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El pop festivalero ni se crea ni se destruye

  • En Música
  • 20 agosto, 2015
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El pop festivalero ni se crea ni se destruye

Allá van otras cuantas reflexiones más sobre el fenómeno, tras otro verano en el que no hay fin de semana sin su correspondiente gran cita musical. Hace más o menos un año abordábamos algunos de los lugares comunes de esa amplia pléyade de bandas cuyo discurso, a falta de una etiqueta genérica que las aglutine, podríamos encuadrar

Allá van otras cuantas reflexiones más sobre el fenómeno, tras otro verano en el que no hay fin de semana sin su correspondiente gran cita musical.

Hace más o menos un año abordábamos algunos de los lugares comunes de esa amplia pléyade de bandas cuyo discurso, a falta de una etiqueta genérica que las aglutine, podríamos encuadrar dentro de lo que llamábamos pop festivalero. Sí, cierto que casi todas ellas practican eso que hoy en día (para espanto de la lejana generación C-86, por ejemplo) llamamos indie. Con más o menos peso del factor sintético o guitarrero. Con mayor o menor presencia de teclados y otros aderezos. Porque dicen que en los matices es donde se haya la esencia de cada propuesta. En la escala de grises, y no en el bruto contraste entre el blanco y el negro. Pero lo cierto es que cuesta horrores deslindar cualquier gama de tonalidades cuando uno hace la romería de festivales que pueblan la costa este española (e incluso el interior, claro) cada verano, y se topa, una y otra vez, con tantos discursos clónicos. A menudo intercambiables.

Y el empeño por contarlo acaba casi siempre derivando (hay gloriosas excepciones en varios carteles, como en casi todo) en un esfuerzo por encontrar el adjetivo más idóneo para acompañar al calificativo indie de marras: ¿Indie aséptico? ¿Indie mainstream? ¿Indie profiláctico? ¿Indie liofilizado? ¿Indie esterilizado? ¿Indie tex? Les aseguramos que todos ellos (bueno, menos el último, que es patente de un compañero) han sido utilizados alguna vez por quien esto firma, porque no hay nada más aburrido que tener que repetirse como el ajoaceite y además no hacer nada por evitarlo. Ya se sabe, la maldita manía de los plumillas por etiquetarlo todo. Con lo fácil que es simplemente dejarse llevar y disfrutar. Como el 99,99% de quienes pagan religiosamente su entrada. Estos tres puntos que siguen a continuación pueden servir como síntesis. O como una actualización de todo aquello que resumíamos hace un año.

#1 Ponga un MC en su vida

Desde el auge imparable de la EDM, esa etiqueta inventada por los norteamericanos para vender una moto electrónica que, desde luego, aquí en el viejo continente no es precisamente nueva (allí, al otro lado del charco, la generación rave no arraigó con tanto vigor), son los festivales protagonizados por Djs los que congregan las mayores multitudes. El público más joven se está decantando, de forma casi generalizada, por la electrónica. Y si bien es lógico que algunos proyectos híbridos, que funden argumentos del pop y de la electrónica en sus múltiples variantes (M.I.A., Die Antwoord, Major Lazer), lleven consigo un MC de refuerzo (como miembro de la banda de pleno derecho, en ocasiones) para tramar el colchón sonoro sobre el que actúan en directo, resulta mucho más llamativo que sean bandas que han comenzado en estricto formato rock (batería, guitarra, voz y -en ocasiones- bajo) las que se decantan ahora por incorporar un miembro extra que opera desde su mesa de operaciones. Pinchando, mezclando o disparando samplers. Todo por el baile. Ese es el caso, sin ir más lejos, de The Ting Tings. Porque el MC también empieza a formar parte del paisaje de nuestros festivales, y no solo a altas horas de la madrugada. Como los food trucks y las charangas, más o menos.

#2 La épica que no cesa

La exaltación de las emociones. Los estribillos que se pretenden más grandes que la vida, rematados por coros repletos de vocales y ninguna consonante. Las melodías que fueron delineadas para ser cantadas a voz en grito, propagando su efecto sobre grandes explanadas. El fenómeno de la épica no remite, desde luego. Nadie hubiera podido aventurar tal sobredosis de vana grandilocuencia hace algo más de una década. Poco importa que se llamen Delorentos, Augustines o Bastille (con sus hechuras de boy band). Hace tiempo que la intrascendencia intencionada no cotiza en nuestros festivales. La ausencia de pretensiones, tampoco. Puede que solo haya unos Arcade Fire. Pero sus sueños de ayer son nuestras pesadillas de hoy. ¿Por cuánto tiempo?

#3 El doble ancho de vía

Quizá sea tan sencillo como remitirnos a la cruda ley del mercado. Los festivales no son ONGs, son un negocio. Con coartada creativa, artística, cultural o como la queramos considerar, pero negocio, al fin y al cabo. Por aplastante mayoría. Y cada vez son más las bandas hispanas que lamentan su escasa (nula, en su mayoría de casos) presencia en las principales citas festivaleras estatales. La brecha entre las que acaparan el prime time del grueso de festivales y las que calientan sus prolegómenos puede ser grande. Más o menos grande, según los casos. El ancho de vía por el que circulan es distinto. Pero la grieta entre las que figuran en casi todos los carteles y las que prácticamente ni se asoman por ellos comienza a ser ya enorme.

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