Tiranías psicológicas - el Hype
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Placeres y berrinches

Tiranías psicológicas

Tiranías psicológicas

¿Cine bueno o malo? Pues preferiblemente bueno, claro. Lo que pasa es que lo bueno no siempre nos sienta bien. Hay días y días. Los caminos de la psicología son infinitos. Y a menudo, retorcidos. En los cuadros de puntuación de prestigiosas revistas de cine –pienso en ‘Dirigido por’ y ‘Caimán’- he visto películas calificadas

¿Cine bueno o malo? Pues preferiblemente bueno, claro. Lo que pasa es que lo bueno no siempre nos sienta bien. Hay días y días. Los caminos de la psicología son infinitos. Y a menudo, retorcidos.

En los cuadros de puntuación de prestigiosas revistas de cine –pienso en ‘Dirigido por’ y ‘Caimán’- he visto películas calificadas con la máxima nota por unos críticos y con la más baja por otros. Expertos de similares generaciones y con una ideología compartida discrepan con frecuencia a la hora de valorar el vigor narrativo, el interés temático o la originalidad estética de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), Cortina rasgada (Alfred Hitchcock, 1967) o Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000). Nuestras tiranías psicológicas influyen decisivamente a la hora de apreciar o rechazar una película.

En momentos “depres” o en instantes de exaltación, lo bueno y  lo malo se convierten en categorías resbaladizas. La subjetividad existe y conviene reconciliarse con ella, negarla sistemáticamente por aquello del qué dirán nos crea una personalidad falsaria. No es necesario que la subjetividad aplaste a la objetividad o la objetividad a la subjetividad. Pueden convivir enviándose mensajes para intentar influir una a la otra y viceversa. A esa batalla mental antes se le llamaba dialéctica.

Llegas a casa agotada/o y necesitas relajarte con cualquier trivialidad. Películas nada aconsejables en tales situaciones: Gertrud (Carl. T. Dreyer, 1964, proyección completa en este enlace), que venero, pero por completo inadecuada para quienes buscan un entretenimiento ligero. Enfrentarte a una de Fassbinder -qué valor- tampoco creo que sea una opción recomendable. En modo alguno tenemos que caer en la debilidad de darle una nueva oportunidad a La madriguera (1969). Con lo que ha llovido y lo que ya sabemos, revisar esa película de Carlos Saura podría dejarnos catatónicos/as para el resto de nuestra vida. Evitemos esos riesgos.

Te encuentras con algo de confusión metal. Pues bien, sería muy contraproducente que intentasemos aclarar nuestras enredadas ideas con una de Godard. Por la noche, aturullados/as, no dormiríamos bien.

Estás enamorada/o y necesitas algo que te haga volar hacia una nube rosa o te emocione tiernamente. Películas negadas para esos momentos: ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1963) o La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974, también completa aquí). Mucho mejor recurrir al encantador pastelito de Siete novias para siete hermanos (Stanley Donen, 1954).

Te sientes una persona empequeñecida por los avatares de la vida. “Yo soy yo y mi circunstancia”, meditas, “y mis circunstancias son una mierda”, concluyes. Pues bien, en un estado de ánimo así no le recomendaría a nadie la excepcional El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957). O tal vez sí, ahora que lo pienso mejor. ¿Por qué no? La subjetividad emocional tiene resortes que la objetividad no siempre capta en todos sus innumerables matices. Una dosis de lúcido pesimismo puede resultar tonificante.

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