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Pop & Death: #3 Asesinatos

  • En Música
  • 29 octubre, 2015
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Pop & Death: #3 Asesinatos

Sam Cooke, Marvin Gaye, John Lennon… Cuando el talento no puede impedir que la historia termine dramáticamente antes de tiempo. Hay vidas irremisiblemente unidas al desastre, de manera más o menos visible. Sus historias quedan, la mayor parte de las veces, sepultadas por el anonimato y por crónicas mucho menos interesantes, pero siempre aparentemente más

Sam Cooke, Marvin Gaye, John Lennon… Cuando el talento no puede impedir que la historia termine dramáticamente antes de tiempo.

Hay vidas irremisiblemente unidas al desastre, de manera más o menos visible. Sus historias quedan, la mayor parte de las veces, sepultadas por el anonimato y por crónicas mucho menos interesantes, pero siempre aparentemente más trascendentes. Sólo cuando el ADN del desastre coincide con el de la relevancia pop tenemos acceso a oscuras biografías que, vistas con la perspectiva de la tercera persona del plural, olían a drama desde el principio. En el caso de la música, cuando tragedia y talento se entrelazan de forma tan íntima, el resultado suele ser leyenda y sangre.

Sería una desfachatez para con ambas coordenadas no iniciar el repaso truculento de la música con Samuel Cook. Ese fue el nombre con el que llegó al mundo Sam Cooke en Clarksdale, Mississippi, referente de la música negra y del blues en la primera mitad del siglo XXI. Pieza fundamental en la evolución pop del soul, entre el súbito éxito inicial de la romántica You Send Me y el postrero de la comprometida A Change Is Gonna Come, Cooke dejó un legado tan extraordinario como su voz de terciopelo. Sólo resistió 33 años, ya que en 1964 fue asesinado por Bertha Franklin, la esposa del gerente del Hacienda Motel, en Los Angeles.

Perseguido por el desastre (en el 58 estuvo a punto de morir en un accidente de tráfico, en el 59 murió su primera mujer en otro siniestro y en el 63 su hijo de un año se ahogó en una piscina), la muerte de Cooke siempre ha sido una incógnita mezcla de infidelidad y delirios sin demasiado fundamento. Tras registrarse en el motel con el cantante, como el señor y la señora Cook, Linda Boyer huyó de la habitación con la ropa de Cooke; por alguna razón, éste creyó que Franklin estaba ocultando a su compañera de adulterio. El resultado: tres tiros con una pistola del calibre 22 y un palo clavado para rematarlo. Franklin fue juzgada y el veredicto fue homicidio en defensa propia, sin agravante de racismo: la mujer del gerente también era negra.

Cooke no ha sido, sin embargo, el más dramático ni el único entre las muertes crueles del soul. El caso de Marvin Gaye también es emblemático y mucho más absurdo por la transparencia, esta vez sí, de los hechos. El primero de abril de 1984, un día antes de cumplir 45 años, el Príncipe del Soul murió tras dos disparos de su propio padre tras una discusión. Digamos que no me disgustaba, respondió el reverendo Marvin Pentz Gay cuando la policía le preguntó si quería a su hijo. El cantante murió tras dos disparos en el pecho, uno de ellos cuando ya había caído, y Gay fue sentenciado a cinco años de prisión y la prohibición de volver a la calle en la que ocurrió todo.

A la lista de afectados por el factor soul del XX hay que añadir al magnífico saxofonista King Curtis, asesinado en 1971 por dos camellos en Manhattan; Harry Womack, apuñalado por su propia novia en 1974; Al Jackson, Jr., batería de los nunca suficientemente bien ponderados Booker T. & The MGs, en teoría asesinado por dos ladrones en su casa de Memphis; y Cornell Gunter, que murió de un disparo junto a su Camaro de 1978 en un cruce de Las Vegas, ciudad en la que ya había sido asesinado su compañero en The Coasters, Nate Wilson.

En los 90, el rap era el nuevo soul, o al menos en lo que respecta a la perpetuación de la industria armamentística. Los altercados entre raperos la sostuvieron durante largo tiempo a finales del siglo pasado. Las muertes de Tupac Shakur y Notorious B.I.G. a finales de los 90 sólo son la punta del iceberg; en 2002 aquellos lodos aún arrastraban cadáveres como el de Jam Master Jay, DJ de Run-D.M.C., que murió de un disparo en Jamaica, un barrio de Queens.

También en Jamaica, pero esta vez en la tierra de Bob Marley, dos miembros de su banda de referencia, los Wailers, murieron al estilo The Coasters. En 1987, y con apenas cinco meses de diferencia, tanto Carlie Barrett como Peter Tosh fueron asesinados en Kingston. El primero recibió los disparos de su mujer en un taxi conducido por su amante; por su parte, Tosh murió tras un extraño episodio en el que tres ladrones entraron en su casa y dispararon a todos los que se encontraron.

Lejos de la mitología del asesinato de John Lennon a manos de Mark David Chapman en el ocaso de 1980, se encuentran otros asesinatos de músicos a manos de desequilibrados. El más cercano en absurdidad, aunque no en lo que supuso para la música, es el de la estadounidense de ascendencia mexicana, Selena. Una de las responsables del boom mediático de la música latina en los 90, la cantante murió a manos de la presidenta de su club de fans y administradora de sus tiendas de ropa, Yolanda Saldívar, que terminó entregándose tras disparar a la artista en un hombro. La historia se llevó al cine en 1997, con el lobby artístico latino en auge (Jennifer López, Edward James Olmos) y producida por el padre de Selena.

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