el que las montañas se tragan a los hombres buenos.

Quería contarte muchas cosas de aquí después de cinco años sin venir, porque al final todas las ciudades se terminan pareciendo, sobre todo sus buscavidas. Pero se me volvió a hacer tarde, amigo. Vine a trabajar y la calle me espera. En defensa propia te diré que la culpa de este pequeño retraso la tuvo el periódico (últimamente la culpa de todas las cosas –mis cosas- domésticas parecen recaer en mi gremio, y si no es así me gusta pensar que así es). Leí de la muerte de Tito Vilanova, entrenador del Barça, al despertarme, y aunque ni me gusta el fútbol ni le conocía lo más mínimo personalmente, me ha dado muchísima pena y también por leerme todo tipo de editoriales acerca de su deceso.

Tal vez por el morbo y por echar un poco más de leña, de paso, al fuego corrompido en el que se ha convertido mi gremio, que todo lo quema, hasta los recuerdos. O tal vez porque ha muerto el mismo día en el que se cumplían cuatro meses exactos de la muerte, por la misma dolencia, de uno de mis mejores amigos, ese que decía lo de “le sacaba petróleo”, y he sentido una punzada en el pecho. Aunque quizá fue una montaña quien se tragó a mi amigo, como ocurre en estas tierras. Dicen que para palabrear con contenido primero hay que sufrir y yo te juro, Enrique, que renunciaba ya mismo a todo cartón porque la montaña escupiese de nuevo a mi colega. Así que te hablaré de Katmandú y sus buscavidas en mi próxima correspondencia epistolar. Hoy, si me permites, quiero dedicarle este post a mi otro camarada, Òscar, el mayor fan de este delirio que hoy ves frente a la pantalla. Disculpa, pues que te robe el protagonismo:

Sempre al meu cor, nenico. Suposo que ens veurem a 2046 i tornarem a mirar les estrelles amb els peus penjant a la vora del mar, mastegant arrels de jonc, com xiquets, mentre ens omplin el cap d’ocellets pensant en com navegar-les. No hi haurà foc que cremi el teu record.

Todos los recuerdos son surcos de lágrimas.

Siempre tuyo, Rafa

Rafa Gassó
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