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Sin miedo, Juan

¿Te casarías enamorado?

¿Te casarías enamorado?

Cuando tratamos de tomar la decisión de escoger a una compañera/o de vida nadie quiere cometer un error, pero las estadísticas nos indican que muchos somos los que cometemos grandes errores. Una de las conversaciones de barra que he tenido últimamente, fuera de las elecciones y de la política, ha sido, cómo no, sobre las relaciones

Cuando tratamos de tomar la decisión de escoger a una compañera/o de vida nadie quiere cometer un error, pero las estadísticas nos indican que muchos somos los que cometemos grandes errores.

Una de las conversaciones de barra que he tenido últimamente, fuera de las elecciones y de la política, ha sido, cómo no, sobre las relaciones y el éxito o el fracaso de las mismas. Soy consciente de que no soy ejemplo de nada, y menos de tener relaciones exitosas a lo largo de mi vida, pero sí que en estos años he ido aprendiendo cosas que, quizá, no tienen mucho que ver con lo que piensa la mayoría de mis congéneres.

Creo que una cosa es el instinto de permanencia de la especie, que busca que nos apareemos constantemente siguiendo los efectos de una intoxicación de química que el cerebro vierte en nuestro torrente sanguíneo y otra, muy distinta, es casarse cuando se está en ese momento de enamoramiento. Desde mi punto de vista tomar cualquier decisión para los próximos 30 años de una vida desde ese colapso corporal que produce el enamoramiento es sumamente arriesgado y la prueba de ello es el porcentaje de fracasos matrimoniales, que en la actualidad ya sobrepasa el 50%.

Quizá es importante vivir la experiencia del enamoramiento, hartarse de disfrutar y vivir esa circunstancia que, sin lugar a dudas, resulta de lo más placentero y enriquecedor que he vivido jamás, a sabiendas de que cuando la química se retira, desaparece el efecto superman que he estado experimentando y a lo peor las cosas ya no se ven desde el mismo prisma que las veíamos.

Elegir alguna persona que te acompañe en el camino, desde el cariño y el respeto, que no desee una propiedad más en su vida, sino un compañero/a libre en todos los sentidos, que crezca como ser humano a un ritmo parecido para no producir desequilibrios, que no desee cambiarnos ni obligarnos a hacer aquello que sus creencias le impulsan, que muestre gratitud y aprecio por el viaje que compartimos y algunas cosas, de las que algún día hablaremos, serían mucho más necesarias que un enamoramiento para tomar decisiones que a alguien le hipotequen un tiempo más largo de lo normal.

Y si me presiono, en alguna medida, para llegar al límite de mis pensamientos, en este tema, podría atreverme a plantear que cada uno podría seguir manteniendo su espacio en hábitats diferenciados, y compartirlo con la persona amada cuando lo crean más oportuno. Estoy convencido que al limitar la convivencia en el día a día se encuentran espacios interesantes para el desarrollo de esa nueva asociación que, a medida que pasa el tiempo va tomando forma.  ¿Sufriríamos menos y disfrutaríamos más? Porque quizá de eso se trata.

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