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Paseos al límite #9: La historia se lee en la frontera

Preocupadas por su ensanche, antes, y ahora, poco a poco, por sus centros históricos, las ciudades apenas se han interesado por definir sus contornos y así están los pobres en muchos casos. Pero también en ellos se leen historias de un esplendor pretérito que, como en Benimàmet, planta cara a las avasalladoras infraestructuras urbanas circundantes. No

Preocupadas por su ensanche, antes, y ahora, poco a poco, por sus centros históricos, las ciudades apenas se han interesado por definir sus contornos y así están los pobres en muchos casos. Pero también en ellos se leen historias de un esplendor pretérito que, como en Benimàmet, planta cara a las avasalladoras infraestructuras urbanas circundantes.

No hay huellas arquitectónicas de Santiago Calatrava en Benimàmet, el sitio donde nació el más conocido de sus hijos; solo una pequeña calle y un colegio público, ubicado en las afueras, tras cruzar un puente que salta la V-30 y desde el que se divisa un amplio espacio de huerta cosida en plan patchwork de ocres y verdes variados, regada por las acequias Mestalla y Montcada.

La gran diferencia para el observador errabundo entre la Huerta periférica de Valencia y los huertos  urbanos que proliferan a su vera en los bordes de la ciudad, hasta definir su contorno, es la angostura y el desaliño, frente a holgura ordenada de la Huerta.

Se comprueba una vez más al iniciar el paseo en la estación de Metro de Canterería, que marca el límite entre Burjassot y esta pedanía de Valencia llamada Benimàmet que en parte aspira a ser pueblo autónomo como hace más de un siglo.

Un cebollar restaurado junto a las alquerías de Mosén Povo en Benimàmet. Foto: Juanjo Hernández

Un cebollar restaurado junto a las alquerías de Mosén Povo en Benimàmet. Foto: Juanjo Hernández

Los improvisados vallados, a menudo con somieres desechados, la acumulación de telas y plásticos, así como de enseres domésticos en desuso, los estrechos pasadizos que se urden en esos muestrarios de la afición urbana al cultivo, manifiestan ostentosamente la falta de acierto y probablemente interés de la ciudad por acabarse con una mínima voluntad de estilo e identidad.

En esa desaliñada eclosión de huertos urbanos despuntan repentinos rasgos de mimo entrañable, alguna pequeña y cuidada caseta con un par de arbolitos, casi bonsáis, arrimados a su improvisada pared de madera. Enfrente, las distinguidas casas que la burguesía valenciana construyó como segunda residencia, alguna de ellas con aliento de palacete y remate en miramar que no tiene mar al que mirar.

Una mirada hacia el centro de la metrópolis muestra un línea de cielo con vértice de rascacielos amenazadora frente a este pueblo asociado a la huerta y orígenes medievales. Dejamos entonces de circundarlo para introducirnos por la calle Miquel Agraït en su trazado estrecho y sin agobios, en buena medida peatonalizado, con casas que conservan aire y fábrica de antaño. Que hablan de sus orígenes.

El son de las campanas invita a pasar por el centro, donde una iglesia, cuyos antecedentes se remontan al siglo XIV, nos reconduce al contorno del pueblo, marcado ahora por el Camino Nuevo de Paterna. La alquería de los Cipreses, con pórtico mozárabe y valla tan alta que apenas deja ver su interior, señala el camino de las casas de campo que están en el origen medieval de Benimàmet.

Un autobús metropolitano pasa por Benimàmet. Foto: Juanjo Hernández

Un autobús metropolitano pasa por Benimàmet. Foto: Juanjo Hernández

Solo hay que desviarse a la izquierda para llegar a uno de los enclaves fronterizos más confortables que hasta ahora hemos recorrido. Las alquerías de Mosén Povo están rehabilitadas en parte, pero lo suficiente como para poder apreciar la singularidad de los lugares sobre los que Valencia creció. Es un caserío formidable, junto a las tierras regadas por los primeros ramales de la acequia de Montcada, donde ahora crecen también naranjos y alguien ha plantado una carrasca, pero que hasta hace poco se dedicada básicamente a las hortalizas. Un cebollar y un lavadero primorosamente recuperados recuerdan quehaceres de otros tiempos, al servicio hoy de la organización de eventos sociales diversos en un recinto que delata su origen árabe y exhibe restos de un esplendor pretérito, que planta cara a las infraestructuras urbanas que le rodean en el presente.

Grafiti en la calle Miniaturista Messeguer. Foto: Juanjo Hernández

Grafiti en la calle Miniaturista Messeguer. Foto: Juanjo Hernández

Al volver a Canterería, un grafiti dedicado a la memoria de un joven habla de gente de hoy e ilumina una frontera necesitada de algo más que una mano de pintura.

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