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Lyrical nitrate

The Naked Civil Servant (El funcionario desnudo, 1975)

The Naked Civil Servant (El funcionario desnudo, 1975)

El cine se ha hartado de hablarnos de héroes de pelo en pecho. En contra de ello, aparece este diamante dentro de la cantera del cine británico de los ’70. Gracias a películas como ésta, surgen obras tan frescas y atípicas como Les garçons et Guillaume, à table! (2013). Hace falta ser hombre para sufrir

El cine se ha hartado de hablarnos de héroes de pelo en pecho. En contra de ello, aparece este diamante dentro de la cantera del cine británico de los ’70. Gracias a películas como ésta, surgen obras tan frescas y atípicas como Les garçons et Guillaume, à table! (2013).

Hace falta ser hombre para sufrir ignorancia y sonreír.
Sé tú mismo, no importa lo que digan.

(Englishman in New York, Sting)

Cuando filmo, dijo Jean Cocteau, cierro los ojos y sueño. Frente a la dura realidad, las películas son fantasía, ilusiones mágicas, mejoran la vida misma. Con ese espíritu luminoso, recibe Quentin Crisp a la gente del cine. Él también quisiera cerrar los ojos, abandonarse al sueño y, por ello, como Orfeo, propone que su vida sea un viaje a través del espejo, ese lugar donde uno se vuelve reflejo y, sin dramatismos, toma conciencia de la imposibilidad de ser.

John Hurt

Cualquier autobiografía se revela como relato imposible, cuando enlaza una circunstancia extraordinaria tras otra, al fluir maravillosamente a golpe de sensaciones y palabras. Así se ha construido The naked civil servant, una película británica de 1975 que, sin embargo, parece atemporal, respira fuera y dentro de cualquier tiempo. Su secreto, ese vigor extraordinario que la sustenta, reside quizá en cómo evita la luz dura del día, las dudosas delicias del tedioso mundo exterior y abraza el crepúsculo, ese instante privilegiado donde la niebla londinense cae, las formas se difuminan y las cosas ya no son las cosas.

A propósito de un libro de Elie Faure sobre Velázquez que leía Jean Paul Belmondo en Pierrot le fou, Godard recordaba la idea de que el pintor español, al final de su vida, pintaba las cosas que hay entre las cosas, entre una persona y otra, y afirmaba que el mejor cine tendría que hacer lo mismo, no debería contentarse con filmar lo que había, no debería en ningún caso limitarse al retrato. Puede que entre Quentin Crisp y el terrible siglo XX contemplemos muchas cosas evidentes: habitaciones grises, cuadros de dudoso gusto, bares de pacotilla, un cuartelillo insípido, una escuela de arte desordenada, un tribunal tendencioso y severo…

Pero, por encima de todo, frente la cámara, brilla y, en consecuencia, es lo que nuestra retina registra, el paso incesante y sincero de una vida que transcurre entre callejones mal iluminados, la suciedad del polvo, una infinidad de cremas para la cara, toneladas de maquillaje y un manual de supervivencia. Elementos imprescindibles para no esconderse, no atrincherarse en ningún armario, y exhibir impune, gloriosa y gozosamente tu homosexualidad, de manera justa y desmedida, nunca latente. En ese momento del tiempo, cuando la intolerancia reinaba y la posibilidad de un cambio de sexo era remota, la Historia de la homosexualidad contaba con muy pocos valientes. Quentin Crisp, muchas décadas antes de encarnar a la reina de Inglaterra en Orlando, sería uno de ellos, el más célebre de los pioneros. Y, por una vez, variaría el contenido de un viejo refrán. Por primera vez, podemos afirmar que, si la máscara cae y el hombre queda, el héroe no se desvanece.

Este film selló el ciclo Transgénero que, durante el mes de marzo y abril ha desarrollado el CGAC (Centro Galego de Arte Contemporánea). Está disponible con subtítulos en castellano en Videoclub Stromboli.

Dani Gascó
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