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Rojo alcaldesa

Rojo alcaldesa

Quede escrito en la primera línea de este artículo aquello de Que descanse en paz. Vayan por delante las condolencias y el pésame que merece el entorno del difunto. El respeto de la opinión pública, considero, se lo granjea uno en vida, no desde el ataúd se consigue automáticamente. Por eso, hablemos de Rita Barberá. Y

Quede escrito en la primera línea de este artículo aquello de Que descanse en paz. Vayan por delante las condolencias y el pésame que merece el entorno del difunto. El respeto de la opinión pública, considero, se lo granjea uno en vida, no desde el ataúd se consigue automáticamente. Por eso, hablemos de Rita Barberá. Y hagámoslo en clave de lo que por encima de legados faraónicos y sospechas de corruptelas, unos y otros estaremos de acuerdo que fue: un icono popular. Entendamos el calificativo no como filiación política sino como lo relativo a la cultura de masas. Porque es a eso -y no a los altares como se empeñan sus fieles- a lo que la ha elevado su repentina muerte.

Icónico es algo o alguien fácilmente reconocible por sus atributos estéticos. En política, donde las ideas deberían arrollar a los looks, parece más complicado devenir icono. Pero hay ejemplos: de la boina del Che al tupé de Trump, de los zapatos de Imelda al Chanel de Jacqueline Kennedy. En el caso de Barberá, quedan claros los ingredientes: perlas sempiternas, cardado sostenido con laca y, sobre todo, traje de chaqueta rojo. Tan rojo que arrollaba a las tonalidades típicas del color del comunismo y anulaba su connotación de izquierdas. El suyo no era rojo pasión ni tomate ni carmesí. Aunque ahora se estuviera dilucidando si efectivamente tenía tintes de rojo chorizo, aquel rojo combinaba solo con un apellido: rojo alcaldesa.

Rita Barberá era -y establece el estándar de lo que en el futuro se reconocerá como tal- el epítome de la señora bien. Mujeres de esas que, como cantan Las Bistecs, gustan de ir al Ritz, al bingo y al salón de belleza. Señoras fetén que son capitalistas. Viejas glorias en esencia, como reza el himno del electrodigusting.

En cambio, las nuevas señoras bien de la derecha española ya no tienen pinta de serlo. ¡Qué pena! Las más jóvenes de entre las políticas populares, ni usan sprays fijadores ni llevan vuittones: son más de chupa de cuero y de conciertos de música indie. Dicen los cánones que la imagen de un político conservador, cuanto más previsible, mejor. Genera mayor confianza en su electorado. Por eso, entiendo que sus votantes agradezcan que Cospedal periódicamente practique el noble arte de lucir mantilla.

Señoras bien las seguirá habiendo, aunque esquiven los elementos del estereotipo, aunque sean menos identificables de un solo vistazo. Para los anales de la moda y la política, como icono de una forma de entender la vida y el ejercicio de la función pública, queda el rojo alcaldesa: un tono pasado de moda.

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