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The Delines y el triunfo de las canciones pequeñas

  • En Música
  • 15 septiembre, 2015
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The Delines y el triunfo de las canciones pequeñas

The Delines, la nueva formación del compositor y escritor Willy Vlautin (Richmond Fontaine) recala en nuestro país con un notable disco de debut bajo el brazo, espléndido dechado de americana con esencias soul. Resulta casi una extravagancia hablar de supergrupos cuando nos referimos a músicos que viven permanentemente alejados de las grandes bambalinas y sin

The Delines, la nueva formación del compositor y escritor Willy Vlautin (Richmond Fontaine) recala en nuestro país con un notable disco de debut bajo el brazo, espléndido dechado de americana con esencias soul.

Resulta casi una extravagancia hablar de supergrupos cuando nos referimos a músicos que viven permanentemente alejados de las grandes bambalinas y sin la menor oportunidad de hacerse notar con caracteres vistosos en cualquier gran festival. Pero The Delines, pese a ello, son un supergrupo. Porque sus mimbres están enhebrados con los jirones de talento de algunos de los integrantes de algunas de las bandas más estimulantes del panorama rock alternativo norteamericano, aunque el muestrario de sus argumentos suela desarrollarse en pequeños clubes y salas de discreta capacidad. Richmond Fontaine, The Decemberists, The Minus 5 o The Damnations son, sin duda, nombres que resultan mucho más familiares a oídos de cualquiera que preste atención al mejor rock de raíz norteamericana. Y en esencia, The Delines son el último proyecto comandado por ese creador de productividad desbordante que responde al nombre de Willy Vlautin, y que se nutre de algunos de los integrantes de esas bandas.

Comandante en jefe de los espléndidos -y prolíficos- Richmond Fontaine, y de un tiempo a esta parte metido a escritor de historias en las que da rienda suelta a todo aquel caudal narrativo que sus canciones apenas pueden contener (cuenta en su haber con cuatro novelas facturadas desde 2006, influenciadas por la seca narrativa de John Steinbeck, Raymond Carver o Barry Gifford), Vlautin ha reunido a un más que competente elenco de músicos para dar forma a The Delines. Su primer y único trabajo hasta el momento es el delicioso Colfax (Decor, 2014), un álbum que obtuvo una excelente acogida por parte de la prensa británica a finales del año pasado (ya se sabe: estas bandas suelen gozar de más predicamento en la vieja Europa que en su propio país), y cuyos excelentes argumentos les han permitido afrontar giras como la que les trae esta misma semana a nuestro país: el 15 de septiembre en el Kafe Antzokia de Bilbao, 16 en la sala Apolo 2 de Barcelona, 17 en el Loco Club de Valencia y 18 en el Boite Live de Madrid.

Y lo cierto es que con ellos, Vlautin ha operado un giro hacia la versión más aterciopelada de la música americana de raíces profundas. La nota distintiva la pone la imponente voz de Amy Boone (The Damnations), que es quien al fin y al cabo puede justificar de forma más aparente las comparaciones con músicos como The Walkabouts, Gillian Welch, Kendra Smith e incluso Mazzy Star. La elección de John Askew como productor también encaja, dado que Laura Veirs, Alela Diane o Neko Case se cuentan también entre sus clientes. Su música desenreda su guion sin estridencias, en composiciones sedosas y elegantes, con olor a club nocturno, en esas historias de perdedores que ahogan su existencia entre carreteras secundarias, estaciones de servicio agonizantes y antros de dudosa reputación.

Es el reconocible pulso narrativo de Willy Vlautin, tan viejo como el propio rock yanqui de lírica adusta y querencia por la galería de outsiders que habita en el extremo opuesto del sueño americano, tomando cuerpo esta vez en forma de voz de mujer. Y a cuya materialización no son ajenos la batería de Sean Oldham (Richmond Fontaine), los teclados de Jenny Conlee (The Decemberists) o la guitarra de pedal de acero de Tucker Jackson (The Minus 5), quienes completan la banda. Aunque en esta manga de su gira será Cory Gray (The Dandy Warhols) quien reemplace a Jenny Conlee tras el teclado.

El triunfo de The Delines (si albergan dudas, no se pierdan la actuación completa de 25 minutos que enlazamos tras este párrafo), como tantos otros, nunca podrá cuantificarse en torno a grandes cifras. Ya que es el éxito (discreto, sencillo, pírrico si se quiere) de las canciones gestadas con trazo artesanal y raudales de elegancia. En la certeza de que las canciones pequeñas, hueras de pretensiones desbordantes, a veces también pueden ser las más grandes.

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