Posverdad, posmodernidad y una bañera
Share on Pinterest
Share with your friends










Enviar
Buscar
728 x 90

Hermosos y malditas

Posverdad, posmodernidad y una bañera

Posverdad, posmodernidad y una bañera

Cuando era pequeño, en casa había una bañera. Todas las tardes al regresar del trabajo, mi madre nos bañaba en ella a mi hermana y a mí. No importaba si estábamos sucios. Cuando era pequeño, la ciudad donde jugaba estaba llena de ratas y solares y Franco era el jefe del Estado. Murió (Franco) el

Cuando era pequeño, en casa había una bañera. Todas las tardes al regresar del trabajo, mi madre nos bañaba en ella a mi hermana y a mí. No importaba si estábamos sucios. Cuando era pequeño, la ciudad donde jugaba estaba llena de ratas y solares y Franco era el jefe del Estado. Murió (Franco) el día que fuimos por primera vez a Barcelona. Yo tenía 6 años, pero me acuerdo de ese día bastante bien porque por su culpa (por morirse Franco justo el día que fuimos por primera vez a Barcelona) cerraron el parque Tibidabo. Esa tarde agridulce de otoño, en casa de mis tías de Barcelona, no la pasamos en el parque Tibidabo, sino de nuevo en el interior de una bañera. Franco, ese dictador.

Posverdad, posmodernidad y una bañera

De niño no me enteraba de nada. El colegio religioso tampoco ayudaba. Al revés. El problema de la religión no es estrictamente de contenido sino de estructura: daña la forma de pensar correctamente. Y mucho más si se introduce en las escuelas. La religión llama verdad a la literatura. Impide así discernir, pero también disfrutar, de una y de la otra. Con la perspectiva que permite el tiempo, creo que la primera pregunta que consiguió despertar mi inteligencia de niño adoctrinado, limpio y medio tonto, tuvo que ver, precisamente, con una bañera. Yo tenía 12 años, el sentimiento de culpa y pecado original bien inoculado para siempre y mi cuerpo muy bañado, es la verdad. La pregunta la hizo mi profesor de física: ¿cuántos litros de agua caben en una bañera?

Posverdad, posmodernidad y una bañera

Nadie en clase supo qué contestar, pero en lo que me interesa aquí, nadie dijo tampoco (como dirían muchos hoy, poniendo cara de listeza) que todo depende del tipo de bañera. No, no. Entonces sabíamos bien que la bañera de la pregunta del profesor de física tenía que ver con nuestras bañeras. Por eso, precisamente, lo preguntaba: para situar conceptos abstractos y generales, como volumen y capacidad, en el concreto contexto de nuestras experiencias personales.

Sharon Tate y Roman Polasnki en "El baile de los vampiros"

En la década de los 70 España no era posmoderna, la mayor parte de ella ni siquiera era moderna, pero la gente no confundía conocimiento con experiencia subjetiva. Tenían experiencias, pero les faltaba información. Sabían que había ahí afuera (o que pronto habría ahí afuera) expertos y profesionales capaces de ayudarnos a comprender, de forma afín a cómo los críticos de cine nos enseñan a cribar. Por eso se leían periódicos con devoción o se ponía La clave en televisión. Como el tiempo se había robado y se había extendido la conciencia de retraso civilizatorio del país, en las tertulias no había margen para falacias ni para la incongruente sonrisa de Eduardo Inda. Nadie desviaba la atención en el debate, porque el debate era algo que había faltado demasiado tiempo. La democracia era joven y los casos de corrupción andaban en pañales: no se decía y tú más.

Posverdad, posmodernidad y una bañera

Presumed Portrait of Gabrielle d’Estrées and Her Sister, the Duchess of Villars (c. 1594)

Nadie pensaba, como pensamos hoy (con pesadumbre y lucidez) que asistimos al final de una era breve y desaprovechada, y al comienzo de otra que no conocemos nada bien. Al revés: muchos soñaban que se asistía a un amanecer plural, socialdemócrata e ilustrado ya conocido en otras latitudes, como Finlandia o Francia. Un tiempo de democracia y libertad. Si Berlusconi o Donald Trump se hubiesen presentado a las elecciones no les hubiese votado ni su madre. Tuvo que pasar algún tiempo para que Jesús Gil se riera en la cara del filósofo Javier Sádaba en un plató de Tele 5. Durante un lapso breve, moderno, desbaratado y hermoso nadie se atrevió a dudar en voz alta de que Franco, Hitler, Stalin o Mussolini eran los malos. Pero pronto, casi sin pasar por la modernidad, España comenzó a volverse posmoderna. La gente ya decía cosas como que todo depende, que la verdad es relativa y todas las opiniones respetables. La tela del traje de Cobi, mascota olímpica, era tan fina que solo los posmodernos podían apreciarla; en Francia aún no gritaba Marine Le Pen, ni en Finlandia los Verdaderos Finlandeses. Tampoco Barcelona se envolvía en una bandera.

Jesús Gil

La posmodernidad había dado suavidad a los discursos. Y eso no estaba mal, siempre que no fueras un tutsi sin machete, un etíope desnutrido o un musulmán albano kosovar. Un programador informático pakistaní no lucharía por levantar el imperio británico, y eso, al menos, estaba genial. Que nadie mande matar por sus ideologías (o sus patologías) es estupendo.

El caso es que con la relajación de la facultad de juzgar, en la tabla rasa y posmoderna de las opiniones, comenzó a obtener réditos la estupidez más ostentosa, el relativismo vago dio paso al nihilismo, y tras el hip hop de Lavapiés y el arte hueco de Jeff Koons, llegó Trump. Su discurso es puro bullshit (un tipo de paparruchería análogo al concepto de mentira), pero la distancia entre la verdad y lo subjetivo se había desdibujado ya: a la gente le daba igual quién fuera el responsable de su lamentable situación, quién le hubiera robado de verdad.

Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984)

Admito que eso puede calificarse de posverdad, pero cuando escucho la palabra posverdad me viene a la cabeza uno de esos entretenidos (y un poco tramposos) episodios de Black Mirror. Posverdad fue palabra del año. Tanto se utilizó. Con Post-truth, Ralph Keyes refería las excesivas apelaciones a la emoción frente a los datos de la realidad. Eric Alterman la llevó al análisis político, referida ya a la manipulación que los políticos hacen de los hechos (la administración Bush, a raíz del trauma del 11-S; los hechos alternativos de la asesora de Trump) y a los réditos electorales que se sacan de una población convenientemente embrutecida, con pocas ganas de ponerse a razonar.

Julian Schnabel Tina in a Matador Hat (detalle), 1987 © VG

Julian Schnabel Tina in a Matador Hat (detalle), 1987 © VG

Hay dos formas elementales de hablar de la verdad: la verdad relacional de tipo lógico y la verdad como correspondencia de los enunciados con los hechos. Por ejemplo, al derecho le interesa mucho esclarecer hechos probados. La verdad es imprescindible en el ámbito de la justicia, pues consideramos injusto condenar a una persona inocente, pero también que un genocida se salga con la suya.

A mí me interesa mucho la verdad porque trabajo con ella: ¿cuántos periodistas fueron detenidos en Rusia el año pasado? ¿cuántos homosexuales fueron agredidos? ¿cuántas solicitudes de asilo admitió España? ¿ordenó Mladic asesinar a una población? ¿torturó el régimen de Pinochet? ¿se llevó Pujol el 3%? No basta con contar y describir, hay que comprender, pero la descripción objetiva de los hechos es imprescindible y la información debe ser veraz.

Radovan Karadžić y Ratko Mladic

Creo que una primera señal de inteligencia resulta de distinguir entre enunciados de hecho y juicios de valor, y de apreciar las limitaciones y maravillosas posibilidades de los dos. No es verdad que Beach House, Jonathan Richman o Kurt Vile sean mejores que Andy y Lucas, pero eso es así sencillamente porque los juicios de valor no pueden ser verdaderos ni falsos. Un enunciado del tipo mil críticos musicales coincidieron en que el último disco de Wild Nothing es mejor que el de La habitación roja sí puede resultar una verdad. A diferencia de los hechos, ni los gustos ni las valoraciones pueden ser verdad. Pueden ser otras cosas mucho más interesantes: mejores o peores, más o menos razonables, compartibles, etc. Y está muy bien que sea así, si todo el mundo prefiriera a Nick Cave o a Patty Smith, antes que a Chenoa o Bustamente, el mundo sería desagradable y más raro de lo que es. Lo mismo ocurriría si todos nos enamoráramos de la misma mujer.

Posverdad, posmodernidad y una bañera

Jonathan Richman

Hace años salimos a la calle con una cacerola, no para detener la guerra de Irak (sabíamos que con ruido no se iba a detener), sino para que un presidente de bigote extemporáneo no pudiera decir lo que luego dijo: que todos sabíamos que había armas de destrucción masiva. ¿Posverdad? La gente ha sido siempre egoísta, supersticiosa y racista, salvo una minoría tímida y consternada. Dicen que los brexiters, como los seguidores de Trump, se dejaron llevar por una nostalgia, ¡por la nostalgia de cuando eran jóvenes egoístas, supersticiosos y racistas, probablemente! Ay, ya dijo Lope de Vega que como las comedias las paga el vulgo hay que hablarnos en necio para darnos gusto, también escribió otro poeta que somos sombras de un animal que sueña: ni siquiera Matrix es una novedad. A mí que me hubiera gustado vivir en una casa devastada por la hiedra me ha tocado vivir en casas que caen (casas mentales, por supuesto) y se levantan nuevas todo el tiempo. Nada dura nada: 140 caracteres caben en un tuit y unos 100 litros en la bañera.

Hermosos: lemas revolucionarios: libertad, igualdad y fraternidad.

Malditos: talent shows.

Artículos relacionados

Comentar

Debes ser registrado para dejar un comentario.

LO + VISTO

Últimos artículos del autor







Nuestros autores