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Hermosos y malditas

¿Se suicidan los escritores extraterrestres con pistolas láser?

¿Se suicidan los escritores extraterrestres con pistolas láser?

Solo existen dos posibilidades: que exista vida inteligente fuera de la Tierra o que no exista. Siempre he sentido, de esa forma móvil, oscura e íntima que adquieren las cuestiones que apuntan a nuestra más profunda identidad, que ambas resultaban perfectamente intolerables. Solo recientemente he entendido que únicamente una de esas dos posibilidades debería causarnos

Solo existen dos posibilidades: que exista vida inteligente fuera de la Tierra o que no exista. Siempre he sentido, de esa forma móvil, oscura e íntima que adquieren las cuestiones que apuntan a nuestra más profunda identidad, que ambas resultaban perfectamente intolerables. Solo recientemente he entendido que únicamente una de esas dos posibilidades debería causarnos desazón: que estemos solos entre miles de millones de planetas habitables de un universo interminable.

¿Y cómo serán esos seres de los que ahora no sabemos nada?, me pregunto. Pregunto: ¿qué aspecto tendrán?, ¿y su ropa? ¿Serán buenos? ¿Qué filosofías, qué narraciones, qué historias darán significado a su intrigante –para nosotros– existencia? ¿Leerán? ¿Escribirán? ¿Se suicidarán sus escritores como en la Tierra lo hicieron Sylvia Plath, Pavese, Pizarnick o Virgina Woolf?

Creo que Christiaan Huygens (La Haya, 1629-1695) respondería con atrevimiento ilustrado que sí, que los escritores de otros planetas no tendrían por qué no sentir una melancolía afín a la que sienten en la Tierra los hijos doloridos devorados por padres saturninos. Los suicidios se ajustarían a la atmósfera, a la temperatura, a la superficie serena, fluvial o gaseosa y a otras condiciones naturales del planeta.

Pero de huidas a la galaxia Gutemberg, listados de suicidas y profundos reproches paterno-filiales sabe más —lo descubrí también este verano— el Saturno de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), editada, al igual que Cosmotheoros, por una editorial por la que sentimos cariño terrícola y humana predilección: Jekyll & Jill

Christian Huygens (1629-1695)

Terminado en 1695, el mismo año de la muerte de su autor, el Cosmotheoros de Huygens es un libro hermoso, un artefacto vitalista que resulta improbable, quizás por solo la grisácea obsesión de los manuales escolares de la historia patria por limitarse tradicionalmente a hablar de reyes, conquistadores y batallas, en lugar de hacerlo sobre visiones celestes, barcos cargados de relojes de péndulo para medir la longitud exacta del mar, hacedores de telescopios, debates de ideas, soñadores de estrellas.

La edición de Saturno, por su parte, es una iniciativa de Jekyll and Jill (España) y SOPHOS (Guatemala) para rescatar, actualizándola, una nouvelle originalmente publicada en 2003 junto con Pan y cerveza, bajo el título Esto no es una pipa, el primer libro de Eduardo Halfon.

Cosmotheoros. Christiaan Huygens

La obra de Huygens, traducida con brío por Ruben Martín Giráldez, supone el primer tratado que conjetura la vida extraterrestre desde un punto de vista científico y a la vez el testimonio de un lugar y una época (Países Bajos, siglo XVII) extraordinariamente fértil para la cultura. Huygens dialoga en él con la valiente tradición astronómica de aquellos que supieron leer el cielo de forma inteligente y joven —Copérnico, Nicolás de Cusa, Kepler, Tycho Brahe pero también con algunos de los terrestres más sabios de la época: Descartes, Leibniz o Blaise Pascal.

Saturno es un texto fiero, entre el desbordamiento juvenil y el cálculo perfecto, sobre hijos opacados, lamentos, refugios literarios, narradores que reclaman amor, o mejor, comprensión vital mientras atisban de puntillas la figura inmensa, determinante y azarosa del padre recortada contra el cielo de la infancia: desazón, valentía, inventarios de muertos por disparos (Hemingway, Mayakovsky), hojas afiladas (Mishima, Salgari), cordón, cuerda o cinturones (Ernst Toller, David Foster Wallace, Gérard de Nerval).

"Saturno". Eduardo Halfon

Publicado en latín, tres años después de la muerte del estupendo astrónomo, pulidor de lentes y matemático, traducido con premura por un asesor de confianza de Pedro el Grande, Cosmotheoros elucubra la infraestructura extraterrestre en un universo inconmensurable, y luego las distancias, rasgos y perspectivas de los planetas del Sistema Solar, la Luna, las estrellas y el Sol: Saturno es en Cosmotheoros el objeto de la libido sciendi de un científico excepcional, la gran esfera anillada, el planeta singular.

Saturno, por su parte, es la entrada-aullido de Halfon en la literatura. Un universo íntimo, desasosegante (a menudo contradictorio y quizás por ello sincero y profundo), un listado de agravios existenciales hilado con la nómina nunca exhaustiva de los escritores suicidas. Un ajuste de cuentas con ecos de la Carta al padre de Kafka, una primera persona que recrimina dolida a su progenitor, esto es, a su nombre; un reproche sub-epidérmico enhebrado de forma fluida y fantasmal entre el amplio catálogo de suicidas de la literatura universal: Saturno es en Saturno el mito, el tiempo pasado, el devorador de hijos.

Dos Saturnos, pues. Pero, ¿hay alguna otra razón para hablar, como revueltos, de estos dos libros aquí?

Ilustración de Alejandra Acosta en "Cosmotheoros"

Ilustración de Alejandra Acosta

Creo que dos:

a) Un chaflán de honda simetría como observatorio privilegiado de dos mundos: la exploración del universo exterior / la exploración del universo interior.

b) El laberinto de la identidad que se descifra, precisamente, en la distancia: la identidad ahí fuera, la identidad dentro.

Eduardo Halfon

Eduardo Halfon

Sí, intuyo primeramente que la asimetría de ese espacio exterior cruzado de distancias pascalianas e infinitas que describe Cosmotheoros no se produce frente al universo de lo pequeño (como en la maravillosa y poética The Incredible Shrinking Man de Richard Matheson/ Jack Arnold) sino frente al universo… interior: lo más lejano y lo más hondo, la vida detrás de las estrellas y la vida en el interior del corazón; la luz de los astros fijos, posiblemente muertos, y el desfallecimiento de esa parte de nosotros mismos donde apenas llega la luz.

Ilustración de Alejandra Acosta en "Cosmotheoros"

Ilustración de Alejandra Acosta

El tratado de Huygens es la obra de un sabio lleno de voluntad, maravillado por el exterior sideral: la verdad –dice– es que cuando me paro a reflexionar llego a la conclusión de que nuestros conocimientos de aritmética son insignificantes y que estamos versados en los rudimentos más básicos de los números en comparación con lo que nos queda por saber, puesto que se requiere un inmenso acerbo que no se limite a 20 o 30 cifras en nuestra acostumbrada progresión de décuplos, sino tantas como granos de arena hay en la playa. Y, sin embargo, ¿quién puede asegurar que incluso un número tal excedería el de las estrellas!

Diagnóstico: Somos un grano de arena en una playa infinita, un ser de extraña suerte, apenas nada.

Y mientras, Halfon: ¿Oyes tú el tantaneo de las campanas? No. Todo esto da asco. Me da asco su nombre. ¿Y pájaros cantando en griego? Tampoco. Me da asco pensar en usted, padre. […] Usted me enseñó a no llorar, padre. Una sinfonía de voces, padre, eso son, eso somos. Somos, en fin, las voces que escuchamos.

"Saturno devorando a su hijo". Francisco de Goya

A Huygens le asiste el fundamento de la probabilidad, el optimismo de la observación, pero también el desprendimiento científico de su generosidad, por eso se le perdona la naturalización europea y algún exceso. La gran variedad de animales en nuestro planeta le lleva a imaginar otras faunas, otras flores y pronto un ser racional que se haga cargo de toda esa belleza: tanto si analizamos las cosas por sí mismas como por su proceso de producción es indudable que los mundos planetarios han de contar con tan estupenda variedad como el nuestro.

Y añade luego: creo que es más razonable convenir en que los habitantes de otros planetas disfrutarán de las mismas ventajas que nosotros […] deberíamos conceder que también ellos cuenten con estas bendiciones, a no ser que queramos acaparar todo lo buen para disfrute exclusivo nuestro como si valiésemos y nos mereciésemos más que otros.

Y en el Saturno sentimos que Klaus, el hijo de Thomas Mann, no llegó a encontrar (por acudir a la imagen de Kafka), el lugar libre que el cuerpo tendido de su padre deja en el mapa del mundo o de la vida, la intimidatoria autoridad de la figura paterna, la primera tiranía, la apatía inaugural, la huida al lenguaje y desde ahí recorremos los pasos de Fenimore Woolson, las Dream Song de Berryman, las últimas palabras de Paul Celan.

Ilustración de Alejandra Acosta en "Cosmotheoros"

Ilustración de Alejandra Acosta

Sorprende en verdad, incluso hoy, tiempo de extrañas positividades, la fuerte carga de optimismo y esperanza cósmica que irradia Cosmotheoros, más aún al conocer, gracias al estupendo aparato de notas de esta hermosísima edición de Víctor Gomollón, el estado anímico en que se hallaba el autor en los últimos años de su vida, tan en las curiosas antípodas de la nómina de los autores-Halfon, y sin embargo, algo afín y luminoso se localiza en la completitud de las dos obras, algo ordenado como dirigido a desvelar los materiales de los que estamos confeccionados: doble interpretación de una pregunta ¿quiénes somos? imposible de responder del todo sin detenerse a pensar bien de dónde venimos: las estrellas, los padres.

Cosmotheoros observa el mundo circundante para establecer conjeturas lógicas sobre el mundo exterior. Lentes, péndulos, antropología materialista, telescopios, lucidez, atinos y desatinos, ingenuidades, algún patinazo, a mí me parece una libro singularmente hermoso porque apunta justamente a la curiosidad, las ganas de saber y de vivir, al respeto por la razón que a menudo llevan… los otros, a la vitalidad como cualidad laica del alma, a la apertura del corazón a la sorpresa, a la necesidad de contarlo, o de cantarlo, como en La naturaleza de las cosas, el maravilloso libro de Lucrecio.

Saturno supuso el inicio de la marcha literaria de un escritor deslumbrante, Eduardo Halfon, del que enseguida, y creo que eso es lo mejor que se puede decir de un gran escritor, dan ganas de leerlo todo.

Dos títulos representativos del universo Jekyll and Jill. Dos miradas a dos mundos muy profundos, el universo exterior y el universo… interior, dos formas de indagar sobre una identidad sólo en apariencia dislocada, como el stevensoniano nombre de la estupenda editorial que los ha unido, para goce de lectores cuidadosos, en su personalísimo catálogo.

Astronomía

Hermosos: libros de Jekyll & Jill, motivos de Alejandra Acosta.

Malditas: apatías.

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