Paseos al límite #7 Entre la huerta y el caos - el Hype
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Paseos al límite #7 Entre la huerta y el caos

Al Monasterio de San Miguel de los Reyes vale la pena llegar por detrás. No es fácil, pero la caminata es corta, justo donde acaba Valencia y empieza Alboraia, y permite percibir en pocos trazos los límites casi exactos de la huerta y la ciudad; donde incluso podría estar bien vivir, entre trinos y tropezones

Al Monasterio de San Miguel de los Reyes vale la pena llegar por detrás. No es fácil, pero la caminata es corta, justo donde acaba Valencia y empieza Alboraia, y permite percibir en pocos trazos los límites casi exactos de la huerta y la ciudad; donde incluso podría estar bien vivir, entre trinos y tropezones de agua, a dos pasos de la imponente fachada posterior del monumento. Un lugar donde empaparse de historia y belleza.

Si uno busca en Internet por el Camino de la Alquería Grande, lo segundo que encontrará es que se vende una finca rústica. Si pasea en un día soleado por el Camí de L’Alqueria del Grande (así lo escriben en el letrero donde se bifurca con el Camí Vell d’Alboraia, justo en la linde con este pueblo), uno ve de paso dos o tres casas de campo donde estaría bien vivir.

Vale que a unos cuantos metros en paralelo está la Ronda Norte y todo el tráfico que circunvala alegremente la ciudad. Vale que pegados a la ronda están los talleres y vías de Ferrocarriles de la Generalitat Valenciana donde las unidades de Metro pasan  meses de supervisión antes de entrar en servicio. Pero lo que a primera vista parecería una horrible perspectiva de residencia es más bien una pantalla protectora del trajín urbano que se adivina al otro lado.

Entrada al Camí de l'Alqueria del Grande. Foto: Juanjo Hernández

Entrada al Camí de l’Alqueria del Grande. Foto: Juanjo Hernández

Total, que este paseo que arranca en la vieja encrucijada de caminos cortados, a los que se sumará al poco el Camí de l’Alquería Albors, conducente a un caserío del siglo XIII que aparecerá donde menos se espera, ofrece un plácido errabundeo que empieza con una ajada Estatua de la Libertad, hecha no se adivina bien con qué material en un viejo almacén de decoración, y acaba en uno de los monumentos más grandes que Valencia tiene a su disposición y que, como suele pasar a esta urbe despistada, no figura entre sus prioridades como tesoro digno de mostrar a todo visitante que se precie.

De hecho, cuando llegamos al Monasterio de San Miguel de los Reyes, y a pesar de dar a entender lo contrario las mesas dispuestas en el patio de este convento renacentista que fue después prisión, la cafetería no está abierta, algo siempre decepcionante al final de un paseo. Y apenas hay visitantes, lo cual provoca sentimientos contradictorios. ¡Qué bien, para nosotros solos!, es uno. El otro, cómo es posible que este colosal edificio que se construyó casi a la par que el Escorial, con el cual a veces se le compara, esté tan solo un sábado.

Trozos de huerta en las proximidades de San Miguel de Los Reyes. Foto: Juanjo Hernández

Trozos de huerta en las proximidades de San Miguel de Los Reyes. Foto: Juanjo Hernández

Un gustazo, en todo caso, perderse entre sus paredes. Pero el entorno de acceso da pena, algo habría que hacer. Es un caos que contrasta con el apacible paseo oriental que nos había llevado hasta allí y concluido con una fantástica vista de la fachada  posterior de la cárcel conventual, desde donde se podían vislumbrar, en dirección a Tavernes Blanques –después de haber divisado la “ciudad Lladró”-  los restos de un muro que debió proteger otrora los huertos de la abadía.

Habíamos llegado por un camino que delimita perfectamente el campo y la ciudad, donde se percibía nítidamente la diferencia entre huertos urbanos y Huerta, sí, con mayúsculas, que es también seña de identidad valenciana, si bien un poco cariacontecida.  Habíamos dejado a la derecha el barranco del Palmaret y visto algunos trozos de huerta bien marcados pero aparentemente abandonados, con chufa crecida sin recolectar y margalló crecido a voleo. Habíamos escuchado con  deleite el discurrir del agua de pozo cristalina por pequeñas acequias y advertido intermitentemente el trino de los pájaros, hasta llegar a San Miguel, donde el revoloteo fue notorio en medio del silencio monacal.

Y sí, la Alqueria Albors estaba cerca, al otro lado de la Ronda Norte, que cruzamos para regresar al punto de partida por el lado opuesto de este Río Grande asfáltico, bordeando el barrio de Orriols, poco antes del estadio del Levante UD.

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