Ponga un miniaturista del pop en su vida - el Hype
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Ponga un miniaturista del pop en su vida

Ponga un miniaturista del pop en su vida

Como esos niños inquietos a quienes los padres más celosos de su educación atribuyen automáticamente el dichoso déficit de atención, hay compositores que no saben lo que es centrarse en una melodía que se plasme en más de tres minutos. Quizá el secreto sea dejar siempre al personal con ganas de más. Insinuar más que

Como esos niños inquietos a quienes los padres más celosos de su educación atribuyen automáticamente el dichoso déficit de atención, hay compositores que no saben lo que es centrarse en una melodía que se plasme en más de tres minutos. Quizá el secreto sea dejar siempre al personal con ganas de más. Insinuar más que mostrar, amagar con un estribillo memorable que se autosabotea a sí mismo, cortocircuita sus propiedades y obliga instantáneamente al oyente a cambiar de pantalla y a orientar su atención hacia otro argumento, frustrado ante su incapacidad para aprehender de buenas a primeras esa canción que le había seducido en cuestión de segundos.

En esos casos, claro, no queda más remedio que volver a pulsar el play cuando toda esa retahíla de composiciones, que en muchos casos apenas parecen esbozos  –versiones en miniatura de un lenguaje, el del pop y el rock, que hace más de cuatro décadas buscó el extremo opuesto: la respetabilidad del sinfonismo y las óperas rock, las suites interminables–, agotan la secuencia de su minutaje. Ojo, no hablamos aquí de quienes por imperativo ético y estético (la escuela del punk y el hardcore) despachan sus razones en un abrir y cerrar de ojos. Hablamos de quienes, pudiendo repetir estribillos y estrofas, pudiendo ornar sus canciones mediante codas y desarrollos instrumentales, prefieren dejarlas en los huesos.

El si breve, dos veces bueno, podría cobrar pleno sentido en esta era de estímulos que vienen y van a la velocidad de la luz.

El caso es que los grandes miniaturistas del pop siempre han estado ahí, sin estimar la mayor o menor viabilidad comercial de sus creaciones. Sin demasiado interés por calibrar los altibajos en las cotizaciones de la música popular de cada momento. Y así les va. Aunando los encendidos elogios de la crítica con el aprecio entusiasta de una minoría. Algunos son tan prolíficos que seguirles la pista obliga a un extenuante ejercicio de fidelidad, salvo que uno sea militante hasta rayar en lo obsesivo. Otros habitan en el extremo opuesto: la brevedad de sus canciones se corresponde con su parquedad editorial, tan solo apuntalada por algún trabajo memorable.

Entre los primeros, es inevitable mentar a Robert Pollard, un veterano genio –sí, genio: no hay muchos– que lleva acumulados ya más de cuarenta álbumes en los los últimos treinta años, ya sea a su nombre o al de Guided By Voices, su proyecto de toda la vida, el más reconocible. Sus canciones siempre se han caracterizado por no sobrepasar los dos minutos y medio, tres a lo sumo. Pero pocos pueden lucir en su currículo un caudal tan enorme de cortes imborrables, licuando el talante melódico de los Beatles en briosas andanadas de pop de baja fidelidad, como supervivientes más que lozanos de aquellos modos lo fi que en los primeros noventa instauraron también Daniel Johnston o Lou Barlow (Sebadoh), otros dos grandes creadores de miniaturas pop. Viene esto a cuento de que los Guided By Voices están de vuelta con el flamante Space Gun (2018), otro estupendo disco.

En el arco contrario, el de esos creadores de canciones concisas que no necesitan más de un par de minutos para crear otros mundos –por lo general mucho más bellos que este–, pero a la brevedad de sus canciones suman la dolorosa excepcionalidad de sus discos, se encuentran bandas como los donostiarras Family. Un soplo en el corazón (Elefant, 1994), su único álbum, permanece como un hito del pop que se explica mejor a sí mismo cuanto más sintetiza sus claves: ya sea por unas letras tan elementales y sencillas como emocionantes o por aquella forma tan breve que tenían de moldear sus piezas. El mismo brillo fugaz que se gastaba, desde otro ángulo, el inimitable Malcolm Scarpa. O la mejor versión nunca conocida de Nosoträsh, las que con el sorprendente Popemas (2002) dieron pleno sentido a su hasta entonces titubeante carrera. La miniatura como arte mayor.

Hablamos, en fin, de esa escuela no reglada que muestra el poder de síntesis del pop no como un recurso puntual, sino como una razón de ser y de seducir. La misma saga de la que participan Young Marble Giants, Beat Happening, el primer Elliott Smith o el enorme Stephin Merritt y sus Magnetic Fields, capaz de condensar sesenta nuevas visiones del amor o cincuenta años de vida en un solo trabajo. O de aquellos deliciosos Papas Fritas que, a veces en menos de un minuto (“Kids Don’t Mind”, de su primer álbum), te podían conquistar para siempre. La grandeza de lo pequeño. La emoción servida con los menores mimbres posibles. 

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