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Vidas salvajes

Todos los hombres de Belushi

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John Belushi murió a la edad de Jesucristo con muchas incógnitas por resolver. Algunas fueron escudriñadas por uno de los periodistas del célebre caso Watergate. A partir de ahí, una historia que parecía sacada de alguna película de esta mitad de Blues Brothers. Hijo de inmigrante albanés y de aspecto rudo, John pasó de ser un deportista modélico

John Belushi murió a la edad de Jesucristo con muchas incógnitas por resolver. Algunas fueron escudriñadas por uno de los periodistas del célebre caso Watergate. A partir de ahí, una historia que parecía sacada de alguna película de esta mitad de Blues Brothers.

Hijo de inmigrante albanés y de aspecto rudo, John pasó de ser un deportista modélico a un violento muchacho que declaraba abiertamente su modus vivendi: No pienso tener ningún tipo de consideración con mi cuerpo.  No en vano, su vida fue una constante juerga en la que el speedball (mezcla de cocaína y heroína) no era más que otra forma de socializarse en los acelerados años 80.

Antes de cumplir los fatídicos 33, una amiga le dirigió una indirecta regalándole la figura de un Cristo crucificado y lleno de heridas diciéndole que había muerto con esa edad.  Antes de eso había llegado a la cima de la popularidad siendo uno de los cómicos del célebre show televisivo Saturday Night Live, había compartido protagonismo con Dan Aykroyd en Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, 1980)) y había sido Bluto en Desmadre a la americana (Animal House, 1978), un papel sospechosamente parecido en sus excesos al propio John.

Nadie, sin embargo, parecía entender su afán por vivir siempre la vida al límite. Tanto que siempre había problemas, peleas y gabinetes de crisis con él como protagonista. Actores como Chevy Chase le envidiaban y le boicoteaban, mientras otros como Robin Williams se drogaban con él, y una colección de gorrones le acechaban para dinamitar sus ganancias.

Apareció muerto en un hotel de Los Angeles y el citado periodista y escritor, Bob Woodward, por encargo de la viuda de Belushi, empezó a sacar la mierda de debajo de la alfombra. Apareció incluso su camello, exiliada a Canadá y extraditada para cumplir condena, aparecieron todos esos buitres esperando a que pagase las copas, las prostitutas y las drogas y apareció la otra cara, la más salvaje, de ser célebre en Hollywood. John no quiso ni habría podido gestionarlo.

El ritmo infernal de rodajes le condenó a una espiral frenética de consumo que nadie de su entorno se atrevió a frenar, ni siquiera sus amigos más cercanos. Casi un millón de dólares anuales que Belushi se metía por la nariz en una vorágine autodestructiva que parecía responder únicamente a un deseo de puro entretenimiento. La última fiesta con Robin Williams y Bobby De Niro fue la que le conminó a la inmortalidad a esa curiosa y simbólica edad.

Su gusto por el punk se puso de manifiesto reiteradamente, dado que no sólo de Blues y Soul vivía el hombre. Y también esa filosofía de vida que llevaba a cabo: vivir al límite y disfrutar de cada milésima de segundo. Algo que su azotado cuerpo, sin duda, no aguantó.

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