Sodoma, Gomorra...y Studio 54 - el Hype
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Vidas salvajes

Sodoma, Gomorra…y Studio 54

Sodoma, Gomorra…y Studio 54

Hubo una vez una discoteca en la que se unió la calidad musical, el desfase y el bien entendido glamour. Y, por supuesto, no hablamos de Ibiza ni sus maniquíes llenos de complejos e inseguridades. Aquí dejaban en la puerta a Cher, a Sinatra o a Woody Allen sin pestañear. Tampoco el filtro en este

Hubo una vez una discoteca en la que se unió la calidad musical, el desfase y el bien entendido glamour. Y, por supuesto, no hablamos de Ibiza ni sus maniquíes llenos de complejos e inseguridades. Aquí dejaban en la puerta a Cher, a Sinatra o a Woody Allen sin pestañear. Tampoco el filtro en este caso eran unos porteros sin afecto, sino que era el propio dueño, un homosexual sin armario a cuestas, que según se levantase te dejaba pasar (o no).

Studio 54 ha tenido tantas imitaciones, revivals y caricaturas que muy poca gente sabe que en realidad existió, superando incluso el mito y sus leyendas, con esas paredes llenas de cocaína y dólares o con la mujer de Mick Jagger entrando a caballo por la mismísima puerta de este ya legendario lugar. Un dinero fácil conseguido a base de fiestas, unas visibles, otras más clandestinas, en las que Sodoma y Gomorra estaba escenificado de nuevo con hombres y mujeres para los que el sexo era lo que más apetecía y menos escandalizaba. De hecho, nada alarmaba a nadie, ni siquiera que algunos de los asesores del presidente Carter frecuentasen los sótanos del lugar o que no se dejase entrar a Sinatra. Por supuesto, Frank también quería curiosear qué diablos pasaba en aquel lugar para que ese gay ganase más dinero que la mismísima mafia.

El hedonismo tenía una embajada en el número 54 de la calle 254 West, en Manhattan. Y duró abierta (la de verdad) unos 33 meses, hasta que con un fiestón de cierre llamado “La muerte de la Gomorra moderna” (en el que la última copa dicen que la bebió Sylvester Stallone) se clausuró por sus deudas con el fisco.  A través de una efectiva y elitista publicidad de mandar invitaciones a los popes de la música, el cine y la fotografía de La Gran Manzana, este “santuario” (en el que una luna con rostro de hombre de Georges Meliès sale esnifando cocaína) reinó sin discusión en estos días “pre-sida”. Hasta un Michael Jackson todavía con acné se acercó a curiosear y afortunadamente agradó al dueño, que le dejó entrar ya que de poco servía tener “Off the wall” en la calle en aquellos días…sencillamente tenías que gustarle.

Dalí, Grace Jones, Dolly Parton, Mohamed Ali, el citado Jagger o Alice Cooper, además de una pléyade nutrida de “vidas salvajes” se citaban con sus mejores galas en Studio 54 para demostrar así que podían mezclarse con esa turba heterogénea de John Does de la gran ciudad, unos “Don Nadie” que simplemente… molaban. Allí actuaron grandes como Diana Ross, imprescindibles como Chic y horteras efímeros como Village People y no había precisamente horarios… la fiesta era perpetua, hasta que hicieron tanto ruído que alguien tuvo que parar aquello.

Con los años 80 se quiso sacar tajada de la leyenda, actuaron los guays de la época poco antes de ser guays (Madonna, entre ellos), acudían actores, actrices, músicos de lo más variopinto, pero en el 86 volvió a cerrarse. Ocho años más tarde llegó a ser club nudista y se reabrió con todo el boato, rememorando los años de la Disco Music. Sin embargo, los tiempos del 54 habían pasado, por mucho que Paris Hilton celebrase sus 21 años en el mismo escenario que su madre hiciese años atrás.

Ahora se ha llevado parte del atrezzo a Las Vegas para así rememorar aquellos años en los que el camino del exceso era el que regía los pasos de gran parte de sus asistentes, donde las vidas salvajes eran aceptadas sin paliativos entre sus cuatro paredes. Muchos lo llamarían “paraíso”, otros lo llamarían “vicio y perversión”.

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