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The Box, bizarradas y exclusividad en la noche londinense

The Box, bizarradas y exclusividad en la noche londinense

Famosos como los príncipes o distintas estrellas de Hollywood asisten semanalmente a este teatro de variedades repleto de sorpresitas. Era un miércoles y quedaba exactamente una semana para mi examen más importante del año. Una amiga me dijo de ir a jugar unos bolos con unos amigos a Holborn, cerca del British Museum. Tras unas pocas

Famosos como los príncipes o distintas estrellas de Hollywood asisten semanalmente a este teatro de variedades repleto de sorpresitas.

Era un miércoles y quedaba exactamente una semana para mi examen más importante del año. Una amiga me dijo de ir a jugar unos bolos con unos amigos a Holborn, cerca del British Museum. Tras unas pocas cervezas y una merecida victoria para el cronista, el líder del team, un británico más ario que sajón, dijo aquello de vamos a por la última. Nada que un estudiante en su última semana antes de la debacle fuera a rechazar.

El capitán lideró la avanzadilla hasta Brewer Street, en Soho, y dijo: Este sitio está bien. La mayoría de veces que he escuchado este sitio está bien en Londres ha podido significar dos cosas: primero, que no voy a entrar; o segundo, que voy a beber gratis toda la noche. La escena nos tenía al capitán rubio, alto y de mentón firme; a una británica de delicados rasgos asiáticos; a otra inglesa presumida algo retocada de más, pero guapa igualmente; a una española de ojos verdes, sonrisa perenne y facciones serenas… y a mí. El no entrar daba ya más miedo que mi examen.

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El lugar estaba custodiado por mastodontes trajeados y un tirillas con sombrero que actuaba de relaciones públicas y sonreía cuando veía a grupos de chavales árabes sudar billetes al acercarse al local. Por lo demás, no había ni cartel, logotipo o señal que indicaran qué demonios había tras aquellas puertas de madera en pleno Soho.

Pero los acontecimientos acabaron volviéndose a mi favor y uno de los guardas que apostaban la entrada del sitio que está bien abrió el portón para, sí amigos, dejarnos pasar. Lo cuento así en modo épico porque cinco minutos antes Richard Madden (Robb Stark en Juego de Tronos) había entrado por el mismo arco y hacia el mismo lugar. ¿Estábamos viajando a Invernalia? No, hombre, que Robb está muerto.

El sitio era The Box, un teatro de variedades y cabaret conocido en Londres por sus peculiares números y los exclusivos invitados -incluidos los príncipes british– que asisten semana a semana. Esto es algo que no tuve demasiado en cuenta hasta que vi a Idris Elba compartir reservado con Madden y mi virus fan trató de compararse en altura con el tipo con más presencia física de toda la televisión inglesa -y si no lo creen, vean Luther.

El lugar, un cruce entre el Moulin Rouge, una casa encantada de aires góticos y alfombras raídas, y un teatro de Atlantic City con bailarinas, telón de terciopelo rojo y aroma a prohibition, tenía todas las papeletas para convertirse en el lugar más turbio al que yo jamás había asistido estando en Londres. Pero déjenme explicarles por qué.

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La platea de la sala principal de The Box, ambientada por un DJ que sabía manejar bien los tiempos, estaba liderada por un teatrillo años veinte, en el que a lo largo de la noche se hacían dos números. Ambos estaban presentados por una showwoman negra de voz potente y rasgada, muy dada a los tacos y al flirteo con los hombres de las primeras filas. Sus presentaciones daban paso a otras escenas: bailarines, gimnastas, mimos con la regla, malabaristas, ESPERA, ¿mimos con la regla?

Se lo cuento. Aparece una mimo algo rellenita a hacer el clásico número de mimo. El que no tiene ni puta gracia. En el momento en el que se gira de espaldas al público, todos damos cuenta del redondel de sangre que ilumina sus pantalones blancos en el cuadrante anal. La audiencia clama por ello. La encantadora señora decide entonces quitarse los pantalones, colocar las piernas en triángulo y estirar un leve cordoncillo que le caía de la vagina. Con el nuevo nacimiento de plasma, y un manantial rojo bajando desde su matriz, la mimo aprovecha para colocar una paleta de colores y pintar después un cuadro con él. Maravilloso, ¿verdad?

Hay muchas más sorpresas bizarras, y famosos asiduos, en The Box, pero prefiero dejaros con ese saborcito a hemoglobina, para que os hagáis una idea de qué clase de lugares funcionan en esta capital. A mí me salió gratis -ya os dije que sólo conozco dos tipos de noche en Londres-, lo pasé realmente bien y tuve tiempo para bailar a gusto, pero a ver quién se pone a subrayar unos apuntes de ley cuando el único Stabillo que queda es de color… rojo.

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