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Director's Cut

Un “Rodin” desapasionado

Un “Rodin” desapasionado

En el París de 1880, Auguste Rodin recibe a los cuarenta años su primer encargo público: Las puertas del infierno. En esa época, en que esculpirá dos de sus obras más conocidas, El pensador y El beso, se centra Jacques Doillon   para su inmersión en el proceso creativo,  en la vida, en la carne del

En el París de 1880, Auguste Rodin recibe a los cuarenta años su primer encargo público: Las puertas del infierno. En esa época, en que esculpirá dos de sus obras más conocidas, El pensador y El beso, se centra Jacques Doillon   para su inmersión en el proceso creativo,  en la vida, en la carne del escultor francés. Sin embargo, la intrusión resulta con suerte dispar, mientras la faceta técnica es exhaustivamente iluminada, sin escatimar en entrecomillados y declaraciones solemnes, la figura del amante y mal compañero de Camille Claudel se muestra esquiva a un agudo escrutinio.   El rupturismo creativo del artista bien podría haber encaminado la obra del director, quien prefiere por contra el retrato anodino y cerebral a aquel otro que hubiera requerido adoptar un punto de vista más arriesgado.

rodin

La ambientación del entorno del gran escultor se realiza con exquisitez y un objetivo claro, según ha declarado Doillon, la puesta en escena responde a la voluntad de crear un espacio por donde circular, liberando el movimiento. Rodin está filmada con dos cámaras que se desplazan de forma estable, para no acotar a los actores y poder transmitir fluidez. Esta coreografía, como la llama Doillon, está empapada de una paleta de colores muy suave, facilitando la profundidad de campo, gracias a la fotografía de Christophe Beaucarne (Barbara, 2017) y una exquisita iluminación. A pesar de todo, el estilo resulta excesivamente conservador y la puesta en escena lastra incluso el resultado, acartonándolo y traicionando las intenciones manifestadas por su director.

rodin

No faltan las reflexiones y es de destacar en este sentido la que se refiere al final del acto creativo -El Balzac es un buen ejemplo, que tardó 7 años en completarse- también está presente, y además hay que destacar el hecho de que la relación entre el escultor y Camille Claudel supone una nueva perspectiva en Rodin, respecto a anteriores representaciones, en las que el protagonista salía peor parado.

Vincent Lindon, volcado en el proyecto, personifica al artista con una interpretación muy física, mientras que Camille es encarnada por Izïa Higelin (Samba) con vivacidad y energía. Rodin aporta elementos de interés, como la interpretación de Lindon, pero pierde la oportunidad de ofrecer una mirada contemporánea hacia el escultor y su tiempo.

Eva Peydró
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