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Paseos desde el límite #14: La ciudad se come su historia, en directo

La historia de las ciudades se escribe también con palas excavadoras. Las que retiran los escombros de la guerra, las zarpas de hierro gigantes que roturan los caminos de la selva, o las cucharas dentadas que amontonan los restos de una alquería de Malilla, en Valencia, muestran ahora al viandante la ciudad que viene y

La historia de las ciudades se escribe también con palas excavadoras. Las que retiran los escombros de la guerra, las zarpas de hierro gigantes que roturan los caminos de la selva, o las cucharas dentadas que amontonan los restos de una alquería de Malilla, en Valencia, muestran ahora al viandante la ciudad que viene y la que se va.

La alquería del Forn de la Sola, tras más de dos siglos en pie, cayó hace apenas un mes. El arquitecto Miguel del Rey la describía en Las Provincias por ese motivo y remitía a los libros Para conocer aquello que nos han robado, sus espacios, su materia, sus fábricas de ladrillo... En Street View de Google, todavía se puede ver la alquería con su estructura típica de casa, patio y pajar, mientras los camiones y las excavadoras avanzan en la urbanización de este límite urbano de Valencia por el Sureste al que, al otro lado del Bulevar Sur, le hace la competencia el edificio de la Nueva Fe.

Entrando por la avenida Ausiàs March y la calle Juan Ramón Giménez, se abre al paseante un parque temático, un espacio didáctico en el que puede ver en tiempo real cómo la ciudad va sustituyendo el hábitat huertano, sus caseríos y patrimonio, más o menos valioso, por trozos de ciudad, con sus viales, pisos y hasta un parque de varias hectáreas.

Se ve claramente que estamos en la primera fase. De momento, solo excavadoras y camiones. Algunos operarios desmontando casas de campo viejas. Da la impresión de que las obras de urbanización están todavía en sus preliminares. Nos colamos por un hueco en las vallas que delimitan la zona del Plan de Actuación Integral (PAI) y observamos más casas a medio derruir, bancales abandonados pero también algunos en los que el labrador ha seguido trabajando hasta el último momento, mientras el PAI ha estado prácticamente paralizado.

Una de las alquerías que todavía permanecen en pie en el PAI de Malilla. Foto: Juanjo Hernández

Una de las alquerías que todavía permanecen en pie en el PAI de Malilla. Foto: Juanjo Hernández

Dos mujeres recogen las patatas sobrantes de la cosecha (espigolen, en valenciano) en un trozo de huerta bien conservado aún, que se nota húmedo, regado en su día. Venimos de San Marcelino, no queremos fotos, puntualizan. Hay pocas parcelas en las que se pueda hacer todavía esto y tampoco hay muchos huecos por donde colarse. Salimos por la intersección de las calles Isla Cabrera e Ingeniero Joaquín Benlloch y dejamos a las dos señoras seleccionando las mejores patatas entre la tierra roturada.

Se dice que quedará alguna alquería para uso dotacional e incluso la asociación de vecinos ha pedido una para sus actividades. Pero si existe esa voluntad conservacionista, cabe preguntarse por qué se derribó la del Forn de la Sola, que la Universidad Politécnica recomendó conservar y a la que Miguel del Rey consideraba debería haberse catalogado como Bien de Relevancia Local.

Lo cierto es que la crisis no solo paralizó el PAI, sino que también provocó asentamientos ilegales de personas sin hogar que llegaron a superar el centenar. Ahora, es difícil imaginar que alguien se refugie por ahí.

La posibilidad de ver en tiempo real y a cámara lenta la conversión de la huerta de Malilla en ciudad permite también comprobar cómo era la transición hasta hace poco del medio rural al urbano. Donde se evidencia con mayor nitidez es en el Camí Vell de Malilla, en la parte oriental del plan urbanístico, donde entre edificios anodinos de varios pisos quedan algunas de las casas fronterizas de dos plantas, con su pequeño patio, puertas de madera, balcones con barandilla metálica, rematadas con tejas, que permiten también leer algo de la historia de una Valencia a medio hacer que todavía presume de huerta, mientras esta poco a poco desaparece.

El edificio de Cervezas Turia y otros restos industriales junto a las vías de tren. Foto: Juanjo Hernández

El edificio de Cervezas Turia y otros restos industriales junto a las vías de tren. Foto: Juanjo Hernández

Muy cerca de la zona delimitada por el plan de actuación urbanística, al este como decíamos, se ven amplios solares abandonados, con matas bien crecidas,  que dejan también en el aire la pregunta de por qué si en estas parcelas no se hicieron casas, se empeñan en construirlas en esa huerta depauperada.

Más allá, junto a las vías del tren, se ven restos de arquitectura industrial entre los que sobresale el inmueble blanqueado de Cervezas Turia, donde se fabricaba la única marca de la ciudad, creada en los años treinta del siglo pasado, pero hace lustros desaparecida cuando menos en su forma embotellada, hasta que recientemente la catalana Damm la recuperó en una versión ligeramente tostada y de presentación más chic. Ese edificio con el letrero aún legible desde lejos y los envejecidos caseríos, aún en pie, del plan de urbanización hablan en la misma lengua y cuentan historias dispares de una Valencia que desaparece a ojos vista, de una ciudad a medio hacer.

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